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lunes, 23 de junio de 2014

Estrofas tristes para danzar.



Así que has elegido orbitar en torno a mí y abrirme la piel a latigazos
para revelar los pocos secretos que me quedan.
Seas un millón de veces despojada de tu nombre
y pueda verlo yo desde el acantilado de mi vida.


Quiero ser diente de león y flotar en primavera ya sin peso,
entregar mi carne a la idea de lo liviano
morir un poco, a voluntad,
enterrar los verbos más hermosos bajo un sauce,
ser gitana, ser anciana, ser Cassandra,
vagabundear, gritar por calles que sean laberintos,
libar como un insecto primigenio las flores de la demencia,
mezclar su polen con mi saliva color esmeralda
y elaborar tinta venenosa en mi garganta.


Desde el acantilado de mi vida.
Permanezco.
Cuidando de niños cornudos y rojos
cuidando de que sus descontrolados bailes solares
no les hagan precipitarse al abismo.
Mi nacimiento lo marca un astrolabio indescifrable
y mi muerte te corresponde por derecho señalarla.

Sabes cómo hacerlo, sabes dónde encontrarme,
es cuestión de repetir el proceso que comenzó a orillas de la laguna Estigia,
antes de que fueran creados los colores,
cuando todo universo era fuego y sarna.


Así llegamos a este punto sin retorno,
volando sin rumbo,
como albatros que han perdido el sur,
que caerán muertos de agotamiento sobre la superficie del Océano.
Me dispongo a cumplir con la liturgia de la espuma,
tragarme el semen de Urano.
Huir al fin.
Huir.
Y hacer honor al amor,
del único modo que sé,

perdiéndolo.

Estrofas tristes para danzar.
Incluido en "La próxima tormenta",
Editorial Origami.

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