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domingo, 6 de mayo de 2012

Sagradas escrituras.



Nos arrastramos por el suelo como mariposas sin alas,
encendemos las últimas antorchas,
y sabemos
que cada gesto puede ser el último,
que el fin del mundo tiene el sueño ligero y descansa sobre nuestras espaldas.

Hemos dejado de florecer.
Ejecutamos una danza macabra y sonreímos como dementes
ante la visión del paisaje devastado que tenemos delante.
Reímos de pura enajenación,
reímos.

Las últimas palabras, las últimas gotas de sudor,
–perlas calientes que ruedan por nuestras abrasadas  frentes-.
Las últimas canciones incrustadas en el pecho,
bajo cuyo efecto salmódico
nos seguimos agitando groseros.

Afrodita ofrece sus labios como pago al dragón nocturno 
y cae muerta ante las puertas del Olimpo.
Apolo es mujer de todos los infiernos,
que se ofrece gustosa ante los ejemplares de macho cabrío más grotescos.
Zeus mendiga y se rasca las llagas,
canturrea melodías infantiles por una moneda,
se arranca los cabellos cuando está a solas, errabundo
bajo las columnas calladas de los templos.
Krishna sucumbe a la ira y escupe sulfuro
repleto de pánico, descontrolado, buscando la connivencia de las furias.

Arde nuestro jardín.
Las paredes del sancta sanctorum  están manchadas de semen.
Arde nuestro jardín.
Las vírgenes devoran todas las fresas,
se las tragan sin masticar, se revuelcan sobre charcos rojos,
se arrancan las lenguas de pura gula.
Arde nuestro jardín.
Los ángeles se aparean por turnos con el señor de las moscas,
ennegrecen sus alas,
llenan de sangre sus benditos, benditos, benditos globos oculares
-que tanta redención han visto-.
Arde nuestro jardín.
Y del fuego brotan flores envenenadas,
exhalan vapores mortuorios de sus coloridos genitales.
Arde, arde, arde…
Vendrá la era de las brasas, pronto,
y el silencio cósmico descenderá majestuoso sobre la llanura.
Las brasas traerán rocas,
las rocas traerán frío
oscuridad.
Y al fin, cuando nada quede sobre nada,
Se desvelará el secreto de la vida:
Lástima,
no estaremos allí para escucharlo.

Á.

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