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domingo, 28 de octubre de 2012

Conversaciones con David Foster Wallace, por Stephen J. Burns



Conversaciones con David Foster Wallace
supone, para muchos lectores, un viejo sueño.
Les aviso, esta reseña no puede de ninguna forma ser imparcial, demasiadas implicaciones personales en ella, demasiada admiración hacia la figura del escritor de Ithaca por mi parte como para establecer un juicio crítico fiable.
En cualquier caso allá vamos.
El libro consta de veinte entrevistas seleccionadas por Stephen J. Burns, abarcan prácticamente toda la carrera de Foster Wallace, desde la publicación de The broom of the system
 (1987) hasta poco antes de su suicidio (2008). El capítulo final del libro es una pequeña, precisa, y muy completa semblanza biográfica de DFW escrita por David Lipsky, en la que se cuentan detalles muy especiales de su vida desde un punto de vista íntimo y emocional, con testimonios de sus padres, su hermana, su esposa y sus amigos, especialmente intensa la última parte, la que coincide con el tramo de decadencia definitivo del escritor.

La obra de David Foster Wallace supuso un cambio de código en la narrativa contemporánea, la reinventó, en ella navegamos por la psique de personajes de nuestra época (quizás por primera vez, nos contaban la posmodernidad desde el interior de las personas), confundidos, excesivamente estimulados, que observan el mundo como una masa caótica en la que medios de comunicación (esencialmente la televisión como una suerte de dios omnipresente), marcas, colores, luces, discursos, sabores y artificios afectan a su interioridad de forma decisiva. Aspectos primarios, básicos, acaso instintos, conviven con abstracciones complejísimas, su narración sigue el patrón del pensamiento humano, circular, aparentemente deslavazada, fractal. Todo en ella está calculado al milímetro pero sin perder pulsión, en mi opinión constituye un milagro literario, una cima inalcanzable. Es muy difícil resumir en unas pocas líneas el impacto que el trabajo de Foster Wallace supuso para la literatura universal, quizás hagan falta algunas décadas para valorarlo con justicia y en toda su magnitud.

Sus libros, su figura, hasta su aspecto –bandana, pelo largo, gafas redondas, rostro amable, mirada de las mil millas
 causan una inexplicable atracción, cierto fanatismo. Entrar en contacto con el universo de David Foster Wallace es asomarse a un vacío, o saltas, o te das media vuelta. No hay término medio. 
Con este libro, Pálido fuego atiende las plegarias de miles de devotos, en él encontramos a DFW en primera persona, asistimos a sus procesos creativos, nos adentramos en la mente del genio y nos encontramos con un hombre extraordinariamente sensible, asustado de sí mismo, de su inmensa capacidad, también un tipo con un sentido del humor dispensado con generosidad, empático, un gran conversador sin miedo a pronunciarse sobre tema alguno.
Algo a destacar: es importante leer estas conversaciones con lápiz y papel cerca, DFW no escatima en recomendaciones literarias y cita a las mejores mentes de su generación, al menos las que lo son a su juicio, Franzen, Vollman o Annie Dillard por mencionar solamente algunos. Habla extensamente sobre sus influencias literarias (de Gaddis a DeLillo, pasando por Cynthia Ozick o Manuel Puig), sobre su visión del fin último de la literatura, sobre sí mismo. A veces se define –al principio de su carrera
– como un habilísimo imitador de otras voces, finalmente se reconoce como un observador implacable, un narrador de realidades, de todas las realidades posibles.

Sus problemas mentales, sus internamientos, sus adicciones, la relación con su familia, su reconversión en profesor de creación literaria, no hay aspecto de la vida del escritor que quede sin tratar, responde a las preguntas de los diferentes entrevistadores con la misma verdad y exposición personal con que escribía sus novelas.
Como siempre, David Foster Wallace da todo lo que tiene. Puede que en este vaciarse se encuentre alguna clave de su trágico y prematuro final.
No sabría decir si porque conozco bien su trayectoria, o porque realmente está presente en las conversaciones, pero en todas ellas flota –apenas perceptible
 una nube negra sobre el escritor, uno tiene la sensación de encontrarse en una confortable sala de estar desde la que se escuchan los lamentos amortigüados de un niño asustado encerrado en algún sótano cercano. Insisto, puede que todo esto sea una percepción personal influida por las connotaciones que DFW tiene para mí, como lector y como escritor.

No deberíamos perder de vista a esta editorial que nace, Pálido fuego, empezar con David Foster Wallace (leo con ansiedad que la primera novela que van a publicar será, precisamente, La escoba del sistema, tesis doctoral y primera obra del genio de Illinois) es síntoma de criterio, personalidad y valor.
Estaré muy atento. Y muy agradecido.

Les dije que sería imparcial, mis disculpas.
¿Le ha gustado, señor Wallace?

Á.

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