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viernes, 21 de abril de 2017

Una declaración.

Ilustración: "Vermillion", de Mar del Valle.

Te reconocí en los contornos desdibujados de un tiempo que se hacía jirones, como las voces que transporta el viento, en las que no puede distinguirse el llanto de la carcajada. Te reconocí en los movimientos animales de tu cabeza, en las manos que se agarran en la distancia, quería bailar contigo en las mentiras de los demás, quería decirte que te quería antes de que el otoño se lo llevase todo. Quería decirte que te quería antes de pedir hora con el matarife y aceptar la dentellada de los raíles.
Esta oración idiota, tiempo después, años después, elevada mientras me devora la mariposa y abandono mi carne envenenada bajo el peso de las moscas, sirve para declararte otra vez mi amor, uno cada vez menos triste y cada vez más lento, sostenido, que se mancha los pies caminando sobre tierra húmeda. Prometo seguir cultivando flores en nuestras ventanas, aunque todavía no haya sido capaz de hacer que broten, me dedicaré en cuerpo y alma a ello, daré mi vida por esos quicios, daré mi vida por aprender a acariciarte como te mereces, y cuando te acaricien otras manos, o te llamen otras voces, te esperaré preparando un banquete de bienvenida y una cama limpia en la que cantarte una canción antigua en una lengua muerta, para que te duermas dulcemente a mi lado, para que afirmes las paredes de mi casa con tu respiración tranquila, tus ojos cerrados y tu piel caliente.
Te reconozco en los contornos desdibujados de mi deforme libertad, en los jirones de piel que se desprenden de mi cuerpo, en las voces en el viento, en la extensión infinita e inconstante de tu nombre, en mi corazón destrozado y vuelto a componer, en esta celebración que somos y que no tiene nombre,

martes, 28 de marzo de 2017

Dios de la Madera


Tenemos que hablar, dios de madera, tenemos que hablar del presente sulfuroso y las espinas, de la generosidad que necesito y que no acaba de llegar, de las recompensas tras el andar a tientas por los túneles de una cuidad que se muere y que lleva mi nombre.
Tenemos que hablar de las playas del norte y de las nubes, de lo gratuito de este estrechar de paredes, de la poca gracia que tienen tus contrastes, de la de cal, de la de nada, del desprecio, del agotamiento, del castigo innecesario, de la sordera.
El ritual de las rodillas hincadas en tu alfombra está vacío o es una broma de mal gusto, la rutina del bufón que pide y pide y pide, la de la bestia que muerde, muerde y muerde, el hambre y la desolación, la miseria y el romance del hongo y las paredes.
Hemos llegado a un punto, tú y yo, dios impasible de la madera, en el que nos lo jugaremos todo a un banquete de flores venenosas: o mueres tú, o muero yo; o ganas tú, o gano yo.
Algo está a punto de terminar, al fin, un último dolor y la paz de la nieve y la tierra dormida, la hierba esperando su turno tras un invierno extraño, no más peticiones, no más esperanzas, no más anhelos, ni exigencias, ni ruegos, nada.
Bandejas de oro y flores. O un largo y reparador sueño sin retorno.

martes, 21 de febrero de 2017

La habitación de las ahogadas III


Que todo el dolor de mis antepasados sirva para reordenar mi carne, que toda la furia apagada de las muertas guíe la hoja que debe seccionarme y transformarme en acto.
Que no terminen nunca las Lupercales.