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sábado, 30 de julio de 2011

Ser y tiempo



Bebo alcohol para adultos, consumo sustancias solamente permitidas a los adultos, tomo benzodiacepinas para adultos, tengo fuertes dolores articulares sin causa aparente, una extensa vida laboral, canas invadiendome la barba...
...Y sigo llorando como un niño.

miércoles, 20 de julio de 2011

Escribir


El momento exacto en que desaparece el papel, la pluma, el teclado, la pantalla, las palabras, tú mismo. Las paredes se estrechan, el horizonte se desvanece, solamente existe un flujo cuya emanación puedes situar en algún lugar entre la cabeza y el pecho, quizás la garganta, que se derrama por todas partes hasta quedar atrapado en el soporte que tienes delante, pero eso lo sabrás más tarde, porque ni siquiera tienes conciencia real del presente. Decenas, cientos, miles de palabras asociadas al mundo sensorial han ido acumulándose en la red invisible que todo escritor lleva siempre tras de sí cuando deambula por el mundo. Al principio cuesta, tienes voluntad, ajustas -con la bendita ayuda de la disciplina- cada factor necesario, haces -sujeto activo- rasgas el entramado, buscas una hendidura.
Sucede sin avisar, no puedes controlarlo, tan solo tratar de conjurarlo cada día de trabajo, cambia la perspectiva, desaparece la perspectiva, no eres, la palabra toma la palabra, algunas horas después queda un campo arado y regado, solamente tienes que aprender a protegerlo, cuidarlo, enderezar con paciencia, habilidad y fuerza los tallos torcidos, ensuciarte las manos ahora que has regresado, labrar sin descanso tu propia literatura.
Otro día más lo has conseguido, has escrito.

Á.

Levantando el sombrero II

Un 21 de Julio de 1899, en Oak Park, Illinois, nacía Ernest Hemmingway, un tipo capaz de aprender a tocar el violonchelo y manejar un rifle antes de los quince años; de emborracharse rodeado de toreros analfabetos una noche sevillana e incendiar París la noche siguiente junto a Pound, Scott-Fitzgerald y Gertrude Stein cambiando de paso con sus conversaciones la literatura universal... Una bestia incandescente que no dejó de consumirse a fuego vivo durante toda su existencia... El horizonte lo sabe.
Esta noche, brindamos por él.


Una noche como hoy, 21 de Julio de 1796 murió un poeta, un romántico, un hombre libre, Robert Burns, en una mano la azada, en la otra la pluma... La lluvia escocesa le recuerda cada día, cada noche resucita en las canciones que atraviesan las Highlands, de taberna en taberna.
Sigue usted inspirándonos 'Gran Scot'.


martes, 5 de julio de 2011

Fuego frío



Esos días en los que todo lo que creías un don mengua hasta transformarse en una partúcula infinitesimal, inerte, perdida en algún purgatorio gaseoso a tu alrededor.
Lees palabras precisas, ideas gigantes y hermosas que desbordan tu capacidad.
EL arte de escribir es el arte de la emulación disimulada, el escritor funde todo aquello que ha leído, vivido u observado en un crisol ardiente y con ello trata de trenzar algo hermoso, o poderoso, o...
Ahora es sólo fuego frío.
Abres libros a los que siempre regresas, lineas que componen tu eterna cadencia lectora, aquello que justifica tus más íntimos silencios; párrafos, lineas, versos que se desbordan sobre ti, campos de elocuencia y sabiduría demasiado extensos, inabarcables para quien camina en acústico y desafinado.
¿Cómo se escribe una voz rasgada? ¿cómo puede uno lamentarse con cierta gallardía, y admitir su derrota como un perfecto caballero? hallo la respuesta mirando por la ventana, respiro el aire de la tranquilidad que rodea a quien todo lo observa desde fuera, quien se siente incapaz de merecer...
El balneario de la inconsciencia se adivina un lugar seguro en el que permanecer, no será así mientras quede algo de guerrero en estos miembros letraheridos, profetizo una marea de voces ancestrales engulléndome para siempre, abotargando mi cabeza con sus susurros magistrales hasta clavarme una sonrisa lejana en la boca, llegará el día en que mis ojos solamente vean caos y desorden, arrastraré estigmas por las calles, babearé cuando musite fragmentos de conocimiento no aprehendido, larvas de poesía quedarán abandonadas en cada esquina por la que deambule.
Así, devorado por todo aquello que amo espero hollar el mundo por última vez, recitando versos de algún poeta muerto como salvoconducto que me permita el paso al inframundo donde duermen los lunáticos.
Y no dejar rastro.
No dejar rastro.
No
dejar
ningún
rastro.

domingo, 3 de julio de 2011

El argumento de la obra.



El argumento de la obra
Correspondencia de Jaime Gil de Biedma.
Ed. Lumen. (2010)
9788426418661

Pequeño y sin recursos en lo literario, firme y convencido en lo vital, inmediatamente cierro este libro me paralizo en medio de esta dualidad.
El mundo es considerablemente peor según pasa el tiempo, o los hombres somos peores, quién sabe.
Esta es la segunda reflexión.

No importa si Jaime Gil de Biedma escribe a sus íntimos, si se dirige a simples conocidos, a estudiosos de su obra, a maestros o a fríos familiares; nadie encontrará en estas cartas la más mínima concesión a la vulgaridad, a la frivolidad, al descuido. Todo parece responder a un plan perfecto en el que el poeta crece continuamente, se forja y vive al son de su pluma y adapta la vida al poema, ahora sé que significa en toda su plenitud eso de la poesía de la experiencia.
El poeta, renglón tras renglón, persigue, primero con inocencia, después con trabajo, dedicación y amor sin límities, y quizás al final, con cierta decepción, la elaboración del poema perfecto. Desde el exceso, desde la ambigüedad, desde el virtuosismo, desde la contención, desde el humor, desde todos los puntos de vista Gil de Biedma compromete su todo a la lírica, escribe cartas con un invencible sentido estético en las que, milagrosamente, siempre se muestra desnudo, real, auténtico, jamás sacrifica la verdad, el pudor revolotea por cada renglón sin llegar a tomar las riendas, cada gesto, confesión, comentario mordaz, crítica, o alabanza se reviste de sutilidad y elegancia, de curiosidad en los inicios y sabiduría al final. Hasta para mostrarse cansado, e insisto, decepcionado, cuida de no desarbolarse, no cabe la crispación en ninguna de sus epístolas, se limita a descender pausadamente hasta la oscuridad. Regala siempre una pequeña o gran joya literaria (depende del grado de cercanía con el receptor de la carta) a cada individuo al que escribe, ofrece su respeto incondicional a todos y cada uno de ellos con lo mejor que tiene, las palabras, con la suavidad del dandi que fue y la calidez que emanan las buenas personas, no deja a nadie por atender, por colmar, por agradecer hasta el mínimo gesto.
Especialmente conmovedoras las primeras cartas a su gran amigo Carlos Barral, en las que observamos a un joven idealista empeñado en alcanzar la belleza a través del exceso, de la sublimación lírica, también se expone impresionado por gigantes a los que admira hasta la idolatría como Vicente Aleixandre o Jorge Guillén, a los que trata siempre con la alegre sumisión del discípulo enamorado. O las maravillosas cartas de madurez dirigidas a jóvenes poetas, en las que, con una suerte de complicadad socrática, abre su corazón a quienes necesitan tocarlo para perfeccionar su poesía, Luis Gracía Montero, Luis Antonio de Villena...



Recorrer la vida de Jaime Gil de Biedma de su mano firme y cálida, aquellos años en los que todo permanecía inmóvil en españa mientras que el mundo galopaba desbocado quedan retratados maravillosamente por el poeta y suponen, carta a carta, una lección vital inigualable para los que nos adentramos titubeantes en el mundo de la literatura.

Pequeño y sin recursos en lo literario (con un camino interminale por delante), firme y convencido en lo vital me ha dejado esta conversación con él. Después de beber directamente del alma de Jaime Gil de Biedma le escucho susurrar: "no te doblegues, no dejes que el asfalto te engulla y con él la vulgaridad, la fealdad, lo vacuo. Mira atrás, mantente firme, no pierdas la gracilidad, la actitud, cuida cada palabra que digas o escribas, cada gesto que hagas, y por favor, querido mío, no te mientas jamás".

Así será maestro.