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lunes, 9 de julio de 2012

Silencio


Permanezco en silencio, entre la maleza, porque solamente el verde sagrado sabe abrazarme, he renunciado a los fuegos catedralicios, a las alabanzas de la máquina pretendidamente humana, a los eclipses susurrados. El suelo es marea constante, es vals lunar, danza primitiva. Habrá de llegar la última noche y encontrarme agazapado, con la respiración contenida, tratando de sorprenderla como un amante desesperado, suplicando su perdón.
Habrá de encontrarme la noche.
Desnudo, acaso, masturbándome despacio, cediendo al limo mis gemidos, siendo los orgasmos pantanos, hilachas de conciencia.
Habrá de encontrarme la noche.
Ardiendo en llamas azules, transmutado en bruja, con los cabellos largos, empapados en sangre, asumiendo las texturas del viento que corre sordo en las cavernas antiguas, viento también ciego, y viciado, viento prehistórico, aliento de gigante muerto, sepultura amarga, cristal.
Habrá de encontrarme la noche.
Extrayendo niebla del barro, formando ejércitos de soldados grotescos, vistiéndoles con piel de cadáver, gobernando títeres lisiados.
Cada esfera obedece al dictado de una vieja pesadilla,
anterior a la primera luz,
a una nana eterna,
anterior al sueño.

Habrá de encontrarme la noche, o habré de encontrarla yo a ella. Antes de que las grietas de mi cornamenta rompan para siempre mi corona, con el último estertor de la tierra que me forma, llegaré hasta la pradera negra que todo lo cubre, tocaré su superficie con la lujuria del moribundo, y seré eslabón de la nada, pieza imprescindible del sopor cósmico. Agujero negro sin gravedad.



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