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miércoles, 7 de septiembre de 2011

Teselas I



"[...]Me gustaría poder recordar la brillantez de nuestras estrategias, o la de nuestros enemigos (esos a los que jamás había visto y a los que no creo que vuelva a ver).
Ni siquiera puedo evocar de que color era el cielo en aquel momento.
Si hacia frío o calor.

Nada excepto el olor de los muertos.
Hombres y mujeres.

Ninguna verdad me fue revelada después de la masacre, ni vi en los ojos de los demás un ápice de paz.
Nada.
Eso es lo que vi.
Absolutamente nada.

Cuando regresé a casa y me reuní con los míos sentí su calor como un latigazo, y me pregunté como se abraza a un muerto, que es lo que siente este bajo tierra cuando escucha a sus hermanos y hermanas llorar por él.
Si encuentra consuelo.
Desde entonces no he vuelto a reconocer lo que era el amor físico.
Ni he sabido fingirlo.

No existe redención tras la batalla. Porque en medio de ese infierno no eres dueño de tus actos, y mientes si dices que lo haces por devoción, o por fe, o por amor...
Es mentira.
Mentira.
Peleas porque el instinto animal se apodera de ti, para ahuyentar el miedo, por puro egoísmo vital exento de gloria, de trascendencia o de honor.
Y si pudieras elegir te marcharías de allí antes de que todo se desatara, una vez dentro ya no puedes.

No eres libre.

Eres esclavo de aquello que en el fondo nos une y que constituye el principal motivo por el que nos destruimos los unos a los otros como lobos enloquecidos y hambrientos:
El espíritu de la cueva.
El hombre primitivo, el devorador egoísta al que no nos atrevemos a enfrentarnos individualmente.[...]"

Fragmento de "El soldado", quinto capítulo de la novela Música Silenciosa, 
Álex Portero Ortigosa.
Endymion, Madrid 2008.

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