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lunes, 6 de enero de 2014

A los vecinos con los que nunca crecí.






El primer concierto al que asistí en mi vida fue uno que dieron Los Chichos en las fiestas de mi barrio, San Blas. Mis vecinos, en aquellos tiempos, respondían a sobrenombres de lo más profesional: “El mosca”, “El Yoye”, “El Dumbo”, “El Patata”, “La Dulce”, “El Chino” o “El Panocho” son algunos de ellos, los que puedo recordar de un plumazo y sin esforzarme. Crecí en un lugar que huele a churros por la mañana, a vino y a tabaco por la tarde y a basura por la noche.  Cerca de casa, junto a la zona de los institutos públicos, se alzaba el mayor centro de venta de drogas que ha habido en Europa, “Los focos”, un asentamiento chabolista enorme como una ciudad de provincias, en cuyas tripas se movían diariamente toneladas del jaco más cortado y de peor calidad que nadie se haya metido por las venas. Los gitanos lo mantenían en estado fluido, en unos botes de cristal, hirviendo muy lentamente sobre unas repugnantes cocinas de gas, cuando los yonquis acudían a por sus dosis, desesperados, con apenas talego y medio conseguido atracando a los chavales y a las viejas, robando casettes de los coches o vendiendo las miserables joyas de sus madres, todo lo que se les permitía era llenar las chutas a la mitad, introduciéndolas directamente en los frascos calientes y tirando del émbolo bajo la supervisión de tres o cuatro calés y sus mariposas con mango de marfil. Aquellos desgraciados eran buenos chicos que jamás hicieron más daño a nadie del que se hicieron a ellos mismos. Nacimos juntos, jugamos juntos, fuimos al colegio juntos. A finales de los setenta y durante los ochenta la droga se colaba por las rendijas de nuestras vidas sin que nos diéramos cuenta, ¿por qué ellos y no yo? Puede que el cuidado y el amor de mis padres tuviera mucho que ver, pero me consta que los suyos no les querían menos. Eran los tiempos de aquella llamarada pija y frívola conocida como “La movida” en la que, precisamente las drogas duras, se convirtieron en parte del decorado hortera en que se transformó la noche VIP madrileña. No sé si las películas de quinquis que se rodaron entonces surgieron como una reacción a toda esa frivolidad disfrazada de movimiento cultural. José Antonio de la Loma y Eloy de la Iglesia quisieron dar voz a quienes no la tenían, y todo lo que se les ocurrió fue convertir en estrellas a pobres diablos con demasiado sufrimiento a sus espaldas, forjados en la miseria. Aquellos directores no supieron cambiar la perspectiva, no venían de allí, no podían contarlo con veracidad, uno no puede -ni debe- narrar la guerra sin haberla pisado.
Revisitar las películas y las canciones de los Chichos, aparte de cierto subidón calorro inherente a mi condición Sanblasí, me provoca tristeza, cuando veo al “Torete”, al “Pijo”, al “Corneta”, al “Vaca”, a toda aquella tropa de perdedores en escena, imagino a quienes fueron a ver aquellas películas al cine partiéndose de risa con sus palos, su jerga, sus persecuciones, sus bailes horteras, sus peinados turroneros, y les comparo con aquellos nobles del XVIII que vestían de soldadito a un mono, le obligaban a dar volteretas, y cuando se casaban del pobre simio la tomaban con el enano o el jorobado de turno. Reírse del monstruo, despreciar al que no puede defenderse. Porque pese a toda su violencia, su desvergüenza, su desdén y su desprecio a las leyes, aquellos fieros chavales, aquellos delincuentes metidos a actores casuales no tenían con qué defenderse de la vida, nunca tuvieron la más mínima oportunidad y acabaron muertos prematuramente. En el fondo eran de los míos. Como “El Yoye”, como “El mosca”, como “El Dumbo”, como todos aquellos niños de mi infancia con los que, después de todo, no llegué a crecer.


Texto aparecido originariamente en el nº 12 de Vinalia Trippers, especial "Spanish Quinqui".

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