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martes, 6 de diciembre de 2011

La bella durmiente.



Tras largos años sumida en un sueño interminable, la bella durmiente, hechizada en su más esplendorosa juventud por las malas artes de una bruja envidiosa de su belleza, iba a ser despertada. Su amor de juventud, el príncipe valiente, había conseguido -transcurridas décadas de búsqueda infatigable- llegar hasta la torre del sueño imperecedero.

Allí, al llegar, el esforzado campeón, encontró desparramados por el suelo, cadáveres de guardias que murieron mientras dormían, recorrió corredores oscuros y húmedos cargados con el dolor que produce el lúgubre paso del tiempo, raíces y enredaderas habían invadido el edificio descontroladas. Al fin, luego de un penoso y lento ascenso hasta lo alto de la torre, consiguió llegar hasta la puerta de la estancia de su amada y franquearla.

Ella, dentro de la habitación, permanecía congelada en el tiempo, el devenir de los años no había conseguido tocarla, su piel blanca y su cabello dorado resplandecían bajo la luz del sol que se colaba por el ventanal de piedra.
Él creyó morir de amor al contemplar tanta belleza.

Se acercó lentamente, tembloroso, acarició su frente de nieve y sus mejillas sonrojadas, se inclinó con delicadeza, suspirando, y posó sus labios sobre los de la dulce joven, la besó intensamente mientras una lágrima se le deslizaba por el rostro.
Tras penosos años transitando la ciénaga del amor perdido, rompería la maldición, estarían juntos, y serían felices, al fin.

El calor del hálito vital se desparramó por el torrente sanguíneo de la princesa como un río cantarín, su sombra descendió hasta su cuerpo con la suavidad de un beso transparente, sonrió antes de abrir los ojos, estaba de vuelta.

Con dificultad abrió los párpados, la luz le provocó una punzada en las retinas, tuvo que cerrarlos de nuevo, su amado le agarraba con firmeza las manos, ella le devolvió el apretón con todo el amor del que era capaz. Décadas de muerte no habían mermado ni un ápice su devoción por él.

Una vez se acostumbró a la luz, intentó de nuevo y consiguió abrir los ojos, buscando el rostro de su príncipe valiente.

La máscara de un anciano la miraba directamente, un rostro arrugado y espantoso, flaco como una momia, una sonrisa desdentada y hedionda, una nariz afilada llena de manchas, unos ojos hundidos velados por la edad, bajo unas cejas espesas y blancas, la misma imagen del horror, la vejez, y la muerte, se acercaba hacia ella con decisión, ofreciendo una mueca grotesca semejante a la expresión de un pez boqueando fuera del agua.

Gritó espantada, gritó y gritó, y antes de regresar definitivamente al sueño de la muerte pudo escuchar una carcajada femenina rebotar por los oscuros muros de la torre, una carcajada que ya había escuchado años atrás, antes de caer inconsciente justo después de pincharse con la aguja de una rueca.



Á.

2 comentarios:

  1. Mi más sincera enhorabuena, me encanta.Transmites cada detalle con precisión de cirujano... así, el cuento, es perfecto. Estoy segura de que a Lacombe le encantaría ilustrarlo (¿te imaginas?).

    Millón de besos.

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  2. Muchísimas gracias, de veras. Y vaya que si me lo imagino, sería fantástico...
    Besos mil.

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