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lunes, 9 de marzo de 2015

Peeping Tom y el conversador ausente.


Artículo para Rick's Magazine. Revista político-cultural,
especial 25 aniversario de la muerte de Jaime Gil de Biedma.





Peeping Tom* y el conversador ausente

Un grito inconexo del pasado. Acaso toda poesía lo sea, o aspire a serlo, o sea necesidad de toda persona que escribe poesía ajustar cuentas con el pasado exponiéndolo para que los cuervos de la crítica, de la filología, o de la diletancia, lo devoren. El valor que requiere toda acción poética queda –a menudo- superado por los estertores de la cobardía que cambia el código del poema en el último momento y construye una armadura con láminas de metáforas, retórica, eruditismo, e intertextualidad en los casos más agudos.

El personaje poético de Gil de Biedma constituye uno de los tópicos masticados con mayor encono de toda la historia de la literatura española del siglo XX. Una intimidad dramatizada, subida en coturnos y apoyada en coros, no deja de ser intimidad, la oralidad de su obra –A veces me pregunto que habrá sido de ti– interpela, tutea, construye el escenario perfecto para la conversación, estás dentro, eres interlocución y poema.
El sastre que osó traicionar la desnudez de Lady Godiva (Peeping Tom) es parte de la representación, Jaime Gil de Biedma realizando el número del dandy ilustrado como elemento de persuasión, el pañuelo perfectamente colocado en el bolsillo de la chaqueta, la maniobra de seducción que, bien realizada, hace que necesites acercarte, encandila y distrae. El mito en Gil de Biedma, sea este el armado alrededor de su identidad, o el personaje épico y Byroniano que adorna su discurso poético, actúa como el pajarito de bronce que los fotógrafos de los años veinte agitaban ante los niños para que mirasen fijamente a cámara, una maniobra estética que distrae mientras lente, fuelle, y placa, diseñan la inmortalidad. El profesor Francisco Rico definió la poesía de Jaime Gil de Biedma como “directa y descarnadamente autobiográfica”, tras décadas de conversación –necesito ver su obra como una interminable conversación en la que le miro a la cara– he aprendido sus trucos, he accedido a su piel.

Te recuerdo, es curioso
con qué reconcentrada intensidad de símbolo,
va unido a aquella historia,
mi primera experiencia de amor correspondido.

Todo en él es perspectiva de pasado, inevitabilidad, ojos vidriosos y confesión. Destellos de tweed anglosajón en su primera poesía, un intento –un fracaso– de hieratismo Cernudiano y discreta exuberancia tomada de Auden que se disuelven merced a la erosión del tiempo. El intento social e historicista de los sesenta, una perfección formal –exagerada, casi una boutade– para ilustrar la desubicación, la expulsión de todos los jardines, el extrañamiento de todos los estratos. 
Así pues, el único lugar posible es la intimidad, hay un odio latente por sí mismo que cierra la puerta con cerrojo e impregna la habitación de Jaime de un aterrador y penetrante  olor a tigre. Leer su poesía es asistir a una evisceración mal escondida –¡Si no fueses tan puta!–, es en Peeping Tom donde empecé a sentir el confort de la sala de estar del poeta, me reconozco en esa glorificación mística del recuerdo, en ese felices como bestias que suena a acabamiento, en la terrible miseria inherente a esa poética que se agarra con patetismo al rien ne va plus adolescente. Hay una soledad inmadura en todo esto propia de quienes nos pasamos la vida bregando con un miedo infantil insuperable, una especie de gula macabra que podemos hacer pasar por vitalismo extremo. El doble juego, el arte de la prestidigitación de quien muere por airear su desaliento los días pares y se desangra ocultándolo los impares. Ser o no ser. 

Conforme avanzan los años y la desnudez es el único escenario –el único argumento–,  los ojos de Tom el mirón, sin párpados y con las pupilas dilatadas, son el grito inconexo de cada fragmento íntimo de sí mismo que Jaime Gil de Biedma fue dejando abandonado en su obra, cuidadosamente, imposibilitando su reconstrucción, dosificando su desaparición. También es el papel que me concedo en esta desigual conversación, el de una sombra fetichista triste que reúne los pedazos desperdigados de una fantasmagoría, una criatura miedosa tratando de conversar con un muerto, y como todo el mundo sabe, los muertos no hablan.

Álex Portero
En Madrid a 28 de Enero de 2015.

*Peeping Tom

Ojos de solitario, muchachito atónito
que sorprendí mirándonos
en aquel pinarcillo, junto a la Facultad de Letras,
hace más de once años,
              
al ir a separarme,
todavía atontado de saliva y de arena,
después de revolcarnos los dos medio vestidos,
felices como bestias.
              
Te recuerdo, es curioso
con qué reconcentrada intensidad de símbolo,
va unido a aquella historia,
mi primera experiencia de amor correspondido.
              
A veces me pregunto qué habrá sido de ti.
Y si ahora en tus noches junto a un cuerpo
vuelve la vieja escena
y todavía espías nuestros besos.


Así me vuelve a mí desde el pasado,
como un grito inconexo,
la imagen de tus ojos. Expresión
de mi propio deseo.

                                Jaime Gil de Biedma

              

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