Páginas

lunes, 27 de junio de 2011

El baile de los ahorcados.



Un ejemplo de como el diablo adolescente de Charleville incendió para siempre la poesía con sus símbolos, su genio y su maldad.
Inigualable, los demás solamente podemos seguirle desde lejos y escuchar empequeñecidos sus carcajadas en medio de la noche.





















En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,             
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.
            
¡Monseñor Belzebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,             
y al darles en la frente un buen zapatillazo
les obliga a bailar ritmos de Villancico!
            
Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles:
como un órgano negro, los pechos horadados ,             
que antaño damiselas gentiles abrazaban,
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.
            
¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza ,
trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio,             
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla!
¡Furioso, Belzebú rasga sus violines!
            
¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta!
Todos se han despojado de su sayo de piel:             
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.
            
El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas;
cuelga un jirón de carne de su flaca barbilla:             
parecen, cuando giran en sombrías refriegas,
rígidos paladines, con bardas de cartón.
            
¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos!
¡y la horca negra muge cual órgano de hierro!             
y responden los lobos desde bosques morados:
rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno...
            
¡Zarandéame a estos fúnebres capitanes
que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos,             
un rosario de amor por sus pálidas vértebras:
¡difuntos, que no estamos aquí en un monasterio! .
            
Y de pronto, en el centro de esta danza macabra
brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto,             
llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita
y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún,
            
crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje
con gritos que recuerdan atroces carcajadas,
y, como un saltimbanqui se agita en su caseta,             
vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.

En la horca negra bailan, amable manco,             
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin             
los esqueletos de Saladín


Arthur Rimbaud

jueves, 23 de junio de 2011

Desaparecido.


Él mira viejas fotografías, con las esquinas dobladas, fragmentos de lo que parece al menos una vida, no se reconoce, no está, su imagen toma la consistencia de lo fantasmal, lo incorpóreo, no es el mismo, su mirada observa otras costas, habla en lenguas desconocidas, muertas. Las mismas prendas de ropa que ondean orgullosas en esas fotografías ahora duermen el sueño del polvo en algún lugar oscuro, esperando la tibieza de la carne perfumada, el roce del aire libre. Sonrisas, gestos inaccesibles, gastados estandartes de  libertad caducada, todas las figuras que habitan las viejas fotografías parecen títeres, hay algo artificial, inorgánico, las dos dimensiones constriñen el hálito vital de los fotografiados, no hay vida en ellas, tampoco las reconoce ni las hace suyas, como si jamás hubiera escuchado sus voces, sentido su tacto, nada. Es una fantasmagoría detenida para siempre en un instante eterno. Una representación baldía de la vida. De pronto, tiene miedo.

Guarda las fotos en el cajón, se levanta, recorre el pasillo, llega hasta el cuarto de baño y se para frente al espejo, enciende la luz. Al principio se asusta de sí mismo. Después se tranquiliza y observa. No se había detenido tan escrupulosamente como para darse cuenta de que ha perdido casi la mitad del cabello -es como si siempre hubiera estado así-, el poco que tiene cuelga muerto a los lados del rostro. Ese ligero toque femenino que siempre tuvo -eso cree o quiere recordar-, con los años, la acción de la gravedad, el dolor, y finalmente, la indiferencia, se ha transformado en una mueca fofa, blanda, una suerte de máscara acolchada bajo la que ha desaparecido cualquier rasgo facial, cualquier ángulo, y con ellos la expresión, solamente queda una mirada velada en unos ojos cada vez más pequeños, una sonrisa invertida por el peso de unos carrillos ya laxos y un rubor congestionado que una púdica barba se encarga de tapar. Los hombros se han desmoronado definitivamente, como si faltara un pilar en cada lado del cuerpo, ahora los brazos, los dorsales y el pecho cuelgan derrotados alrededor de un eje, parece un abrigo en un perchero.
Ya no es el mismo, tampoco se encuentra en los recuerdos, ni en las viejas fotografías dobladas, ha perdido su propio rastro, está detenido en un extraño presente continuo en el que es incapaz de proyectar hacia el futuro, y mucho menos invocar un pasado coherente. La vida se le ha concentrado, de repente, en un segmento minúsculo, no hay lineas temporales, solamente el segundo actual, ni siquiera es capaz de recordar la mañana del día que vive, también ha desaparecido. Piensa, justo antes de apagar la luz, que algo así debe ser la muerte, un estar eternamente, una pausa silenciosa y opresiva que no te deja avanzar ni retroceder. Su existencia, en ese momento, en ese presente frente al espejo, es un ascensor averiado.

lunes, 20 de junio de 2011

Levantando el sombrero I

Tal noche como hoy, 21 de Junio de 1905 nació en París Jean Paul Sartre, al que, cuanto más se le critica, vilipendia y echa por tierra, más admiro. Mis más humildes respetos, señor.


En 1945, el mismo día (o la misma noche), nacía Ian McEwan en Aldershot (Inglaterra), aquel a quien deben leer cuando la culpa, o el pasado, o ambos, llamen demasiado fuerte a la puerta del presente. Felicidades maestro.


Á.

INICIO...


Un niño pequeño, desnudo, jugando entre las ruinas de una cuidad abandonada, muerta. Todo quemado, todo vacío, los edificios son árboles embrujados, agigantados, transmutados en piedra, el asfalto es una infección que se extiende sobre la hierba. Las almas han desaparecido de la faz de la tierra, quedan leves estados de conciencia deambulando por las calles, rastreando en busca de sus corazones, o de lo que quede de ellos. De entre todos ellos uno abre los ojos al amanecer, en cualquier callejón oscuro de una ciudad que puede ser Madrid, el cielo es naranja y limo viscoso, las estrellas son producto de la imaginación de los durmientes o de los locos –los únicos que tienen la salvación asegurada en un mundo en el que se persiguen deseos para invocar estrellas fugaces-.
Abre los ojos.
Lo primero que ve es un fragmento astroso de suelo lleno de colillas que parecen dedos calcinados. Hace frío, lo percibe claramente pero no lo siente, participa de una relación mutilada, de una danza quebrada con la vida, puede verla claramente, pero no puede tocarla. Está aturdido, como resucitado, no recuerda nada, nada de sí mismo, su memoria consta de un par de fogonazos carentes de sentido, intermitencias del inconsciente más profundo, quizás salvaje, a las que alguna mano traidora ha soltado por ese páramo yerto en el que se ha transformado su mente como si fueran chacales hambrientos.
El objetivo inmediato es dejar de temblar, el segundo, decidir qué diablos hacer, a dónde dirigirse. Tantea el único bolsillo del pantalón, nada más que un par de monedas y trozos de hilo. Lo intenta con el interior de su chaqueta, tampoco hay suerte, en el lugar en el que debería estar la documentación solamente aparece la tarjeta de un club de striptease con una voluptuosa y esforzada bailarina que casi parece tridimensional.
“Llévame a casa, por favor… Llévame a casa”
Ya está en pie, ya no tiembla, no hay sol –todavía-, pero tampoco es noche cerrada, hambre y sed. Camina lentamente, delante de él una iglesia, alta, con muros de ladrillo, de momento y hasta que no regrese la claridad a su cabeza parece un buen lugar al que dirigirse, al menos tan bueno como cualquier otro, la sensación de movimiento contribuye a crear la fantasía de que marcha hacia alguna parte por voluntad propia, puede decirse a sí mismo que sabe exactamente lo que va a hacer, aunque el miedo sea el único compañero que tiene.
Definitivamente la noche echa el telón, la ciudad cambia el decorado a su alrededor, la luz creciente disipa los húmedos fantasmas que habitan la madrugada madrileña, las últimas prostitutas van desperdigándose por las calles después de otra noche de trabajo, por parejas, con los brazos entrelazados, como ayudándose a mantener la verticalidad. De tres en tres, sin perder la sonrisa, titubeantes, cansadas, con el maquillaje estropeado y las pelucas mal colocadas.
Siempre le cayeron bien, eso lo recuerda, le encanta –y no evita sonreír al tiempo que esa lucecita se enciende en su memoria- que se le cuelguen del cuello cuando pasa por su lado, le hacen sentir cómodo, extrañamente bello y amado, no ve sus insinuaciones de gatas mimosas como parte del negocio, le gusta imaginar que son sinceras y que un fugaz e incontenible deseo se apodera de ellas al tenerle cerca.

“Ven a mí, amor mío, ven a mí”

La espesa niebla que cubre su razón empieza a dar muestras de retirada, lo sabe mientras observa una escena que tiene lugar delante de sus narices como una revelación, un último cliente se interpone en el camino de una de las chicas, siente –sorprendido- un profundo dolor fraternal cuando ve a la muchacha desaparecer en un portal desvencijado y maloliente acompañada por un tipo rechoncho y sucio, de mirada vidriosa, piel brillante y manos mezquinas.
Esa imagen le lleva a un lugar mental lleno de dolor, que no es capaz de rememorar claramente pero al que de ninguna manera quiere regresar.

Un ligero estremecimiento asciende desde las plantas de sus pies,  se le enrosca por las piernas, como una raíz que crece en sentido contrario, hasta alcanzar la columna vertebral, se tambalea, y de no apoyarse sobre un escaparate, habría caído. Ahora mira como puede al cristal, éste le devuelve una imagen desconocida, tiene ante sí a un hombre joven, muy delgado, vestido de negro, con el cabello crecido y despeinado que cae lacio hasta algún espacio indefinido entre  el mentón y los hombros. [...]

viernes, 17 de junio de 2011

Pasos


Pasos
Jercy Kosinski
Debolsillo, Abril 2011.
978-84-9908-585-2
Traducción: Carlos Milla.


Con el paso del tiempo y tras acumular algunas lecturas en el camino hay unos cuantos conceptos que me han quedado claros, uno de ellos -casi un axioma- es que los artistas de origen eslavo que han desarrollado sus carreras -y sus vidas- en los Estados Unidos de América constituyen una raza “narradora” dueña de una voz poderosa y única. Conrad y Nabokov en la escritura, Polanski en el cine y nuestro invitado de hoy, Jercy Kosinski -en ambos lenguajes-, son prueba de ello.

La lectura de Pasos hiere y conforta al mismo tiempo, pone a prueba, pulsa fibras que generalmente permanecen intactas dentro de nosotros. La capacidad -mejor dicho, la precisión- de Kosinski para trasladar espacios del instinto humano al interior del lector usando el lenguaje como un escalpelo es abrumadora. Utilizando experiencias propias -vividas o imaginadas- nos desnuda frente al espejo de la carne, a veces nos sentiremos repelidos por nuestra humanidad, para -en el párrafo siguiente- redimirnos a través de la complicidad, de la debilidad, de la tentación irrefrenable. En Pasos, lo que nos aleja también nos iguala.

La historia es sencilla, Kosinski arma una supuesta novela autobiográfica a través de retazos, de hilos de recuerdos, teselas que acaban por formar un mosaico perfecto. Una sucesión de cuadros en clave sexual recorren el espectro completo de la sexualidad misma, desde lo puramente erótico e insinuante hasta lo decididamente perverso, bajo, animal.  Esa estructura basada en la suma de miniaturas para construir un todo resulta en manos del escritor polaco un ejercicio de virtuosismo literario fascinante, Pasos está lleno de pasión, sin desbordarse, los caballos sobre los que se sustenta el pulso narrativo jamás se desbocan, están bajo control, quizás ese saber templar, esa frialdad descriptiva aplicada al tema del libro sea lo que hace de Pasos una obra tan poderosa.
Kosinski no se parece a nadie, podríamos establecer comparaciones obvias con el citado Nabokov, con el mismísimo Kafka y hasta con el marqués de Sade, pero siempre resultarán inexactas para definirle.

Importante mencionar la traducción de Carlos Milla para Mondadori, nada fácil, Kosinski se crió hablando y leyendo Polaco, no asimiló el inglés como su lengua literaria hasta prácticamente los treinta años, siempre conservó un deje eslavo en su expresión escrita que dotaba a la misma de una seductora singularidad pero que imagino debe de ser un quebradero de cabeza a la hora de traducir.

Despréndanse de la vestimenta del pudor, bajen las luces y atrévanse con Pasos, Kosinski les llevará a lugares tan aterradores como estimulantes sin abandonar los límites de su propio cuerpo.

 "Ahora no puedo hacer el amor contigo. ¿Por qué insites?
Quiero hacer el amor contigo durante tu menstruación. Es como si una parte de mí estuviese atrapada dentro de ti y tu sangre fuese mía, derramándose con cada latido de una vena que es de los dos. ¿Qué sientes tú en ese momento?
Siento que la sangre mancha nuestros cuerpos como si tu miembro erecto me hiciera sangrar, como si me hubieras desollado y me hubieras devorado y yo me vaciara."

miércoles, 15 de junio de 2011

Pliego de descargos.



Damas y caballeros, disculpen la ausencia, es la cruz del trabajo asalariado y la vida del feriante, dos inconveniencias que, sumadas, aparte de crear un bizarro duo, absorben el tiempo de forma espectacular. Esta noche pongo un eclipse de luna como excusa para no actualizar como es debido, a partir de mañana seguimos jugando entre las ruinas como niños desnudos y enloquecidos.
Me alegra saber que siguen ahí. Les echaba de menos.

Su seguro servidor.

Á.