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martes, 23 de junio de 2015

Las canciones de los durmientes. Layla Martínez. Fragmentos.



"La envenenadora tenía los dedos largos y delgados como las noches de los insomnes o como los cordones de las botas de los suicidas. Los suicidas son obligados a arrastrar decenas de cencerros atados a sus botas, de ahí que los médicos practiquen sangrías a los melancólicos que acarician sogas cuando cae la noche. Después de las sangrías, los melancólicos olvidan las sogas y acuden a los entierros, donde lloran tristemente por la muerte del cochero búlgaro que murió por la picadura de una abeja y por la enfermera fallecida tras los atentados celestes."

"La domadora de babosas había empezado a fabricar sus látigos diminutos el último día de marzo de 1576, nueve inviernos antes de que los ángeles bajaran de los cielos. Los látigos eran pequeños como los huesos de los pájaros, pero estaban hechos con maldad, como las coronas de hiedra de los mendigos o los uniformes abotonados de los boy scouts. Por eso, provocaban dolor cuando golpeaban las pieles brillantes y escurridizas de las babosas, que se resistían a cualquier intento de domesticación. Como todo el mundo sabe, las babosas han sido siempre animales violentos, especialmente después de alcanzar la tercera semana de vida. A partir de ese momento, comienzan a murmurar conjuras y a cocer en sus vientres oscuras ponzoñas."

"Esa mañana caminamos hasta la casa de los ancianos de manos temblorosas y tapiamos con cemento las puertas y las ventanas. Enseguida dejaron de oírse los alaridos, pero nuestros bailes y nuestras palmas siguieron escuchándose durante semanas"

"Habíamos aprendido el lenguaje de los muertos de labios de las muchachas que viven en los pozos, por eso fuimos a ver a los durmientes y nos arrodillamos junto a ellos. Y los durmientes hablaron. Y dijeron:

[...]"

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