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viernes, 21 de abril de 2017

Una declaración.

Ilustración: "Vermillion", de Mar del Valle.

Te reconocí en los contornos desdibujados de un tiempo que se hacía jirones, como las voces que transporta el viento, en las que no puede distinguirse el llanto de la carcajada. Te reconocí en los movimientos animales de tu cabeza, en las manos que se agarran en la distancia, quería bailar contigo en las mentiras de los demás, quería decirte que te quería antes de que el otoño se lo llevase todo. Quería decirte que te quería antes de pedir hora con el matarife y aceptar la dentellada de los raíles.
Esta oración idiota, tiempo después, años después, elevada mientras me devora la mariposa y abandono mi carne envenenada bajo el peso de las moscas, sirve para declararte otra vez mi amor, uno cada vez menos triste y cada vez más lento, sostenido, que se mancha los pies caminando sobre tierra húmeda. Prometo seguir cultivando flores en nuestras ventanas, aunque todavía no haya sido capaz de hacer que broten, me dedicaré en cuerpo y alma a ello, daré mi vida por esos quicios, daré mi vida por aprender a acariciarte como te mereces, y cuando te acaricien otras manos, o te llamen otras voces, te esperaré preparando un banquete de bienvenida y una cama limpia en la que cantarte una canción antigua en una lengua muerta, para que te duermas dulcemente a mi lado, para que afirmes las paredes de mi casa con tu respiración tranquila, tus ojos cerrados y tu piel caliente.
Te reconozco en los contornos desdibujados de mi deforme libertad, en los jirones de piel que se desprenden de mi cuerpo, en las voces en el viento, en la extensión infinita e inconstante de tu nombre, en mi corazón destrozado y vuelto a componer, en esta celebración que somos y que no tiene nombre,

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