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jueves, 22 de diciembre de 2011

Mi Tierra Media.



Esta noche Tolstoi regresa a descansar a Yasnaia Poliana, Dante pasea por Florencia absorto en complejas tribulaciones, Byron -mi querido Lord- asalta algún lecho mediterráneo y apura la penúltima, Virginia tiene tertulia con el resto el círculo de Bloomsbury (las horas pasan volando cuando hay una monarquía a la que insultar y sigue quedando buen whisky), Pessoa camina en silencio por el barrio alto, Susan, Thomas, Loui_Ferdinand, Marguerite, Oscar, Robert, Johann, Jack, Allen... Abandonan mi pared y mi mesilla de noche, y se llevan a Hirschberger, a Fontana y a Judt de la mano, y mis años se marchan con ellos, y de pronto no necesito gafas para leer, y creo de nuevo en la inocencia, no existen matones de barrio esta noche, ni hay tigres detrás de las puertas, ni me preocupa mi propia identidad, ni el futuro, ni el pasado. El conocimiento es algo relativo, se amalgama con el tiempo de una forma extraña, y de ellos surge un intangible sin importancia que nada tiene que ver conmigo. No esta noche, no hoy. Porque me marcho más allá, porque el lugar al que voy es intocable, puro, exento de dolor, de pena, maravilloso en su sencillez, extenso, inmortal. Solamente he de meterme en la cama desnudo, encender un par de velas, quizás una pequeña lámpara, abrir el libro, y todo rastro de dolor se habrá esfumado tras un par de lineas.
Hoy no le doy vueltas al materialismo dialéctico, ni a la pérdida del mito aplastado por el terrible logos, ni a las disquisiciones entre ética y estética, ni a la lucha de clases. El falso dios judeo-cristiano y ese juguete sádico suyo llamado culpa no están invitados esta madrugada, ni siquiera existen allá donde me dirijo. Sé que no voy a perderme, veinte veces he andado ese camino, y veinte veces he regresado. Veinte años desde la primera vez, veinte años, que pesan todos y cada uno de ellos, que han llenado mi cuerpo y mi corazón de heridas, unas curaron, otras son y serán llagas que no se cerrarán mientras viva. Veinte vueltas alrededor del sol en las que he conocido la alegría más intensa que os podáis imaginar, la pasión desbordada, el dolor con mayúsculas, el amor, el desamor, la violencia, la ternura, las dificultades, el miedo, tantas vidas en una, hasta he muerto y he renacido...

Hace cincuenta y siete años se publicó "La comunidad del anillo", la primera parte de la Trilogía de "El señor de los anillos" de J.R.R Tolkien. Ninguna valoración crítica es pertinente esta noche, ninguna monserga teórica, nada de rigidez ni de academia. Esta noche, veintidós de Diciembre de 2011, comenzaré la vigésima lectura de este libro maravilloso, una por año, siempre en estas fechas. Y me siento como la primera vez, excitado, ansioso, INOCENTE (joder, inocente, ¿os dais cuenta?). La lectura de ESDLA abrió nuevos caminos en mi vida con su exuberancia, caí definitivamente rendido a las palabras, a su formación y su origen, el filólogo que soy, el mitólogo que soy, el medievalista, el escritor, le debe TANTO a la obra de Tolkien. El empeño de un viejo profesor por dotar de una MITOLOGÍA, de un pasado común a una cultura, y entregar a ello TODA una vida es, sin lugar a dudas, un hecho milagroso, y ningún abigarrado y tieso académico puede discutírmelo (ni se atrevería, quedaría desarmado y en pañales en dos estocadas por este implacable gafotas).

Aquella aterrorizada criatura de trece años que encontró un lugar inexpugnable al que huir, gracias a los libros, esta noche apoya la cabeza en mi pecho mientras leo, y se duerme tranquilo, sonriendo, dejándose acunar por mi respiración tranquila, mis susurros, párrafo a párrafo, sabiendo que en La Tierra Media los héroes velan por los débiles, que la justicia es un valor innegociable, que el amor ilumina hasta las grietas más oscuras y que nunca dejan de sonar las canciones bajo la luz de las estrellas.

Mae govannen!

"-La cortina gris de este mundo retrocede y todo se convierte en plateado cristal. Y entonces la ves.
-¿Qué ves Gandalf?
-Playas blancas, y más allá, ubérimos campos bajo un fugaz amanecer"

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