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miércoles, 19 de junio de 2013

Querida Mary:

Querida Mary:

He jugado contra el vino a las cartas y he perdido, así que esta noche es Dionisos quien guía mi pluma. Las gaviotas llevan todo el día chillando con voces de funeral, Missolonghi –más que ninguna otra cosa- es un infecto nido de moscas, el aire es pestilente, el calor abrasador, el mar permanece atrozmente quieto, como una inmensa bestia a punto de soltar un zarpazo que no llega nunca.
Solamente se encuentra cierto entretenimiento, algo de solaz, en la violencia o en la fornicación, estamos en guerra y nuestro enemigo es el turco (serrallo inagotable la ignota Anatolia), así que no falta ocasión para ejercitar afanosamente cualquiera de las dos disciplinas.
Voy a morir aquí hermana mía.
Mis huesos crujen como la osamenta de un barco a punto de irse a pique, paso las noches envuelto en una bruma viscosa casi imposible de despegar por la mañana, mi respiración es acelerada incluso durante las horas de sueño, apenas puedo disimular la fiebre a fuerza de borracheras que duran días, me diluyo en este caldero en ebullición en que he convertido mi vida.
¿Te permiten vivir o morir los recuerdos? Hasta ahora eran mi único motivo para continuar renqueando por el mundo, pero comienzo a olvidar vuestros rostros, vuestras voces, vuestro tacto, vuestra risa, todo lo que alguna vez me ha importado, lo más parecido a un culto que he rendido en mi vida. ¿Qué puedo hacer sin ello? Moriré defendiendo a unos dioses que los propios griegos han olvidado, derramaré mi sangre por amor a una cultura que –al menos aquí- ha desaparecido por completo, supongo que pertenezco a la estirpe de las estrellas fugaces, de las cosas que se extinguen, he entendido que la poesía de Lord Byron, al cabo, no será más significativa en este universo que una luciérnaga revoloteando por la inmensidad estelar.
Y mi alma, apenas una ligera sombra, el aleteo de una golondrina contra los muros de un bastión.
Pura levedad, algo macabra, pero levedad.

No sé… No he sabido… vivir hermana mía.

Tus ojos ante la pira de nuestro Ariel permanecen fijados entre mis recuerdos, la última vez que te vi. El dolor te revestía de una dignidad divina, el velo de fuego que se interponía entre nosotros te orlaba, parecías la misma imagen de la noche acudiendo a despedir a su más hermoso hijo.
Le echo tanto de menos.
Os añoro con una violencia aterradora que únicamente puedo dirigir contra mí, escucho a Claire (tan dulce, tan hermosa, tan seductora) tocar su flauta travesera día y noche, te escucho cantar en mis horas de fiebre, a Percy recitar los más procaces versos de Catulo entre carcajadas... mientras sangro por cada oquedad de mi cuerpo…

De veras, solamente quiero emprender el viaje, de algún modo esta es una carta de despedida, ya he ordenado y embalado todo lo escrito en mis últimos años, te llegará antes de que finalice el verano, solamente confío en tu sabiduría y en tu corazón, si decides publicarlo, una reverencia agitará las tinieblas, si por el contrario alimentas las llamas de tu chimenea con mi obra, probablemente habrás librado al mundo de su peor enemigo, has de saber que cada línea escrita desde que os perdí está impregnada de mi más absoluto desprecio, no deseo permanecer más tiempo habitando la misma tierra que una raza tan rastrera y egoísta, tan ridícula, tan crédula, tan simple, tan incapaz de apreciar la verdadera belleza.
Aterrorízales querida mía, suelta entre ellos a tu criatura, ponles frente al espejo y que caigan muertos de horror.
Y si te queda tiempo, y sobre todo, si me queda a mí, envíame un ejemplar de tu Frankenstein, deja que te acaricie por última vez.

Una marea de calor y náuseas se apodera de mí, he de concluir esta carta, si deseas responderme, Johnny Hobhouse partirá en breve, apresuradamente, y aterrado por mi estado desde Inglaterra (es la abuela judía que siempre quise), me hará llegar cualquier cosa.

Me despido, flotando a la deriva en el mar de la nostalgia.

Siempre tuyo.

Byron.


                                                                           12 de Enero de 1824,
                                                                            Missolongui, Grecia.

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