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jueves, 9 de enero de 2014

Querida Woollie:


Querida Woollie:

Todo lo que quieran contarte acerca del Sol de la Toscana lo tienes en Petrarca, y tú y yo sabemos de la insoportable tenerezza y el recalcitrante manierismo con que el Arno nutrió a su más celebre hijo, solamente la eternidad y la pobre Laura deberían cargar con el tóxico y plúmbeo verso floral del bardo de Arezzo, nunca nosotros, pobres y sufridos lectores.
La Toscana de Petrarca no existe.
Llueve, truena, las tormentas descargan su furia contra esta tierra como si quisieran hacerla desaparecer, hay –me atrevería a decir- cierto rasgo de envidia en la violencia con que se emplean estas nubes.
Desde que nos despedimos a las puertas del Otoño, allá en Diodati, busco el Este, y espero encontrarlo antes de que lo haga el Sol. Persigo sombras de poetas, rastros de mitología, muslos calientes y todo el vino que puedan ofrecerme. No he de quejarme de la acogida que me ha brindado la viciosa Italia, todo en ella es excesivo, te gustaría si la conocieras mejor, no podrías mantener sujeto ese mechón de pelo que se te escapa y te cruza la frente cuando sube la temperatura.
Entre estas montañas, bajo estos árboles y al amor de estas luces no hay lugar para la contención.

Recordarte me rompe el corazón.

Me pregunto hasta donde me llevará esta carrera desquiciada, ¿lo sabes tú? tras el verano voy tomando conciencia de que busco la condenación tanto como nuestro querido Ariel busca la gloria. El tiempo juzgará y se nos echará encima, seguro, cuando estés alzada en el trono de la inmortalidad despiértame un momento del sueño sin sueños, bésame, y dime que tenía razón cuando decía que el amor era Medusa. Tras mirar a sus ojos, lejos de transformarme en estatua de piedra he transmutado en arena. Frágil y expuesto continúo mi camino, perdiendo consistencia cada vez que el viento decide rozarme la piel con un poco de ímpetu.
Siempre he creído que el exceso de nostalgia y el canto prolongado a la tristeza y al desamor son propios de mentes iletradas y corazones infantiles, parte de una representación, una ficción, una mentira. Hace dos noches, un muchacho persa, un hermosísimo ejemplar de mulo me susurró que en su tierra se dice que quien ama con ironía, lo pierde todo. Y tenía razón.
Por eso nos despedimos tú y yo.
Por eso escribo esta carta.
La armonía de las esferas ha querido que te encuentre y que te pierda (sin haberte tenido). Lejos de agazaparme tras un elegante y dramático ennui he decidido cabalgar cada tormenta que me encuentre en el camino, glorificar tu nombre aterrorizando a Apolo cada minuto de cada día de mi corta vida. Seré poeta. Seré diablo. Seré libre. Seré odiado. Seré malvado. Seré un héroe. Seré un traidor. Seré, siempre, insoportablemente tuyo.

Pasarán los años, nos encontrará la vida, más viejos, más sabios y algo más muertos, y creo que nunca encontraremos la respuesta.
Por qué hemos renunciado.
Somos poetas, nos debemos al latido, no se nos ofrenda vino para que pensemos, tomamos decisiones cómicamente desgarradoras, estamos hechos para ver como se aleja la tierra mientras partimos rumbo al horizonte en barcos que acabarán en llamas.


¿Sabes? También empiezo a entender que nunca regresaré a Inglaterra, en realidad no estoy hecho para regresar a ninguna parte, me aterra esta soledad tanto como me excita, te confieso que haberme arrancado el corazón al despedirnos aligera mi camino definitivamente, sólo quedan en mí pasiones –bajas casi todas- y pensamientos tan trascendentales como exentos de trama, sueños deformes que han escapado e interrumpen el devenir natural de las cosas. Puro caos cíclico. Es contradictorio e irremediablemente hermoso –sospecho que dentro de unos años esto tendrá un nombre- encontrar la condenación agitando las alas de la libertad, amar sin medida y alejarse para no acrecentar la pira, si me correspondieses nada ni nadie sobreviviría a esa llama, toda ardería a nuestro alrededor, todo lo que amamos o nos importa, ¿sí, Woolie?

¿Estás ahí? ¿Puedes oírme?

No me acostumbro al silencio que me has dejado. No me acostumbro. Cabalgo con toda la furia que soy capaz de reunir, me carcajeo sin motivo, lloro contra el viento y canto a todos los dioses y a todas las diosas olvidados. Y nada atraviesa esa lápida de quietud.

Mi camino, silenciosa amada, me llevará hasta la descarada Venecia, estoy deseando llegar y seguir el rastro de las piedras preciosas más rojas, creo que la combinación de voluptuosidad y solemnidad de los canales avivará mi pluma y calentará mi sangre. Así lo espero, estoy deseando ponerle tu rostro a toda la fruta que se me ofrezca. Eso, no puede quitármelo nadie.

Disculpa la premura de estas líneas, estoy esperando un transporte que me lleve hasta Ravena y me encuentro rasgando el papel en medio de un temporal casi inglés bajo el tejadillo de una panadería que apenas cubriría a una golondrina.

Entrega mi abrazo más cálido a Percy y recibe todo mi amor.

Vadeando la corriente del deseo, me despido,
tuyo.

Byron.

Post scriptum: Creo que es mejor que P. siga ignorando nuestro común desprecio por Petrarca, pese a ser una nulidad con la espada, es un ácrata, y las potencias celestiales saben lo impredecible de esa condición, no quiero imaginarme su reacción al contemplarnos pisoteando su jardín lírico, es poeta, por tanto no es de fiar, seguramente esté loco y sea peligroso.
Pero tiene una piel hermosa, por todos los dioses.


10 de Marzo de 1817, en algún lugar cerca de Pisa.

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