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domingo, 29 de marzo de 2015

Angustia. José Ángel Barrueco. Fragmentos.




Una extraña cruz negra  con ornatos teñidos de oro, como si le hubiesen aplicado cabello de ángel. Del centro de dicha cruz colgaba la imitación de un libreto de metal negro, con algunas partes doradas. Intenté abrir el libro, pero no pude. Necesitaba ver los nombres inscritos allí. Decían que el cadáver de Bernhard no estaba solo.

No pude hacerlo.

Al pie de la cruz vimos un par de portavelas rojos. Las flores amarillas, exuberantes de color y de fastuosidad, como relámpagos de colorido, emergían de la tierra que tapaba la tumba, cubierta por un lecho de hojas muy verdes y muy cuidadas. Al pie habían insertado (en contra de los deseos del escritor, al que ni siquiera respetaron póstumamente) una pequela losa de bronce con su nombre y su apellido grabados allí: THOMAS BERNHARD, ponía. Nada más. Ni fechas de nacimiento ni de óbito. Ni los lugares donde nació y murió. Ni una frase. Nada. Sólo el nombre y el apellido. Una tumba sencilla.

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Ugo Cornia escribe que nunca fue capaz de imaginarse la muerte de su madre, que es una posibilidad que jamás llegó a contemplar. Y a mí me ocurría lo mismo. Uno fantasea a menudo con su propia muerte, pero nunca con la de sus padres. No es capaz de verlos en el ataúd. En "El libro de mi madre" encontré esta sentencia:

Los hijos no saben que sus madres son mortales.

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Mi hermano compró una afeitadora de barba y de cabello y, cuando el débil y escaso cabello nacía en forma de pelusa, la rasuraba. Así se le veían con claridad las facciones, se le discernían las angulosidades de los huesos, heredadas de su padre [...]

Madre, tienes el pelo de Yoda.

Y nos descojonábamos.


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Echado, coloqué mi mano izquierda sobre su mano derecha, tal y como había hecho un año atrás- Sólo que ahora mi madre estaba perdida en un mundo de sueños y de sombras. Y probablemente no despertara ya, quizá tomase un atajo involuntario del sueño a la muerte.




Angustia
José Ángel Barrueco
Editorial Origami, 2014
9788494303913


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