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martes, 2 de febrero de 2016

"Hambre", despedida y reflexión.

                                                           Foto: Juan Díaz Díez

Estoy mirando el mono blanco que constituye prácticamente todo el vestuario de mi personaje en "Hambre". Está perfectamente doblado junto a la camiseta sucia que también he llevado durante las funciones cada fin de semana de enero, por ahí cerca veo también las armas, blancas y quietas. Hay resonancia en estos elementos. Ya no son solamente prendas de ropa o atrezzo.

Una de las mejores cosas que tiene el hecho teatral es su finitud, su temporalidad, meses de planificación y ensayo desembocan en una obra de teatro, y esta, en una serie de funciones, cuando terminan, se acabó, casi como una vida, sin rastro palpable, no son obras de arte plástico que puedan colgarse en la pared o colocarse sobre un pedestal, tampoco filmaciones, ni edificios construidos para enfrentar siglos. No. Todo es eco y memoria, impresiones retinales que se apagarán tarde o temprano, imágenes residuales que serán manipuladas o adaptadas por la bioquímica de quien trate de recordarlas, estratos cada vez más profundos condenados a terminar siendo pulsos leves.

Mido el éxito de mi trabajo escénico en base al poso que me deja cuando lo termino, y sobre todo, en el poso que parece dejar en los demás. Podría alardear, en este momento, de haber colgado el cartel de "no hay localidades" durante todo el mes, pero eso, siendo maravilloso, no dice lo importante, no habla de lo que realmente cuenta.
"Hambre", con sus debilidades y sus puntos flacos, ha dejado cicatriz, en mí desde luego, en el público, teniendo en cuenta la cantidad e intensidad de mensajes que nos han hecho llegar por diferentes vías, también.
Mentiría si dijese que no voy a echar de menos a ese demonio blanco que ha vivido conmigo los últimos meses, su brutalidad destructora tenía algo de expiatorio, así he querido que sea, así he querido entenderle, todo el mundo nace con un lobo rabioso dentro, se le puede alimentar o se le puede dejar morir de hambre, pero ahí está, y con todas las precauciones, el cansancio, y hasta la repugnancia, me ha gustado conocer al mío.
Decía que la finitud es una de las mejores virtudes que tiene el teatro, la consciencia de un final que obliga a la humildad absoluta, en el fondo hacer teatro se parece a elaborar mandalas de arena coloreada, al final, sabes que el viento se lo llevará todo, quedará lo que hayas cambiado dentro de ti y dentro de los demás durante el proceso, nada más.
Es hermoso, ¿verdad?

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