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lunes, 26 de septiembre de 2011

Teselas III



Profeta

-I-

Espectros con repugnantes barbas de cartón
habitan el campo de batalla de la ciudad.
Guerreros ciegos guiados por un estandarte alcohólico,
[hediondo,
libran batallas traidoras contra el aire,
se dejan la vida olvidada al pie de las farolas
creyendo que son jaulas que guardan fuegos fatuos.
Pequeños templetes de la obscenidad.

-II-

Soy el bardo de la perdición,
el maldito trovador de horrible rostro y voz metálica
que aúlla bajo las ventanas de los prostíbulos,
creyendo que el amor cortés aún es posible,
aunque los protagonistas de mis baladas
sean seres grotescos.
Trato de encontrar la belleza bajo las costras,
el orgasmo que habita en el interior
de cada muestra extrema de dolor.

-III-

Cuando todas las luces se apagan,
al echarse a dormir los perdedores,
una sombra cojitranca deambula por las calles desiertas,
susurra canciones sin sentido en lenguas macabras,
las acompaña tañendo una lira
armada con restos de jeringuillas.
Escuchad, niños, el sonido de la corrupción humana,
montañas de tuétanos que se retuercen de asco,
vísceras hinchadas, acomodadas ya al sepulcro-sillón
gritando a coro su vergüenza.

-IV-

Seguiré entonando pesadillas
con la mayor inquina que pueda
Hasta que pidáis clemencia de rodillas,
y asustados de vosotros mismos,
abandonéis esta tierra miserable.


Irredento
Álex POrtero Ortigosa
Editorial Endymion, 
2011 Madrid.
9788477315186

domingo, 25 de septiembre de 2011

Levantando el sombrero IX



El 25 de Septiembre de 1897 bendecido por el ruido y la furia de las aguas del Mississippi vino al mundo William Faulkner. Una voz implacable, sureña, castigada por el sol, tortuosa como el curso del río que le vio nacer. Sus novelas reinventaron el tiempo convirtiéndolo en una figura literaria, casi en un personaje.
Libros que respiran, historias que laten, contradictorias, sembradas de falsos recuerdos, puntos de vista múltiples, furia contenida y desatada, pasión insatisfecha, dolor, remordimientos... En los altares de Woolf, Joyce y Proust purificó su talento y consiguió hacer de su literatura -golpe a golpe- un ente vivo, humano.
Todos los que llegaron después se rindieron a su magisterio, algo de Faulkner habita en todos y cada uno de los cuentos que se han escrito desde que se marchó.

Esta noche, buscamos el perfil de Yoknapatawpha en el horizonte, y levantamos el sombrero a la manera de los caballeros del sur.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Sin techo.


Los únicos argumentos que encuentra para quedarse son los que le ofrece el espíritu de la escalera cuando conversan de madrugada, y cada noche le cuesta más escuchar su voz, reconocerle entre la nebulosa de sonidos que habitan su cabeza. Es una voz lejana ya casi irreconocible.
Tiene miedo de seguir perdiendo solidez noche tras noche, de ser un fantasma en vida, un arpa tendinosa mal afinada, sin intérprete. Camina durante horas, sin destino fijo, para convencer a su cuerpo de que debe seguir moviéndose, aunque este le pida una tregua, tenderse boca arriba sobre la hierba, mirar a las estrellas y dormirse en plena calle. Aún así camina, arrastra los hilos de vida que le quedan por las esquinas, silba para tener algo que escuchar, un paso más, un poco más, como un autómata estropeado cuya cuerda parece interminable -solamente lo parece-. Agradece el frío cuando llega el invierno, algo en él le da sensación de realidad, duele, luego existe. En cambio el calor le obliga a mirar al suelo mientras deambula, le administra el sopor lentamente, lo que le acerca al sueño, algo parecido a rendirse definitivamente. Le asusta el estío en la calle.

Hace tiempo que no está, pero permanece. Ejecuta una coreografía aprendida mucho tiempo atrás, de memoria, no entiende su significado, o no lo recuerda, si es el protagonista de la misma o parte del coro ya no le importa, algo le impulsa a seguir escenificando esa pantomima, esa burla al movimiento, ese insulto grosero y brusco a la armonía.

Volverá a amanecerle encima, muchas veces, será sorprendido por la vida continuamente, aunque no pueda participar de ella está condenado a observarla, ya no es capaz de distinguir el desdén, la repugnancia o la conmiseración en los rostros de los viandantes, son máscaras teatrales, dramáticas pero sin vida debajo, al menos tal y como le dicta su percepción de las cosas, de alguna manera admite que ya no habitan el mismo plano, si quisieran llegar hasta él, ayudarle o destruirle, no podrían, algo se interpone entre ellos y él, una barrera insuperable, así como los vivos no podrán jamás comunicarse con los muertos, cualquier intento de alcanzarle física o emocionalmente sería un susurro en medio de una tempestad, nada.

Bebe con la esperanza de reencontrar el lenguaje perdido, cuando parece a punto de conseguirlo llega el entumecimiento, los párpados de metal y -tras una breve inmersión en el Leteo- regresa aún más confundido, como un niño desnudo abandonado entre las ruinas de una ciudad muerta.

domingo, 18 de septiembre de 2011

De oscuro en oscuro.



Abriste los ojos - veo a mi oscuridad vivir.
La veo hasta el fondo:
también allí es mía y vive.

¿Se traslada? ¿y al hacerlo despierta?
¿Cúya es la luz que mis talones pisan
para que surja un barquero?


Paul Celan (1920 - 1970)

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Teselas II

Cantar de gesta


De mi cuero cabelludo brotan amapolas rojas cada noche
en cuyos pétalos están escritos los poemas que cuentan mi vida.
Son difíciles de leer porque están descolocados,
y porque los cantares de gesta que acaban mal
no interesan a los lectores.

Las hazañas que he protagonizado
siempre tuvieron lugar mientras todos dormían,
y mis triunfos llegaron gracias a la ausencia de rivales dignos.

A veces,
sólo a veces y siempre de noche,
encuentro el valor para arrancarme la coraza de piel falsa,
y me enfrento a mil pruebas heroicas,
una por cada estrella,
dos por cada neón que parpadea.

Nadie me reconoce sin piel
por eso no hay bardos que canten mi historia,
la escribo yo mismo antes de que claree,
en papel quemado,
con tinta de morfina transparente,
y cuando tengo la canción compuesta
me la trago entera sin masticar.

Debéis saber que una vez
doblegué a un titán de cuero con mis propios brazos
y le hice pedir clemencia a golpe de látigo,
no se la concedí.

También, hace tiempo, seduje a una corte de serafines,
les emborraché de sudor,
les obligué a cantar canciones procaces
y a quemar sus liras,
Le arranqué las alas a uno de ellos y me las quedé de recuerdo,
rellené mi almohada con sus plumas
para asegurarme sueños en los que vuelo.

Hace tiempo...

Cada mañana contemplo las heridas
que me dejan las flores que mueren sobre mi frente cada noche,
contemplo como mi rostro se vuelve grotesco y macilento.

Nunca pensé que las amapolas fuesen unos seres tan vengativos,
ni que los ángeles echaran mal de ojo a sus amantes.

Á.



Fantasmas
Editorial Endymion
Colección: Poesía, nº 307
Madrid 2010
9788477314967

martes, 13 de septiembre de 2011

Cuestión de tiempo.


El tiempo, una figura que siempre nos precede y a la que nos empeñamos en dar alcance sin conseguirlo.
Apenas vemos el final de su capa cuando dobla una esquina ante nosotros, jamás el rostro.
Únicamente llegamos a tocarlo al final de nuestros días, en ese instante último se da la vuelta y nos mira a los ojos, nos aterra con su mirada eterna, es entonces cuando entendemos que hubiéramos debido huir de él en lugar de perseguirlo, aprendemos tarde esa lección, porque nos da caza fácilmente, nos abraza, y jamás vuelve a soltarnos.

Á.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Levantando el sombrero VIII

La historia de la literatura moderna descansa sobre él, la antigua, encuentra su expresión más perfecta entre sus libros. Al mismo tiempo cimientos y altas torres.
Leon Tolstoi, nació un nueve de Septiembre de 1928 en Yasnaya Poliana, y no morirá jamás.
Quienes escribimos lo hacemos bajo su poderosa sombra, tranquilos, con el descanso que supone la certeza de saber que las más perfectas páginas de la literatura universal ya están escritas. 

Esta noche, levanto el sombrero hasta las estrellas, inmortales como él.

Á

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Teselas I



"[...]Me gustaría poder recordar la brillantez de nuestras estrategias, o la de nuestros enemigos (esos a los que jamás había visto y a los que no creo que vuelva a ver).
Ni siquiera puedo evocar de que color era el cielo en aquel momento.
Si hacia frío o calor.

Nada excepto el olor de los muertos.
Hombres y mujeres.

Ninguna verdad me fue revelada después de la masacre, ni vi en los ojos de los demás un ápice de paz.
Nada.
Eso es lo que vi.
Absolutamente nada.

Cuando regresé a casa y me reuní con los míos sentí su calor como un latigazo, y me pregunté como se abraza a un muerto, que es lo que siente este bajo tierra cuando escucha a sus hermanos y hermanas llorar por él.
Si encuentra consuelo.
Desde entonces no he vuelto a reconocer lo que era el amor físico.
Ni he sabido fingirlo.

No existe redención tras la batalla. Porque en medio de ese infierno no eres dueño de tus actos, y mientes si dices que lo haces por devoción, o por fe, o por amor...
Es mentira.
Mentira.
Peleas porque el instinto animal se apodera de ti, para ahuyentar el miedo, por puro egoísmo vital exento de gloria, de trascendencia o de honor.
Y si pudieras elegir te marcharías de allí antes de que todo se desatara, una vez dentro ya no puedes.

No eres libre.

Eres esclavo de aquello que en el fondo nos une y que constituye el principal motivo por el que nos destruimos los unos a los otros como lobos enloquecidos y hambrientos:
El espíritu de la cueva.
El hombre primitivo, el devorador egoísta al que no nos atrevemos a enfrentarnos individualmente.[...]"

Fragmento de "El soldado", quinto capítulo de la novela Música Silenciosa, 
Álex Portero Ortigosa.
Endymion, Madrid 2008.

martes, 6 de septiembre de 2011

La sabiduría de los brujos II

"El viento de la mañana sopla siempre. El poema del mundo no se interrumpe, pero pocos son los oídos que lo oyen. Siempre suena esa cuerda del arpa que calma al cerbero y me llama de vuelta a la vida. 
El Olimpo es el exterior de la tierra en cualquier parte"



Henry David Throreau (30 de Mayo de 1853)

domingo, 4 de septiembre de 2011

Respuesta al manuscrito de P.B. Shelley


Querido Percy:

Largamente he esperado disuelto en las tinieblas escuchar de nuevo tu voz, pues solamente los poetas pueden conjurar a las sombras con su pluma, y así, con un golpe de viento poético me encuentro despierto y frío, libre por un momento del silencio eterno que inhabito, expulsado de las aguas del Aqueronte siguiendo –como siempre- tus palabras, así como los niños entregaron su vida al flautista.

Nunca creí en tu adiós, siempre fuiste demasiado político como para entregarte a las aguas sin discutir antes con ellas los pormenores de semejante transacción, de haber sido engullido por las corrientes que bañaban Lerici , apuesto las cenizas de honor que puedan quedarme a que hubieras organizado la primera protesta pública de las criaturas marinas contra la tiranía de las mareas, el mismísimo Poseidón se hubiera visto destronado y expulsado a tierra seca, y en su lugar, un gobierno democrático elegido por tritones y sirenas, por serpientes marinas y cangrejos, por algas y pececillos de colores gobernaría las profundidades.
Ni siquiera cuando vi con mis propios ojos arder tu familiar perfil en aquella solitaria playa de Viareggio creí que te hubieras ido para siempre.
Aquí estamos, ciento ochenta y nueve años después, hermano mío, conversando, quizás por última vez, demostrando quién de los dos príncipes de los poetas (¿verdaderamente llegaron a llamarnos así en tus odiados periódicos?) ha alcanzado auténticamente la inmortalidad. Sé, pues el eco habita en la oscuridad, que solamente queda el viento que dejé detrás, que nadie recuerda ya mi poesía, que mis héroes oscuros han sido pasto de las llamas de la eternidad, y que solamente resuena mi nombre como símbolo de locura y ardor, de romanticismo y pasión irrefrenable, admitamos, amigo mío, que soy el títere del infierno en la tierra, un polichinela cuyos hilos son movidos por los bajos instintos y el fuego eterno, nada más, apenas cuatro lunáticos son capaces de recitar en voz alta y de memoria alguno de los versos que con tanto amor escribí.

En cambio tú, mi Ariel, supiste como encerrar a las musas en bolas de cristal –maldito seas-, siempre fui más rápido que tú –aun blandiendo mi deforme pierna contra el horizonte. Apolo en el rostro y Pan en las piernas, eso escribió el bastardo de Trelawny tras curiosear mi cuerpo muerto, creo que fue la única verdad que dijo en toda su vida, al menos la única con la que puedo estar de acuerdo-, pero tú siempre fuiste más sutil e inteligente, mientras yo consumía mi estrella a toda velocidad y me procuraba un brillo cegador en vida, escapabas de la carne ayudado por el Mar -¿cómo diablos convencerías a las aguas jodido encantador de serpientes dormidas?-, llevando en tu equipaje a la eternidad en forma de mujer, de mujeres. ¿Realmente las musas te aman hermano, las amas tú? ¿A qué clase de esclavitud las sometes, o eres tú su servidor? Nadie regala poesía, admito que además de sutil e inteligente también la constancia se contaba entre tus bendiciones, si yo hubiera sabido atraparlas, ¡ah! ¡Hubiéramos muerto los tres ahogados en vino y sábanas!, una vez más el Lord Diablo habría perpetrado un crimen imperdonable: la muerte de placer de dos musas y la suya propia, ebrio y pecador hasta el fin de los tiempos. 
Agradece al cielo que no les echara el guante yo primero.
No las dejes marchar hermano mío, no las dejes marchar jamás, pues se irían a otras laderas menos adecuadas y quien sabe a qué petimetre podrían entregarse, son caprichosas y juguetonas, hijas de la luna, cambiantes, hechiceras, mentirosas. Bajo tu sombra, en su encierro de cristal prestan mejor servicio.

Quiero imaginarnos por última vez hermano frente a la chimenea de Villa Diodati, recordarnos, jóvenes y hermosos, hechizados por la magia de aquel verano del dieciséis, ¿sigue significando lo mismo para ti? ¿O la vida eterna te arrebata los sentimientos y la nostalgia? Tu letra recuperó la tormenta gracias a nuestras correrías nocturnas, no lo niegues, borracho y excitado como un fauno os devolví las carcajadas, el llanto, desboqué vuestros corazones, ¡¡juntos y desnudos reescribimos la historia!!...

La noche gira, el viento ha cambiado y me siento desvanecer, me hago girones, el infierno hace sonar su cítara y me reclama. No albergues jamás duda de que, Byron, tu Byron, sonríe desde su encierro y su tiniebla por tu vida y tu literatura imperecedera, que gustoso habita el olvido sabiendo que al menos, uno de los dos, continúa iluminando al mundo con su fuego y escandalizando a las jerarquías con su audacia y su risa diabólica.
Feliz eternidad mi buen amigo.
Tu seguro servidor.

Byron.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Cuenta atrás...

En pocos días estará disponible en su librería más cercana la última novela de mi amigo y admirado escritor José Ángel Barrueco, "Vivir y morir en Lavapiés" editorial Escalera.
Así que hagan el favor de atender este aviso y consigan un ejemplar tan pronto como sea posible, les doy mi palabra de que si JAB mantiene (como mínimo) la calidad y la personalidad de su trayectoria pasada y presente, no se arrepentirán.

Á.


jueves, 1 de septiembre de 2011

El cuento de la pelea de perros.


Dos escritores muy famosos.
Dos chihuahuas (que creen ser pit-bulls) peleando por un trozo enorme de carne.
Dos premios Nobel.
Uno, el que tiene más dientes, empezó su carrera imitando al otro, algo más viejo (que a su vez copiaba casi todo a escritores desconocidos de países lejanos).
Después, el de los dientes supernumerarios dejó de imitar al viejo y se imitó a sí mismo, descubrió los espejos (fieles compañeros todavía).
El viejo, se obsesionó por la cara interna de los muslos de las mujeres -lo cual es perdonable e incluso comprensible-, y desarrolló una extraña parafilia por el sudor humano -esto, por insistencia, sí que resulta algo grotesco, sobre todo por escrito-.
También pasó de la sintaxis.
Hartos de disputar el mismo botín se liaron a palos el uno contra el otro.
Ganó el más joven, pero al viejo le dieron el Nobel.
Superada la sintaxis, el chihuahua número uno comenzó a olvidar también la gramática, nada que la medalla de su majestad no justifique.
El dentudo invirtió su dinero en buenos trajes.
El viejo hizo lo mismo pero con peor gusto.
Uno viste seda y paño, el otro lino y algodón.
Uno levanta el puño, el otro -por llevar la contraria- gusta de extender el brazo y abrazar militares y curas.
Como no le daban el premio, nuestro chihuahua número dos, dejó de imitarse a sí mismo y comenzó a leer diarios ajenos (una costumbre muy, pero que muy fea), transcribirlos con un par de verbos más, hacerles la permanente y esperar.
Y consiguió conocer al rey de Suecia, dicen que pasa las noches puliendo la medalla con un paño de seda.
Me pregunto que habría sido de la literatura en español de la segunda mitad del siglo XX si, en lugar de pasarse cincuenta años midiéndose los penes en público, este par de perrillos chicos acomplejados se hubieran dedicado a escribir con el corazón.

Á.