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martes, 22 de julio de 2014

La Ilíada. Stathis Livathinos. Festival de Mérida.


Para quienes percibimos y entendemos el arte como una suma de liturgias, acudir al Festival de Teatro de Mérida es un ítem por el que hay que pasar obligatoriamente tantas veces en la vida como nos lo podamos permitir -hasta que el Ministerio decida que es suficiente y apuñale al teatro con más IVA bien afilado-. Diré que no siempre el cartel me parece atractivo, diré que echo en falta una perspectiva más "teatral" y menos televisiva del festival, pero esto no deja de ser un juicio algo apresurado y -si quieren- esnob. Lo asumo.

Internarse en el teatro romano por esos corredores abovedados, al anochecer, convierte el hecho teatral en una vivencia performativa en la que el espectador participa desde que llega al recinto -se viaja en el tiempo-, las piedras obligan -de algún modo- a adoptar el lenguaje corporal preciso y colocan la mente en el estado perfecto para absorber todo lo que suceda en las horas que quedan por delante.

El sábado 19 asistimos a la representación de La Ilíada, adaptación del poema homérico realizada por el director heleno Stathis Livathinos y la dramaturga Elsa Adrianou para la compañía Polyplanity. Cuatro horas de verdadero fuego griego.

Impresiona la fidelidad de la obra teatral respecto al original, una dramaturgia compleja dirigida por el profesor Maronitis, un esfuerzo literario notable, respeta la sucesión de acontecimientos -sin adelantar, retrasar, o cortar trama para mejorar la fluidez-, los veinticuatro cantos están presentes sin perder un ápice de monumentalidad, manteniendo la épica intacta, no hay mutilaciones, sobre todo, mantiene -acaso destaca- la cadencia tradicional del verso clásico de un modo portentoso. Esto último cuenta con el efecto autentificador de la lengua, la representación tiene lugar en griego -con subtítulos en castellano-, es vibrante, grande, poderosa.

La extensión de la obra, los larguísimos parlamentos -especialmente los que describen minuciosamente las batallas, los heridos, los nombres de los heridos, las heridas provocadas y el linaje de los mismos- podrían sumir al público en un estado de pegajoso aburrimiento -sensación de la butaca que arde de la que el director era plenamente consciente. Parece que finalizando los ensayos llegó a decirles a sus actores: "no se asusten si al terminar la función no queda nadie en el patio de butacas, han hecho ustedes un gran trabajo"-. Continuamente se acerca la propuesta de Livathinos a territorios escénicos que pueden llevar al desastre,  pero los esquiva con seguridad -el montaje original duraba cinco horas, sobre un libreto de 6.000 versos-, lo plúmbeo se transforma en litúrgico y acrecienta la sensación de gran teatro. La coreografía es impecable y constituye el punto de ruptura con la densidad del texto, mucho movimiento, muy preciso, muy imaginativo, coordinado de un modo impecable, en algunos casos arriesgado -por momentos roza la acrobacia-, el verso cae como piedra, el escenario se mueve como agua.

Actores y actrices hacen un trabajo complicadísimo, muy físico, un prodigio de concentración. Quince intérpretes que doblan personajes con precisión, que saben lo que están haciendo y no pierden jamás de vista el lugar al que quieren llegar con sus interpretaciones. Aunque el elenco está muy equilibrado, es justo destacar la labor de Maria Savvidou la imponente actriz que interpreta a Tethis, que también hace las veces de narradora -un guiño al coro griego-, voz perfecta, presencia insuperable, control de la acción, magnetismo, seducción y grandeza, una auténtica exhibición.

La escenografía y el vestuario: contemporáneos, fuertes y evocadores, estética postapocalíptica, casi steampunk, orgánica, decadente, marcial y ambigua. En esencia la Ilíada cuenta el asedio de la ciudad de Troya y cómo una década de guerra actúa sobre el alma de los que en ella participan. Los enfrentamientos son más danza que combate, hay cierto componente satírico en ellos. Homero nos habló del sinsentido de la guerra, de la ausencia de vencedores, de la pérdida, Livathinos se ayuda de un planteamiento árido e industrial para subrayar la sensación de ruina, de tragedia y de decadencia, en este punto es inevitable la analogía con la destrozada Grecia actual, la función de los dioses como poderes no elegidos que usan a modo de títeres -o de víctimas sacrificiales- a la humanidad para satisfacer sus intereses y solucionar sus luchas intestinas sin exponerse. Los muros son sustituidos por barricadas de neumáticos -hábil solución escénica que conecta con nuestro inconsciente colectivo y nos lleva a cualquier escenario violento de la actualidad, unidad y fragmentación, las ruedas no son un elemento pasivo en escena, divinidades, mujeres, y hombres interactúan con ellas continuamente, todo en escena tiene un papel, está vivo, se mueve.
La iluminación sencilla y efectiva, impecable y muy inteligente, matiza y agranda los ambientes con lo mínimo. La música -compuesta e interpretada en directo por Lambros Pigounis- sensacional, los más emocionantes momentos de la obra están acompañados de percusión, teclados, y voces femeninas que vibran con ese rasgo expresivo helénico oriental tan emocionante, tan lastimero.

Los elementos estaban ahí y por la magnitud de los mismos la empresa era complicada. Livathinos asume un riesgo enorme en esta producción y sale victorioso. Ruinas, belleza, imaginación, dinamismo, desolación y erudición. La épica y la tragedia de La Ilíada viven más de veinticinco siglos después. Todo en el montaje está pensado para mayor gloria del texto, todo ensalza la epopeya de Aqueos y Troyanos, destila trascendencia y eternidad por los cuatro costados. En momentos difíciles como los que vivimos necesitamos las grandes historias, Homero es inmortal porque hace dos mil quinientos años que habla de nosotros y tiene en Stathis Livathinos y la compañía Polyplanity una caja de resonancia descomunal.

Bravo por ellos y por el Festival de Mérida.


Un momento: el monólogo de Andrómaca tras conocer la muerte de Héctor.


Pronto, la obra estará en Madrid, en el Valle Inclán, vayan a verla.

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