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lunes, 29 de abril de 2013

Querido Percy IV:



Ruinas de la abadía de Newstead

Nottinghamshire

29 de Abril de 1822


Querido Percy:


Contemplaba el atardecer y la lluvia por la ventana de mi habitación vacía, con mi equipaje listo, repaso las conversaciones que tuvimos en las orillas del Lago Ginebra, tú y yo, nos recuerdo con la mirada de las mil millas instalada permanentemente, como corresponde a los jóvenes y a los idiotas, tus ojos siempre apuntando al horizonte difuso, los míos buscando estrellas o imaginando tumbas anónimas en las que descansar fuera del alcance de esta especie miserable. Que suerte ha tenido la humanidad contando contigo como espíritu guardián, fuiste un verdadero ángel rebelde y como tal caíste, un Prometeo de baja estatura y voz adolescente, si de mí hubiera dependido hace tiempo que nos hubiéramos consumido todos en una gigantesca pira: poetas con banqueros, arpistas con cerdos y vírgenes junto a críticos literarios (las más abyectas criaturas de este cenagal).
¿Sabes? Nunca más aquella sensación de callar y decirlo todo, ningún viento me ha acariciado como aquel verano, he atravesado países, continentes, he compartido cama o cuadra con las criaturas más selectas y las más grotescas, he fingido que amaba y he aceptado las mentiras de quienes aseguraban amarme a mí. He llegado hasta el confín del desierto arrastrando mi pierna retorcida, hasta lugares áridos donde el calor no alcanza, he hollado paisajes lunares, apocalípticos, místicos, antiguos, he navegado por el Mar muerto, he bailado ebrio y cojitranco sobre cementerios en la vieja Armenia, me he pasado la vida dejándome latidos desparramados por el suelo, alimentando las llamas de mi negro corazón con vino chipriota hasta ahogarme, riendo con toda la tristeza que me cabía en el pecho, aullando a la luna como un demente.
Cada vez menos vivo, acercándome a la muerte histérico, haciendo caso omiso de tu ejemplo, mi siempre calculador arcángel, desoyendo las palabras de nuestra Mary –oh Mary- cuando me decía: “guarda algo para el regreso mi dulce Byron, guarda algo para ti…”. Supongo que criaturas tan perfectas, tan sabias, tan lejos de todo esto estaban destinadas a encontrarse y pertenecerse, suerte para mí que os tuve, desgracia para mí que os perdí.
Quiero contarte, estés donde estés, que he decidido partir para siempre, marcharé en pocos días a librar una guerra que no es mía, a dejarme –si el hado lo permite- la vida en tierra extranjera, bajo un cielo desconocido. Ya no deseo vivir más tiempo, pero no renuncio a una muerte épica (je suis çe que je suis), espero que entre los hombres con los que voy a cruzarme se encuentre mi asesino, ojalá supiera quién diablos es antes de que cumpla su cometido, le invitaría a una jarra del mejor vino de la hélade y me aseguraría de pagarle su noble gesto con canciones, poesía, y todo mi oro.
Guardo cada fragmento de mis días tras las retinas, apuro el cáliz de mis recuerdos hasta el fondo, y sois el trago más dulce, siempre, la sonrisa que no puedo disfrazar, el gesto suave, mi maldita juventud concentrada en un verano. Estoy seguro de haber escrito cuanto estaba destinado a escribir, ella recibirá mis cuadernos en Otoño si no me desvalijan antes de morir, o si no arden en la misma pira funeraria en la que arderán mis huesos.
Entonces, solamente entonces, muerto ya y pagado el barquero, iré a buscarte al fondo del mar amigo mío, y nos abrazaremos definitivamente, escribiremos los poemas más bellos mientras cabalgamos por la pradera de la noche, haremos gritar de horror y de placer a las criaturas del paraíso, hasta que nos expulsen al infierno y allí, al fin, estaremos en casa y seremos libres.

Ahora marcho a patrullar por el puente de la melancolía.
Tuyo.

Byron.

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