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lunes, 7 de noviembre de 2011

Teselas VI



Jamás volveré a aceptar la palabra de nadie como garantía de nada.
Aunque posiblemente, en los días que me restan en este mundo, nadie se verá en la obligación, la necesidad, o la situación de tener que dármela.
En este momento y lugar, quien necesita algo de mí, simplemente lo toma sin hacer preguntas ni pedir consentimiento.
Sin pedir absolutamente nada.
Los días han pasado lentos desde aquel amanecer en el que el cielo, tan frío y aplomado como la bóveda de una cueva milenaria, presagiaba malos vientos.
Tan oscuro.
Amanecer oscuro, un auténtico milagro obrado por algún dios esquizofrénico.
Amanecer oscuro en el que aún vivo.
Hace años que no anochece a mi alrededor.
Me mantengo suspendida en un día sin fin, atrapada por esa sensación de indefensión que se experimenta esas mañanas en las que no puedes levantarte del lecho, porque fuera hace frío, y las sábanas se transforman en los brazos confortables de un gigante bondadoso y paternal. Yo, inexisto desnuda y fuera del lecho, a merced de la mañana y del frío.
En ocasiones, mientras mis dueños vacían sus frustraciones dentro de mi vientre o de mi boca, alcanzo un confortable estado de duermevela pasajero, y mi mente, ayudada por la cadencia intermitente de lo grotesco, asciende por encima de la carne y regresa a las colinas, vuelve a jugar con la nieve que blanquea la tierra que me vio nacer como si nunca hubiera amanecido.
Cuando la cadencia aumenta de ritmo y de potencia, el vuelo se hace insostenible y el dolor o la náusea emploman mi vestimenta espiritual hasta hacer que me despeñe velozmente y aterrice en un pantano blancuzco y ardiente.
Me asusta morir.
Me aterra seguir viva.
Si creyera en dios no sabría que pedirle.
Si venganza o descanso.
Si paz o muerte.
Al principio distinguía a todos y cada uno de mis dueños. Por sus excesos, por sus debilidades, por sus hedores, sus voces ó sus jadeos.
Ahora no soy capaz de distinguir que parte de mí es la que se mantiene despierta o dormida, viva o muerta.
Me pregunto cual fue la marca que me trajo hasta aquí.
Por qué a otras u otros de mis hermanos se les bendijo con una muerte rápida o con la paz de la prisión.
Ojalá los muros que me custodiaran fueran de piedra y las cadenas de hierro frío y áspero.
La carne es más dolorosa y menos piadosa.
Más real.
Real.
Les he oído, al otro lado de la puerta, mientras vuelven a vestirse, hablar de sus mujeres e hijas.
Con amor.
Amor.
Y me he preguntado cual es mi diferencia.
Ellos tienen la fuerza, el poder, y sus actos no parecen inquietar a los poderes celestiales.
Luego no es necesaria expiación por su parte.
Tienen derecho.
Derecho sobre nosotros.
Sobre mí.
Encima de mí.

Quizás sea el color de mi pelo y el rubor de mis mejillas.
En mi hogar de las montañas todas las muchachas nos parecemos, como si la misma madre primordial nos hubiera dado su sangre y nos pidiera que jamás olvidáramos cual es nuestro origen y nuestra verdad.
Renegaría incontables veces de esa verdad si pudiera cambiar las cosas.
Arrancaría mi cabello si fuera capaz de soportar el dolor.
Dejaría que el sol, que extiende su tiranía en este lugar de forma incontestable, abrasara mi carne hasta que hiciera desaparecer el alba de mi piel, la que tanto les gusta y a la que tan violentamente acarician.
Si fuera capaz de soportar el dolor.
Si fuera capaz de moverme sin pedir la gracia del movimiento.
Yo sólo obedezco.
Porque ya no soy.
[...]

La esclava-4º capítulo.
Música Silenciosa
Ed Endymion
Colección narratina, nº 69
9788477314684

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