Páginas

viernes, 6 de febrero de 2015

Margaret y yo.



En 1999  compré una magnífica botella de champange en El Corte Inglés de Goya, el destino que pensaba darle merecía semejante felonía pequeñoburguesa, allí me planté una tarde de noviembre, levita, chaleco, reloj de bolsillo, melena al viento, eyeliner, anillo con pedrusco de labradorita, zapatos rojos y sonrisa de marqués de Carabás pasado de absenta. Recuerdo moverme por los estantes con desparpajo, con ese gesto característico que simula el caminar levantando un bastón por medio del fuste, como eligiendo mancebo o meretriz en casa de confianza. Era todo afectación y exceso, tenía 21 años.

La muerte de Margaret Thatcher. Quería esa carísima botella para festejar el fin de la dama de hierro, cuando quiera que aconteciese, me encontraría con el templo listo para la liturgia.

Comencé a odiarla en la infancia por motivos estéticos –exclusivamente-, me enfermaba su aspecto de vecina clasista y picajosa, de profesora virgen aficionada al brandy y al cilicio. Durante la adolescencia, Alan Moore alimentó con razones mi desprecio por aquella momia repugnante, una vez aprendí los rudimentos del inglés y pude leer sobre ella desde cerca, la transformé en un arquetipo del mal, representaba todo lo que merece ser llamado despreciable. 

Pero esto no va sobre ella, va sobre mí. Aquella botella veía pasar los años paciente, de vez en cuando nos mirábamos y asentíamos, como diciendo “sigo aquí, todo controlado”.
Un par de mudanzas, muchas noches de descontrol –en las que superar la tentación de abrirla fue más difícil que negarse a morder la manzana de las escrituras– , viajes, enfermedades, algunas victorias, muchas derrotas, los astros giraban y ahí permanecía en silencio, esperando.
Margaret no se moría, jamás, bordeaba el abismo, pedía pista, casi podía escucharla crujir desde Madrid, pero no moría, su destino parecía ligado al de aquella botella cerrada, llegué a plantearme la posibilidad de que una parte de su ponzoñosa alma hubiera sido transferida al interior de mi botella de champange a modo de Horrocrux. Mi odio había obrado el milagro, esa maldita reina de picas caminaba hacia la inmortalidad a mi costa, la cabrona se reía de mí desde su cámara inexpugnable. Romper la botella o no romperla. Estaba acabando con mis nervios.

Mi vals con Margaret se alimentaba de altibajos, aprendí a esperar, no fue fácil, cuando Christopher Hitchens –que la odiaba con generosidad– murió, devorado por el cáncer a la edad de 62 años, temí lo peor, la posibilidad de adelantarme en el abismo a mi mortal enemiga se hizo plausible. Había que controlar esfínteres y temblores, seguir adelante con dignidad.

Llegó la primavera de 2013, y con ella uno de los periodos más turbulentos y desagradables de mi vida, -no enredaré esta confesión con detalles absurdos- digamos que la  posibilidad de una pérdida insoportable danzaba a mi alrededor como un niño cornudo, digamos que mi mundo se desmoronaba, el dolor era la dinámica rectora aquellos días.
8 de Abril, mi teléfono zumbaba descontrolado cada diez o quince minutos, no quería mirarlo, no quería saber nada de nadie, lo guardé en la mochila y no le hice caso. Lo mismo con las redes sociales, mi correo presentaba una actividad frenética, decenas de notificaciones a las que no presté atención, quería que me dejasen en paz, ya se sabe que en tiempos de angustia emocional, el mal acecha en las telecomunicaciones, tenía más miedo al teléfono que a la Inquisición, además era lunes, todo inmundicia.
Crucé el día como pude, arrastrando los pies por el barro, llegué a casa, me di una ducha y cené como lo haría una hiena suelta en el banquete de Trimalción, con voluntad marrana. Dos vasos de Cardhu sin hielo y con gimoteos, dos gramos de lormetacepam y a la cama, me sentía como una boa estúpida. Conforme la fiesta de los receptores de la serotonina daba comienzo y me hundía sin remedio en la negrura del sueño químico y alcohólico, decidí que era momento de realizar un último esfuerzo y mirar el teléfono, la afasia avanzaba y apenas era capaz de teclear mi propio nombre, cualquier cosa que leyese quedaría sin reacción por mi parte, me dormiría igualmente, nada podía hacerme daño en el bendito lugar en el que me encontraba.
Desbloquear, llamadas perdidas, mensajes, de todo. Abro un sms, Dani Bernabé, texto: “nen, ve abriendo esa botella, acaba de morir la Thatcher”
Mensaje tras mensaje, todas las personas a las que les importo, me anunciaban la buenanueva y me emplazaban a todo tipo de celebraciones, hablaban de mi botella, de la botella de Margaret, y yo sólo podía observar la pantalla con gesto memo y congestionado, a medio camino entre el estertor y la arcada.
Década y media de mi vida se iba por el sumidero agitando la manita, yo me perdía en la noche y me parecía oír los gritos de aquella botella de Möet Chandon llamándome rata fracasada desde la tristeza de la despensa. 
No hubo “The witch is dead”, no hubo un descorchar rampante, no hubo actualizaciones ocurrentes por mi parte, no hubo más que una maldición gruesa y mostrenca antes de sucumbir al vacío y la figura de Margaret Thatcher, primera ministra y Baronesa de Kesteven, llevándose el pulgar a la punta de la nariz y sacando la lengua, haciéndome una última burla antes de subirse a la barca y ocupar su lugar en el infierno para siempre.



No hay comentarios:

Publicar un comentario