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sábado, 24 de septiembre de 2011

Sin techo.


Los únicos argumentos que encuentra para quedarse son los que le ofrece el espíritu de la escalera cuando conversan de madrugada, y cada noche le cuesta más escuchar su voz, reconocerle entre la nebulosa de sonidos que habitan su cabeza. Es una voz lejana ya casi irreconocible.
Tiene miedo de seguir perdiendo solidez noche tras noche, de ser un fantasma en vida, un arpa tendinosa mal afinada, sin intérprete. Camina durante horas, sin destino fijo, para convencer a su cuerpo de que debe seguir moviéndose, aunque este le pida una tregua, tenderse boca arriba sobre la hierba, mirar a las estrellas y dormirse en plena calle. Aún así camina, arrastra los hilos de vida que le quedan por las esquinas, silba para tener algo que escuchar, un paso más, un poco más, como un autómata estropeado cuya cuerda parece interminable -solamente lo parece-. Agradece el frío cuando llega el invierno, algo en él le da sensación de realidad, duele, luego existe. En cambio el calor le obliga a mirar al suelo mientras deambula, le administra el sopor lentamente, lo que le acerca al sueño, algo parecido a rendirse definitivamente. Le asusta el estío en la calle.

Hace tiempo que no está, pero permanece. Ejecuta una coreografía aprendida mucho tiempo atrás, de memoria, no entiende su significado, o no lo recuerda, si es el protagonista de la misma o parte del coro ya no le importa, algo le impulsa a seguir escenificando esa pantomima, esa burla al movimiento, ese insulto grosero y brusco a la armonía.

Volverá a amanecerle encima, muchas veces, será sorprendido por la vida continuamente, aunque no pueda participar de ella está condenado a observarla, ya no es capaz de distinguir el desdén, la repugnancia o la conmiseración en los rostros de los viandantes, son máscaras teatrales, dramáticas pero sin vida debajo, al menos tal y como le dicta su percepción de las cosas, de alguna manera admite que ya no habitan el mismo plano, si quisieran llegar hasta él, ayudarle o destruirle, no podrían, algo se interpone entre ellos y él, una barrera insuperable, así como los vivos no podrán jamás comunicarse con los muertos, cualquier intento de alcanzarle física o emocionalmente sería un susurro en medio de una tempestad, nada.

Bebe con la esperanza de reencontrar el lenguaje perdido, cuando parece a punto de conseguirlo llega el entumecimiento, los párpados de metal y -tras una breve inmersión en el Leteo- regresa aún más confundido, como un niño desnudo abandonado entre las ruinas de una ciudad muerta.

3 comentarios:

  1. Un texto maravilloso, Álex. Qué buen momento de lectura. Un abrazo mientras seguimos siendo sorprendidos por la vida de vez en cuando.

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  2. Las referencias a las marionetas con los hilos rotos, a la frase de Pessoa, a la falta de armonía, de música, de poesía, todas esas pérdidas...Qué triste, es un buen triste cuento.

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