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martes, 28 de marzo de 2017

Dios de la Madera


Tenemos que hablar, dios de madera, tenemos que hablar del presente sulfuroso y las espinas, de la generosidad que necesito y que no acaba de llegar, de las recompensas tras el andar a tientas por los túneles de una cuidad que se muere y que lleva mi nombre.
Tenemos que hablar de las playas del norte y de las nubes, de lo gratuito de este estrechar de paredes, de la poca gracia que tienen tus contrastes, de la de cal, de la de nada, del desprecio, del agotamiento, del castigo innecesario, de la sordera.
El ritual de las rodillas hincadas en tu alfombra está vacío o es una broma de mal gusto, la rutina del bufón que pide y pide y pide, la de la bestia que muerde, muerde y muerde, el hambre y la desolación, la miseria y el romance del hongo y las paredes.
Hemos llegado a un punto, tú y yo, dios impasible de la madera, en el que nos lo jugaremos todo a un banquete de flores venenosas: o mueres tú, o muero yo; o ganas tú, o gano yo.
Algo está a punto de terminar, al fin, un último dolor y la paz de la nieve y la tierra dormida, la hierba esperando su turno tras un invierno extraño, no más peticiones, no más esperanzas, no más anhelos, ni exigencias, ni ruegos, nada.
Bandejas de oro y flores. O un largo y reparador sueño sin retorno.

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