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viernes, 24 de octubre de 2014

Santoral I. Santa Águeda.


He visto la Catania subterránea como un gigantesco hormiguero cuyas galerías son vidrieras llenas de imágenes de amputación, martirio y canibalismo. He visto coros de vírgenes con espinas en las trenzas desfilando cada cinco de Febrero hasta las fauces de la madre Etna y arrojando sus pezones dentro, borrachas de péptidos opioides, cantarinas, modificando sus cuerpos sobre pedregales, alcanzando la virtud con técnicas de herrería básica.
Ruega por ellas, hermana mayor, Santa Águeda bendita, desciende chorreante de entre las nubes y ejecuta la danza de las brasas, todos los eriales deben arder, todas las mujeres deben bailar, la expiación glandular y la oración nefasta que adorna los bordados de las santas estolas inspirará templos futuros. El secreto de la fe reside en el dolor soportado y en la originalidad del castigo autoinflingido. Sonríen los rostros de ojos arrancados y agitan sus manos caóticas como recibiendo algún tipo de bautismo esquizofrénico. Sonríen los desdentados y sus infecciones son apariciones en cavernas blandas. Sonríen los leprosos y los endemoniados, las lapidadas y los que profanan altares.

Santa Águeda bendita (ora pro nobis) transforma el cielo sobre el volcán en un decorado de Hermann Warm y repite para nosotras el número de la mastectomía, alimenta nuestra enfermedad y acaricia nuestras llagas con las uñas. Y que caiga después el sulfuro sobre los campos e inunde las cloacas con sus vapores verdes. Y llegue todo ese dolor hasta el Mar Jónico y se extienda como un carcinoma óseo por todo puerto milenario. Y púdrase la civilización. Y reines para siempre en tu trono cenobita. Y quede eternamente sepultada la idea de la abundancia.

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