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viernes, 12 de febrero de 2016

El cuerpo y el asco.


Foto: "Niña entre rejas", Christer Strömholm

Estoy terminando de escribir un libro, justo en ese proceso en el que soy incapaz de discernir lo que falta o sobra, pero cerca de hallarlo. Un poco más y será entregado a quien ya quiere leerlo para que haga con él lo que estime oportuno, publicarlo o desecharlo, decisiones que quedan fuera de mi jurisdicción y que me tranquilizan, ambas.
Hoy he soñado que el libro se llamaba “El cuerpo y el asco”, mi subconsciente choca los cinco con el espejo y se escucha una tos de viejo austriaco con gafitas y libreta al fondo.
El cuerpo y el asco. Los poemas del mismo estaban llenos de referencias a todo tipo de protuberancias, abultamientos y relieves, formaciones que me eran asquerosamente ajenas (y asquerosamente familiares), vello espeso y mal repartido, zonas blandas, mucosidades, fluidos y texturas horrorosas, no faltaba una experiencia visual o táctil que no pudiera ser catalogada de angustiosa. Una balada aberrante de la disforia.
Era como ponerle alma a un teratocarcinoma, como estar dentro de una formación descontrolada e improcedente de tejidos diversos, carente orden pero exageradamente reactiva al dolor. Algo que no debería estar ahí, algo que no tiene lugar en el orden de las cosas. Y me he preguntado quién demonios acuñó una frase tan abominable como “el orden de las cosas”, que supone la expulsión, el señalamiento, la aversión o la condena a muerte, de lo no ordenado. Ontológicamente me parece una mierda, epistemológicamente resuena a griego paseante, melindroso y bocazas.
Algunos sueños son viejos amigos que te visitan a destiempo, entran en el salón de tu casa, ponen los pies sobre tu mesa, se comen tu comida y escupen en tu suelo. Algunos sueños los llevas escondidos en el rostro, en el pecho, en la pelvis, en la espalda y en la frente. El miedo, el cuerpo y el asco, la percepción o percepciones de los mismos, son agentes hábiles en su trabajo de demolición, manejan una infinidad de herramientas con el único propósito de socavar a su huésped hasta la consunción total. Conocen y dominan el arte de la ocultación, son pacientes, retorcidos, multiformes, entes capaces de introducirse por grietas cuánticas, y arrojar piedras que crean ondas de dolor que atraviesan planos, reacciones que pueden originarse en el mar de la tranquilidad de la creación o el sueño y acaban haciendo vibrar fibras de asociación en el hemisferio izquierdo del cerebro, transformando un horror cuyo hábitat natural es la fantasía, en un pensamiento lógico, en putas matemáticas.
Sirva la escritura como exorcismo, sirva exponer el cuerpo, el asco, y el miedo como se mostraría un coro de malformaciones en un circo de principios de siglo XX, ahora quiero que niños desdentados y famélicos les tiren piedras, ahora quiero, defitivamente, que una turba violenta de ojos vidriosos se caliente ante la idea del linchamiento y opere sobre ellos con saña, hasta que disfrutemos de un buen espectáculo de justicia mostrenca y despedazado, hasta que no quede nada.

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