Páginas

lunes, 28 de noviembre de 2011

Levantando el sombrero XIII


A William Blake


"Sobre tu cuna pendía un árbol
del que brotaban ángeles cada primavera,
diste forma al fuego de la sabiduría
enterrando viva a la razón.

Demostraste que la poesía no puede medirse,
que el fuego no necesita al hombre para existir.
Revelaste que es la imaginación del profeta la que crea al dios,
y que la pereza copula con el miedo a morir
para infundirle vida.

Encadenaste dragones,
construiste un infierno alimentado por las brasas de la ciencia,
anunciaste el fin del absolutismo de los gigantes
y besaste en la frente a Prometeo.

Caminas todavía entre las estatuas de los santos,
te apareces en las pesadillas de aquellos
que barren con sus lenguas los pedestales
sobre los que descansan.

De nuevo el fuego fue arrebatado a las estrellas,
sin necesidad de construir alas de cera
ni de agazaparse en la oscuridad de la esperanza vacía.
Tú lo hiciste,
hipnotizando a la eternidad con filosofía,
destruyendo sofismas
ante los rostros horrorizados de los hombres
dando color a las llamas del abismo,
mostrando el camino secreto de regreso al edén
anclando al señor de los sistemas
a una roca solitaria hasta hacerle llorar y renegar de sí mismo.

Los ángeles caídos,
los poetas,
los fantasmas,
los soñadores,
cada ser que cierra los ojos en busca de la sublimación,
aquellos que abjuran de la inmovilidad y la ignorancia,
te saludan con un golpe de sombrero,
y te dan las gracias,
por el primer paso dado a ciegas de toda la historia."

Fantasmas
Editorial Endymion
Colección: Poesía, nº 307
Madrid 2010
9788477314967


El 28 de Noviembre de 1757 nacía William Blake, y la eternidad fue, es, y será su testigo.

viernes, 18 de noviembre de 2011

La sabiduría de los brujos VII



"Mi vida es mucho más hermosa cuando yo no estoy en ella"



"Lo que cansa 

                   es sólo tener que vérselas consigo mismo.
Lo que cansa
                   es ser para sí mismo como un saco, una piedra.
La plegaria de los cansados empieza así:
                   "Dios mío, libradme de mí."
Y esta plegaria, cuando es real,
                     se concede de inmediato."




"Una obsesión, una única obsesión, tenaz, terca, incansable, una obsesión profunda, insistente, incurable: con eso es con lo que se hace un escritor."


"Espero, he esperado toda mi vida. Esperaré toda mi vida. Soy incapaz de decir lo que espero de este modo. Ignoro lo que puede poner fin a una espera tan larga."


"Definitivamente no me gusta la cordura. Imita demasiado a la muerte. Prefiero la ocura - no la que se padece, sino con la que se baila."


Autorretrato con radiador.
Christian Bobin.

Árdora exprés. Madrid 2006
9788488020222

martes, 15 de noviembre de 2011

Teselas VIII




HIPOTERMIA A LÁPIZ.
         
Escucho girar la enorme rueda del destino
          -siempre que me siento en éste banco junto a la tapia del cementerio-
Y dejo salir mis propias voces, que zumban furiosas al aire libre.
La locura no es pasajera en este plano
                    La violencia es un acto de amor, un onanismo,
                              Descansa en una cesta de mimbre en mi regazo
Que    también     va     llena       de       tombeaus      valses      y       pavanas.
          
          Mi infancia ha perdido su sentido
                                                mientras esperaba el crepúsculo
Anochezco yo mismo con el día
                              sin posibilidad de amanecer  y conservar el mismo nombre.

A fuerza de cambiármelo, lo he perdido.
                    Soy un Fantoche sin apellidos que ensuciar.

                                        Queda la literatura como único jardín inocente
Y preveo que pronto será decapitado por los mismos que dicen defenderlo.

          ¿Sabré reconocer a la muerte cuando llegue?
No me quiero volver a perder por el camino,
la vida adopta formas muy extrañas y me quedo embobado mirándolas, cuando me doy cuenta, siempre, ha pasado una estación entera.
                              ¡Estoy cansado de perderme el invierno!
Al otro lado del muro, un ángel de tungsteno me devuelve la mirada,
leo insinuaciones sexuales en sus gestos,
caminos de perdición,
nada hay más satisfactorio que abrazar un objeto inanimado.
 No puede hacerte daño.
                                                                               No quiere hacerte daño.

Coléricos de envidia,
los demonios tallados en las tumbas vomitan agua y claman viento.
Desde el banco, junto a la tapia del cementerio,
la curvatura del planeta parece una sonrisa invertida,
solamente he de darme la vuelta y nos reiremos juntos,
Si no entiendo el motivo, será como siempre, reiré hueco.
                   
La química y el frío
saben escribir poesía mejor de lo que yo sabré hacerlo nunca.

Así que dejaré que la corriente siga su curso y no me interpondré.
Preveo que El PERRO escupirá su desgracia esta noche,
Cuando llegue el silencio,
Cuando cese el viento,

Cuando la lluvia se esconda entre los muertos.

Á.

Irredento
Álex POrtero Ortigosa
Editorial Endymion, 
2011 Madrid.
9788477315186


domingo, 13 de noviembre de 2011

Teselas VII




NEURO-GESTA

La música es vapor que se enrosca alrededor de su cuerpo
desde los pies hasta el cuello, hiedra, seda, sudor, un orgasmo
exógeno, un soplido caliente detrás de la oreja, una
serpiente de terciopelo que se arrastra por todo su sistema nervioso,
dos serpientes, tres, seis, doce, veinticuatro, larguedades infinitas
lamiendo imbricados caminos neurológicos, ramas y raíces
que amalgaman dolor y placer, el torrente sanguíneo se le ha convertido
en un alambique mágico del que brotan toda clase de drogas,
esencias, hilos de sexo… Como hiedra, cada nota una
extremidad vegetal que toma un miembro para sí, la bendición de
los ojos en blanco está a punto de ser repartida a diestro y siniestro.

Violencia
           Carcajada
                        Llanto
                                 Exhibición
                                               Vanidad
                                                           Descenso
                                                                         Entrega
                       
Hasta que…
Llega el paroxismo mudo, procesión hueca de todos los hombres
y todas las mujeres que guarda dentro, la revelación mistérica, la
maldita verdad que no quiere escuchar y que muere por gritar al
vacío… Aquella bruma viscosa con la que ha estado retozando en
el templo de la nada se transforma en letanía, toque de campanas,
eco alcohólico, cristal, ambigüedad, un rostro por cada tañido, recuerda
exactamente cada olor, cada terreno sobre el que ha cabalgado
como un jodido escita desbocado, un perverso santoral
nimba su figura, cuerpos desnudos, anudados, voces, gemidos, órdenes,
gritos, palabras como fresas salvajes, aliento a láudano,
mazmorras, paraísos, neones, maleza, pequeñas muertes... Es súcubo,
es íncubo, es una virgen, un torturador, un macho cabrío
descontrolado, un homenaje a Babilonia…
                                                                 Lentamente
                                                     Se apaga
                                         El sonido
                            Regresa
                 Sólido

Vuelve a ser carne y frío, imágenes dentro de un caleidoscopio
enloquecedor que se aloja en la trampa de su cerebro, lluvia en
las córneas, peso muerto bajo su ropa,
pasado, pasado, pasado, pasado.
Sólo DESEA dormir a buen recaudo,
AHORA
Solo
A buen recaudo.
dormir,
aquietar el corazón,
respirar aire templado,
limpiar EL espejo,
cambiarse por una versión inocente de sí mismo.


Á.


Irredento
Álex POrtero Ortigosa
Editorial Endymion, 
2011 Madrid.
9788477315186

Imagen: "Earthbound" (2009), Daria Endresen

jueves, 10 de noviembre de 2011

Levantando el sombrero XII


El diez de Noviembre de 1891 nació Athur Rimbaud y murió para siempre la prudencia.
Existe la poesía antes de él y la poesía después de él.
Un diablo adolescente que duerme en el horizonte, al que se oye canturrear y carcajearse vicioso cuando sopla el viento en Montmartre.
El Senna lo sabe.
Por los anti-versos, por perseguir al Sol,
Gracias maestro.

La misma noche levanta el sombrero en honor del más terrible de sus hijos.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Algo que declarar.



A menudo el mundo me hace temblar,
me aterra la frialdad,
las mentiras intencionadas,
la maldad sin matices,
la crueldad de la materia gris que cubre las calles,
la nada cotidiana,
el silencio ensordecedor de cada día,
mi propia imagen.

Miro a las nubes más a menudo de lo que debería
como si en su abismo blanco se encontraran las respuestas
a preguntas que aún no soy capaz de formular,
porque también me dan miedo.

Otra vez llega el Otoño a destiempo,
siempre me sorprende a medio vestir,
con la carne de gallina
no sé si por pudor,
por vergüenza,
o porque tengo frío.

Una conversación cara a cara que no termina
esa que nos coloca enfrente de nosotros mismos
tan cerca,
y tan claramente,
que vemos nuestros defectos por encima de cualquier otra impresión,
-porque sabemos donde mirar-.

Voy aprendiendo mi propio idioma,
aunque aún no soy capaz
de entender perfectamente lo que quiero decirme,
-irónico tratándose de alguien que podría rivalizar con Champollion-.
Quizás esa es la clave,
aprendí una ingente cantidad de lenguas muertas
porque mi capacidad para expresarme también lo está,
o yo mismo,
y aún no soy consciente.

Esta noche, decido firmemente y por poeta,
entregar mi vida a las emociones,
sabiendo de antemano
que caminaré de tormenta en tormenta,
y que desde fuera pareceré un muñeco errático, patético, ridículo,
lástima que la piel sea opaca,
y que las palabras,
de este y otros tiempos,
sean incapaces de reflejar precisamente mi poesía.

Á.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Teselas VI



Jamás volveré a aceptar la palabra de nadie como garantía de nada.
Aunque posiblemente, en los días que me restan en este mundo, nadie se verá en la obligación, la necesidad, o la situación de tener que dármela.
En este momento y lugar, quien necesita algo de mí, simplemente lo toma sin hacer preguntas ni pedir consentimiento.
Sin pedir absolutamente nada.
Los días han pasado lentos desde aquel amanecer en el que el cielo, tan frío y aplomado como la bóveda de una cueva milenaria, presagiaba malos vientos.
Tan oscuro.
Amanecer oscuro, un auténtico milagro obrado por algún dios esquizofrénico.
Amanecer oscuro en el que aún vivo.
Hace años que no anochece a mi alrededor.
Me mantengo suspendida en un día sin fin, atrapada por esa sensación de indefensión que se experimenta esas mañanas en las que no puedes levantarte del lecho, porque fuera hace frío, y las sábanas se transforman en los brazos confortables de un gigante bondadoso y paternal. Yo, inexisto desnuda y fuera del lecho, a merced de la mañana y del frío.
En ocasiones, mientras mis dueños vacían sus frustraciones dentro de mi vientre o de mi boca, alcanzo un confortable estado de duermevela pasajero, y mi mente, ayudada por la cadencia intermitente de lo grotesco, asciende por encima de la carne y regresa a las colinas, vuelve a jugar con la nieve que blanquea la tierra que me vio nacer como si nunca hubiera amanecido.
Cuando la cadencia aumenta de ritmo y de potencia, el vuelo se hace insostenible y el dolor o la náusea emploman mi vestimenta espiritual hasta hacer que me despeñe velozmente y aterrice en un pantano blancuzco y ardiente.
Me asusta morir.
Me aterra seguir viva.
Si creyera en dios no sabría que pedirle.
Si venganza o descanso.
Si paz o muerte.
Al principio distinguía a todos y cada uno de mis dueños. Por sus excesos, por sus debilidades, por sus hedores, sus voces ó sus jadeos.
Ahora no soy capaz de distinguir que parte de mí es la que se mantiene despierta o dormida, viva o muerta.
Me pregunto cual fue la marca que me trajo hasta aquí.
Por qué a otras u otros de mis hermanos se les bendijo con una muerte rápida o con la paz de la prisión.
Ojalá los muros que me custodiaran fueran de piedra y las cadenas de hierro frío y áspero.
La carne es más dolorosa y menos piadosa.
Más real.
Real.
Les he oído, al otro lado de la puerta, mientras vuelven a vestirse, hablar de sus mujeres e hijas.
Con amor.
Amor.
Y me he preguntado cual es mi diferencia.
Ellos tienen la fuerza, el poder, y sus actos no parecen inquietar a los poderes celestiales.
Luego no es necesaria expiación por su parte.
Tienen derecho.
Derecho sobre nosotros.
Sobre mí.
Encima de mí.

Quizás sea el color de mi pelo y el rubor de mis mejillas.
En mi hogar de las montañas todas las muchachas nos parecemos, como si la misma madre primordial nos hubiera dado su sangre y nos pidiera que jamás olvidáramos cual es nuestro origen y nuestra verdad.
Renegaría incontables veces de esa verdad si pudiera cambiar las cosas.
Arrancaría mi cabello si fuera capaz de soportar el dolor.
Dejaría que el sol, que extiende su tiranía en este lugar de forma incontestable, abrasara mi carne hasta que hiciera desaparecer el alba de mi piel, la que tanto les gusta y a la que tan violentamente acarician.
Si fuera capaz de soportar el dolor.
Si fuera capaz de moverme sin pedir la gracia del movimiento.
Yo sólo obedezco.
Porque ya no soy.
[...]

La esclava-4º capítulo.
Música Silenciosa
Ed Endymion
Colección narratina, nº 69
9788477314684

martes, 1 de noviembre de 2011

La sabiduría de los brujos VI





"Me levanté de la cama y corrí al espejo de encima del lavabo porque los ojos se me habían inundado de lágrimas y quería verme llorar. Sabía que también Baudelaire solía hacerlo. Me vi pequeño, moreno, con la cara delgada y sin pizca de espiritualidad en la mirada. Empañé mi imagen con el aliento y escribí sobre el espejo, con el dedo, tal y como escribía cada día, como en un diario sin memoria: DESAPARECE."


"Mi desesperanza se volvía tan inmensa mientras me adentraba por las calles vacías, mientras atravesaba aquellos solares espectrales, salpicados aquí y allá con carcasas de cocinas arrojadas sobre montones de basura, que habría querido dejarme caer lentamente en el suelo, al pie de una pared ciega impreganda de alquitrán y ennegrecida por chorretones de orina, acostarme de lado y pudrirme allí, con una sonrisa irónica, deshacerme y volverme tierra, trapos apestosos y huesos amarillos, rotos... Solo los versos que repetía mentalmente me protegían, me insuflaban valor y me hacían soñar con esas horas en que, en otra soledad, bajo el negro Sol de la inspiración, pagaría mi billete, rescataría mi vida transformándola en un libro."


"Permanecí unos instantes con la mirada perdida y, de repente, el sufrimieno, el sufrimiento sin límites de mi vida reventó como un absceso y me eché a llorar desconsoladamente, con el libro abierto pegado a mis mejillas, humedeciéndolo con mis lágrimas y mi saliva, desesperado como no volvería a estar en toda mi vida, como solo puedes estarlo en la atroz adolescencia."



Lulu
Mircea Cartarescu
Ed. Impedimenta.
978841513092