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domingo, 30 de septiembre de 2012

Elemental



Que se reduzca mi lengua a cenizas si te nombro en vano, que arda cada fragmento del bosque que me da forma, que los milenios caigan sobre mis hombros de repente, que se destrocen mis cuernos, o me transforme en estatua de sal, que me prohíban para siempre la entrada en Sodoma, que no quede rastro de mí, que se pierdan mis nombres con la próxima tormenta.
Yo que he comandado ejércitos invencibles  y me he prostituido en los mejores burdeles de Babilonia, que conozco la llama y el madero, la espada y el dolor, la debilidad de la carne, la peste del Ganges y el vino de Chipre. Yo, que aún no he conocido el descanso de la tumba, ni recuerdo el rostro de mis padres. Soy incapaz de olvidar el aroma de tu vientre, desde aquella primera vez en las cavernas de la Luna, hasta el último orgasmo-plegaria que ofrecimos en los templos de neón de Tokio. Nos hemos dado forma el uno al otro. Nos hemos remendado la piel con las lenguas. Hemos cabalgado juntos auroras boreales y saboreado los primeros trazos de humanidad sobre la tierra.
Nosotros, que sabemos como suenan las trompetas de los arcángeles sanguinarios, que hemos descendido juntos a las simas marinas sin nombre, sabemos, que nos perderemos en algún lugar del Himalaya y deambularemos a solas parte de esta eternidad, soportando el peso de un Sol apocalíptico, desde las cimas del mundo hasta el corazón del Amazonas. Te esperaré en el monte Bröcken bailando junto al fuego eterno , y si no llegas, vagaré bajo la luna por todo el bosque negro hasta encontrarte, si me tiendes la mano junto al Senna , sabré agarrarla desde Cabo Cod, escucharé tus percusiones caribeñas mientras surco el ártico en silencio y con los ojos cerrados, prestando oídos a la oscura noche en altamar.
Mi pecho, siglo a siglo, se ha convertido en una cripta. Entre los huesos de los amores muertos, las decepciones, el dolor que cambia de piel y me persigue, los miedos infantiles (de aquella niñez salvaje bajo los árboles gigantes), los cadáveres de príncipes y princesas que no fueron, sigue latiendo un corazón casi humano, rodeado de conjuros que dan color a las paredes de la cámara en los que aparece tu rostro, coronado de flores silvestres, algún día se abrirán las grietas de la tierra con canciones ancianas y terminaremos el baile que llevamos ejecutando desde que la muerte era una recién nacida, y ya no nos separaremos más, y podremos habitar los huecos entre galaxia y galaxia, con la discreción de los astros que se apagan dulcemente, con el pulso cadencioso y grave de la nada, siendo vacío y nada más,
Nada.

Á.

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