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miércoles, 25 de junio de 2014

Levantando el sombrero XLV


La tarde que compartí junto a Ana María Matute llovió como llueve en los cuentos,
con todo el aparato de truenos y relámpagos,
con todo el despliegue de viento huracanado, hojarasca y barro.

Fue amable y dulce, de expresión sencilla, ademán infantil y risa de árbol viejo. 
Le gustaron mis tatuajes
-incluso me preguntó, mientras le acariciaba el hocico,
si el dragón rojo que llevo en el hombro izquierdo tenía nombre-.
Me contó muchas cosas personales (testimonio vital que guardo como un tesoro),
yo le conté -entre otras particularidades, por aquello del quid pro quo-
que siempre que dejo crecer mi vello facial significa que estoy triste y que quiero esconderme,
cosa que entendió con naturalidad pero que le hizo gracia.
Compartimos tartamudez en la infancia y una creencia irrenunciable en la belleza de la edad media.
Me confirmó su encuentro con el diablo mientras leía en el bosque y la envidié por ello.
Me emocionó sobremanera el cariñoso trato que le dio a mi hermana María
-que lloraba a cántaros, emocionada ante su presencia-.
Cuando supo que me dedicaba a la literatura me exigió encono en el trabajo,
constancia en la escritura, esfuerzo diario, y lectura compulsiva,
"ese es el único secreto", me aseguró vehemente.

Me abrazó muy fuerte desde su aparente fragilidad y me firmó un par de libros para despedirse.

La he leído toda mi vida.
He aprendido de su mesura expresiva, de su lírica transparente,
de su paciencia narrativa y de su delicado uso del idioma.
Una escritora gigante, que se atrevió a escupir al rostro del fascismo a lomos de un corcel alado
-un fascismo que casi acaba con ella-.
Una mujer insuperable. Fuerte. Valiente.
Ha supuesto, para mí, a lo largo de los años, el anclaje necesario a las nubes,
la dosis imprescindible de magia para no perder la cabeza, para no ahogarme en el asfalto.

Y por muy manido que esté, sí, maldita sea, se nos ha ido el hada madrina.

Yo, criatura del norte, te prometo Ana María, te doy mi palabra:
jamás dejaré de buscar el Sur.
Gracias.

"El ser humano no ha evolucionado tanto.
Ha evolucionado la tecnología, pero el hombre sigue llorando como en la Edad Media,
sigue odiando, sufriendo y muriendo de amor como Aranmanoth.
Han cambiado las formas externas del amor.
Los chicos de ahora no aman de la misma manera que Romeo y Julieta,
pero el sentimiento de quien ama de veras es el mismo"

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