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sábado, 10 de marzo de 2012

Querido Percy II:


... Y si las estrategias fallan, y si dejarnos la piel hecha jirones solamente nos hace quedarnos en carne viva, y si los idealismos, las teorías, las prácticas, las oraciones, los deseos, nuestro concepto de lo que debe ser la justicia (universal, humana, poética, kármica o divina) resulta equivocado. Los proverbios, las sentencias, las frases célebres de hombres y mujeres notables, resuenan como verdades incontestables porque provienen del otro lado, porque es la tumba fría su caja de resonancia, porque el rigor mortis acompaña a esas palabras como la herramienta más eficiente de la razón, un teatral gesto adusto y asertivo. A los muertos no se les puede rebatir, no van a contestar nunca. La sabiduría del más allá no sirve, se refiere a reglas que necesitan de la noche eterna para ser entendidas, y en este mundo sediento de Sol no hay lugar para el silencio de la virtud. Lo antiguo no es. Un día -o una noche- se agota el resuello, las fuerzas -al fin- flaquean, entre las grietas que el tiempo nos ha dejado en el pecho se escapan los últimos retazos de esperanza, en forma de volutas rojas que buscan el crepúsculo y se transforman en nubes, nubes que se irán tras el viento, porque así han de regresar los sentimientos a su cauce translúcido y natural, poco a poco y para siempre. Comprendemos que somos vainas vacías mirando al infinito, inexpresivas, esperando el final con angustia decreciente, lo que antes era miedo inflado por la pasión de vivir, o lucha ciega por la vida, acaba por ser una extrañamente dulce indiferencia, lo bueno del sufrimiento, de la decepción, de la derrota, es que nunca duran demasiado y siempre terminan igual, el fin de las incertidumbres y de las dudas siempre llega.

No se trata de olvidar los placeres que fueron, el sonido del trote de los caballos de la pasión sigue sonando en alguna parte, sólo que atenuado, el zarpazo del tigre de la lujuria dejó su hermosa cicatriz -aún visible-, el fantasma de las carcajadas nos acompaña hasta el final, el duende de la ebriedad es una travesura de infancia que recordamos con los ojos del niño que fuimos, la caricia del amor es una última vela encendida en la oscura y creciente inmensidad, el abrazo de la amistad nuestro último apoyo para no desmoronarnos, nada desaparece del todo, y sigue haciéndonos sonreír de forma imperceptible aunque estemos listos para abandonar en cuanto obtengamos el consentimiento de nuestras promesas -más fuertes que nosotros y a quienes obedeceremos sin rechistar-. Ese jardín de las delicias es, precisamente, la última razón para dejar de luchar, lo que nos hace entender la verdad: que todo lo maravilloso, a algunos, nos vino desde fuera, se lo debemos a los demás, en nuestro interior, solamente albergábamos una sombra mediocre incapaz de hacer que algunos de sus sueños se hicieran realidad, aún teniéndolos al alcance de la mano, en definitiva ¿qué es el sueño de una sombra sino una gran NADA?

George Nöel Byron

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