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domingo, 24 de junio de 2012

Querido Percy III


Mi querdísimo Percy:

Como todos los años llega el verano y me encuentra a medio vestir, renegando de la primavera y su molesta luz. Donde tú ves flores, mar, brisa y vida, yo veo moscas, hedor, quietud e incomodidad. Nunca entenderé como alguien nacido en nuestra amarga y brumosa tierra es capaz de llamar hogar a estos baldíos del sur, y contagiarse de su irritante, escandalosa y febril manera de entender la vida. En el fondo admiro esa capacidad tuya de absorber alegría allá por donde pasas. Me expreso con la acidez del cojo, la tozudez del escocés y la maldad del aristócrata renegado que soy, lo sé, pero esta temperatura me ahoga, y ahora que el vino helado se aleja de mí tanto como la juventud, encuentro pocas opciones de huida a estas alturas de año (y de vida).
Las noches al raso, últimamente se han alargado, y la compañía del viento nocturno me ha llevado hasta aquellos años gloriosos que se fueron, ¿qué ha pasado con nuestra juventud amigo mío? Tengo una sensación de acabamiento adherida con fuerza a la espalda, contemplo mis mejores años con lentitud, los más hermosos, como si lo hiciera por última vez, siento de una forma calmada que es la última oportunidad que tendré de revivirlos, de recordarlos, que mi tiempo se marcha, y que lo hecho hasta ahora -sobre todo lo NO llevado a cabo- adopta la consistencia de una rúbrica, que nada volverá, que mis oportunidades se han agotado.

No me asusta, no me inquieta, no me perturba -lo que es desconcertante- se me ha instalado una media sonrisa melancólica permanente, un rictus de perdedor elegante, casi feliz. Observo el crepúsculo incipiente de mi vida con el reloj en hora, el chaleco ajustado y los zapatos brillantes, como aquel cuadro pintado por ese empalagoso y brillante joven alemán, Friedich, así me veo, dando la mejor versión que puedo de mí mismo -siempre incompleta, siempre tullida- mirando fijamente al abismo. Escribo sin cesar hermano, escribo tanto como puedo, obsesivo, he de vaciar el tintero y hacerme a la oscuridad ligero de equipaje, dejando en este mundo despiadado a veces, y maravilloso en ocasiones, mi mejor poesía. ¿Sabes? os imagino, cuando al fin me haya marchado, leyendo mis versos en largas y amorosas noches de invierno, todos juntos, levantando copas y sombreros en honor de aquel que os amó y defendió en vida con todo lo que tuvo, y que descansará al fin sabiendo que la alegría os bendice, o que vosotros la bendecís a ella. Sé que es un pensamiento egocéntrico, hasta infantil, pero lo bueno de los finales es que las máscaras van cayendo, sobre todo las de la corrección o la prudencia. Y las mías, grotescas y demasiado fijadas sobre la piel -muchos años, todos- me la han arrancado al precipitarse contra el suelo.

No me atrevería a calificar esto como una despedida, ni mucho menos, recuerdo aquella frase que dije al abandonar Villa Diodatti, en el verano del 16: "no lloréis queridos míos, al menos nos queda un abrazo más, el penutlimo, hasta entonces, buena suerte"

Espero que te encuentres bien, pleno de vida, fuerte, arrogante y desbordado de poesía.
Como cuando éramos.

Byron.

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