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miércoles, 31 de agosto de 2011

La sabiduría de los brujos I





" Era un lector incondicional que siempre estaba de acuerdo con todo y con todos. No tenía sentido crítico o prescindía de él momentáneamente, y aún creo que debe ser así en el lector joven, pues la admiración enriquece mucho más que la reticencia, y sólo el que ha admirado mucho, el que lo ha admirado todo, lo bueno y lo malo, lo favorable y lo adverso, se encuentra más tarde en posesión de tesoros que ya irá depurando. El solo hecho de escribir en un periódico me parecía absolutamente mágico, como me lo sigue pareciendo, y no comprendía a algunos de aquellos genios del Círculo Académico que todo lo leían con reticencia y crítica, y que por lo tanto se estaba preparando para ser unos estreñidos literarios, unos descontentos, unos resentidos. A mí me valía todo"


Las Ninfas (Barcelona 1975), Francisco Umbral.



martes, 30 de agosto de 2011

Levantando el sombrero VII


Nadie supo hacer brotar flores más bellas y seductoras que Charles Baudelaire, un pie en el averno, otro camino de las estrellas.
Atisbamos entre nubes de opio su impecable figura, vestido de negro, cabello largo, olor a absentha. Nos mira ardiente desde un pasado dulce y remoto, en el que las calles de París competían contra el jardín de las delicias ofreciendo jóvenes pecados, sonrisas ensoñadas, tactos cálidos, sabiduría de brujas bajo farolas románticas que iluminaban una vida mejor...
Tejió un lenguaje nuevo y antiguo con el que cambiaría para siempre el matrimonio entre el delirio y la razón, nos devolvió el Mithos -que nunca debimos perder-, tendiendo al Logos en un diván, vistiéndole de concubina, regalándole joyas y haciéndole el amor.

Apolo con cornamenta de Dionisos.

Dejó una estrella polar en cada verso, que depende como uno la interprete, conduce al abismo o al corazón.
Esta noche hace 144 años que se sumió en el silencio más elocuente de toda la historia.

Y yo, levanto mi sombrero agradecido por su legado.

Á.

lunes, 29 de agosto de 2011

Olya


Olya siempre tiene frío,
de noche
cuando se queda ensimismada mirando el tráfico de la ciudad,
le parece que las luces de los coches tienen forma de signo de interrogación,
empieza a olvidar como llega cada atardecer
a esa sucia calle con nombre de decepción amorosa,
y eso le aterra,
a estas alturas es lo único que le da miedo,
olvidarlo todo y perder su sombra.

La niña Olya era una flor rara de los Urales,
hermosa, cantarina, ruidosa,
de pequeña no necesitaba motivos para ponerse a bailar,
ni siquiera música.
La voz de babushka se hace girones cuánticos a su alrededor,
casi no puede evocarla ya,
ya casi no le arropa...
¡Matrioska maia! (dice el viento)

Olya está en un portal, de rodillas, con los ojos cerrados,
ya no ríe, ni baila,
cada vez le cuesta más remontar el vuelo,
la carne podrida que se le mete en la boca se vuelve más pesada,
una noche tras otra,
una tras otra,
dentro de poco no podrá irse de allí cuando esté ocurriendo
a bailar con sus hermanas en las heladas playas del mar de Kara,
en su recuerdo tan cálidas...

Los días de Olya son crepúsculos falsificados con heroína,
bofetadas y carcajadas que construyen un dosel de plomo
que aparta a la dulce Olyina del firmamento.
Las noches son amaneceres de neón,
latigazos de maldad precisamente dosificados,
Olya, princesa de las montañas enterrada en asfalto.

No espera nada que no sea la nada,
a veces unos ojos la miran fijamente desde el otro lado de la calle,
algunos son tiernos,
otros parecen tristes, como los de su Otet
y por un momento, por un leve y líquido momento,
cuando otros corazones miran fijamente al suyo y no quieren nada a cambio
ruidos y risas se desperezan en su pecho,
se siente amada e inocente,
libre,
hay quien la ha visto sonreír como una loca mirando al infinito
(ella sabe por qué).

Los hombres vidriosos siempre regresan,
siempre,
con su fanfarria de olores ácidos y su boca maligna,
Olya regresa al suelo y desde allí trata de salir volando, lejos, lejos...

La mañana en la que Olya volvió a su casa junto al Mar
lucía un sol radiante,
casi ni se dio cuenta de que se marchaba,
un pequeño descuido con las medidas,
una mala noche del terrible alquimista,
y calor,
calor maravilloso desperdigándose por sus venas llevándola al sueño,
música esteparia dentro de ella,
bailes infantiles,
juegos en lengua materna,
remontar el vuelo y ascender para siempre.


domingo, 28 de agosto de 2011

Levantando el sombrero VI



El 28 de Agosto de 1749 nació Johan Wolfgang Von Goëthe, en Francfort del Meno, Alemania. Y nada de lo que yo pueda expresar por escrito puede hacer justicia a su figura, a su influencia sobre la cultura mundial, y desde luego, al significado que ha tenido, tiene y tendrá su magisterio en mi vida personal.

Con él paseamos descalzos e inocentes entre las nubes, ascendimos al monte Bröcken confundidos -transformados en volutas- entre los gritos de las brujas, dimos la mano al diablo en busca del conocimiento supremo y tan solo atisbamos el principio del universo. Si la humanidad deambula perdida por un  inmenso páramo oscuro desde la noche de los tiempos, Goëthe -con su literatura- fue un relámpago que, por unos breves instantes, lo iluminó todo.
Aún seguimos tanteando a ciegas, buscando restos de su imponente luz.
Él fue el moderno Lucifer, el segundo Prometeo.

Mi sombrero siempre está levantado en su honor y mi pluma es espada afilada para defender su legado.

" Si la mañana no nos desvela para nueva alegrías, y si por la noche, no nos queda ninguna esperanza, ¿es que vale la pena vestirse y desnudarse? "

domingo, 21 de agosto de 2011

Levantando el sombrero V


El 21 de Agosto de 1862, nació el Capitán Emilio Salgari, hijo del Mar.
Tantas horas con olor a salitre hemos surcado los siete mares sin movernos de casa a bordo de sus inolvidables veleros de papel...
Un corsario de las letras, oscuro y salvaje, que jamás se doblegó, que se marchó de este mundo con el gesto más honorable de la historia de la literatura. Aún resuena su rugido de tigre bengalí cuando las olas estallan contra las rocas del Mediterráneo...
Esta noche de tormenta levanto mi sombrero en su honor, ojalá en el otro lado haya encontrado aguas tranquilas mi capitán.

Antes de abrirse el vientre según el rito japonés del seppuku dejó estas palabras a sus editores:

"A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una semimiseria o aún peor, sólo os pido, en compensación por las ganancias que os he proporcionado. Os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma.
Emilio Salgari"

jueves, 18 de agosto de 2011

El traje nuevo del emperador.


El emperador del cuento, al escuchar las risotadas del gentío que se burlaba de él al pasar, también se dio cuenta en ese momento de que iba desnudo, cayó de bruces contra el áspero suelo de la realidad y todo se vino abajo en un instante, como un castillo de naipes, no tanto por mostrar su cuerpo fofo y viejo a la muchedumbre, pues la vejez enseña a aceptar la decadencia personal y a un anciano no se le exige ya pureza de formas. El auténtico dolor provenía de ser consciente, en ese preciso momento, de que nadie confiaba en él, nadie le había dicho la verdad, unos le habían adulado para obtener prebendas reales, otros por simple mezquindad, y todos para reírse de su estupidez y su ceguera.
Y tuvo frío, mucho frío.
Y supo, atrapado en un círculo infinito de carcajadas afiladas, que estaba solo, completamente solo.

Á.

martes, 16 de agosto de 2011

Paseo Marino (Max Blecher)


La sangre del mar circula roja por los corales
El corazón profundo del agua me zumba en los oídos
Estoy en el fondo del cielo de las olas
En el sótano de las aguas profundas
A la luz muerta del fúnebre cristal
Peces menudos como juguetes de platino
Recorren mi pelo que ondea
Peces grandes como jaurías de perros
Sorben con rapidez las aguas.
Estoy solo
Levanto el brazo y compruebo su peso líquido
Pienso en una rueda dentada, en una palmera
En vano intento silbar
Es como si atravesara la masa de una melancolía
Y diríase que siempre ha sido así
A medias hermoso y a medias triste.





Max Blecher (1909 - 1938)

lunes, 15 de agosto de 2011

Tristeza (José Luis Hidalgo)






Todas las cosas son las mismas
que ayer estaban en mi orilla:
tierra inmutable y poderosa,
cielo sereno y hondo arriba,
piedras heladas donde el tiempo
pasa lejano y nunca mira...
Solo las nubes y las rosas
cada mañana son distintas,
como el misterio de mi carne,
por una sangre enrojecida,
donde las luces de la aurora
rompen sus ondas cada día
y en sus espumas me arrebatan
flores ocultas de ceniza...

Pido las cosas que no tengo,
algo que quise y no quería,
un amor vago... Pero pasan
todas las cosas, alma mía,
como las nubes y las rosas
pasan, pasan... Yo no sabía
que allá en tu fondo me brotaba
una tristeza sin medida,
porque las cosas que yo quise
cada mañana son distintas:
nubes y rosas, amor vago,
y esta tristeza que no es mía...




                                     José Luis Hidalgo (1919-1947)

sábado, 13 de agosto de 2011

Infancia



Cuando era pequeño,
llevaba un parche en el ojo derecho para tratar el estrabismo,
era incómodo, feo,
hacía que me golpeara continuamente contra las columnas,
las paredes,
los marcos de las puertas,
las farolas.
Me acostumbré a observar el mundo a través de un agujero en el muro,
como quien mira un jardín que le está vedado de por vida.

También era tartamudo,
sobre todo me atascaba con las palabras que empezaban por una vocal,
como mi nombre,
no me gustaba que me lo preguntaran,
ridícula manía de preguntar el nombre y la edad a los niños.

Tenía los pies planos, me caía continuamente,
no sabía jugar a casi nada,
así que odio trabajar en equipo,
y la mayoría de las cosas que me hacen feliz
se hacen a solas.
Leer, escribir, caminar...

Imaginad a un niño que reúna todas esas características,
se convierte en el saco de arena del resto,
el mundo es así, siempre ha sido así.
Eso era el colegio,
el barrio,
la infancia.
Las niñas me trataban bien, no se reían,
eran dulces y buenas.
Y los libros, siempre los libros...

Crecí,
poco a poco esos problemas fueron solucionándose,
médicos, voluntad, disciplina
y la inquebrantable fe de mi madre,
sus cuidados.
Me hice muy fuerte, muy hábil,
incluso hay quien me cree atractivo,
tengo buena conversación,
recito poesía en público
(y no me atasco con las vocales).
Escribo libros,
y hasta he llegado a doctorarme.

Pero a veces,
algunas veces,
la vida se transforma en un monstruo aterrador,
y da tanto miedo,
que me siento decrecer, debilitarme,
ni siquiera veo bien,
no me salen las palabras,
me asfixio,
tiemblo.

En ocasiones,
me veo a mí mismo enfrentándome al futuro
como un niño estrábico, torpe y tartamudo.
Que no tiene donde esconderse.

lunes, 8 de agosto de 2011

Levantando el sombrero IV

En todos y cada uno de nosotros habitan demonios, nos susurran al oído cuando estamos a solas, iluminan los abismos que albergamos en nuestra mente con leves chisporroteos.
Todos nuestros miedos, todas las pesadillas que nos visitan cuando no podemos defendernos, las tinieblas que tarde o temprano acabamos saboreando conforman un paisaje desolado y aterrador, esos diablos de la conciencia lo conocen al dedillo y esperan pacientemente a que llegue el momento de conducirnos a través de él, no tienen prisa, saben que el tiempo está de su lado, simplemente sucederá.

El 9 de Agosto de 1871, en Oryol, perdido en la helada planicie rusa, nacía Leonid Andreyev, un escritor capaz de escuchar con nitidez las palabras envenenadas de sus demonios íntimos y de los ajenos y, heroicamente, de reunir el valor para contarlo. Sus libros flotan en precario equilibrio sobre una cuchilla suspendida en ninguna parte.
Descendió al abismo con su literatura y fue devorado, nosotros tratamos de seguirle palmoteando torpemente el aire en la oscuridad.


domingo, 7 de agosto de 2011

No era la muerte, pues yo estaba de pie

No era la Muerte, pues yo estaba de pie
Y todos los muertos están acostados,
No era de noche, pues todas las campanas
lanzaban sus lenguas al mediodía.
No era escarcha, pues en mi piel
Sentí sirocos reptar,
Ni había fuego, pues mis pies de mármol
Podían helar un santuario.
Y, sin embargo, tenía el sabor, de todos ellos,
Las figuras que he visto
Ordenadas para un entierro
me recordaban el mío.
Como si mi vida fuera recortada
Y calzada en un marco
Y no pudiera respirar sin una llave
Y era como si fuera medianoche
Cuando todo lo que late se detiene
Y el espacio mira a su alrededor
La espeluznante helada, primer otoño que llora,
Repele la apaleada tierra.
Pero todo como el caos,
interminable, insolente,
Sin esperanza, sin mástil
Ni siquiera un informe de la tierra
Para justificar la desesperación.

Emily Dickinson (1830-1886)

jueves, 4 de agosto de 2011

Luciérnagas


Imaginad miles de luciérnagas revoloteando dentro de una cueva oscura en la que vive un pobre loco... Imaginad el rostro del pobre diablo contemplando esa repentina danza luminosa en medio de la negrura, visualizad la expresión sublime, extasiada y terrible de esos ojos acostumbrados a la oscuridad y a los malos pensamientos...

miércoles, 3 de agosto de 2011

Levantando el sombrero III

Un cuatro de Agosto de 1792 nacía entre brumas Percy Bysshe Shelley, divino ateo. Jamás la razón y la coherencia llevaron mejores vestimentas. La encarnación del romanticismo combativo, elevado, erudito, pasional e irrefutable. Un ser que brillaba de pura oscuridad... Las aguas, de puro amor, se lo llevaron en plena juventud para siempre. Su esposa Mary Shelley, guardó su corazón hasta el fin de sus días; su hermano Lord Byron, fue en busca de su sombra una década después... Nosotros le buscamos en cada espejo y tratamos de recitar en voz baja para no despertar a la serpiente
Él era Prometeo.