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domingo, 4 de septiembre de 2011

Respuesta al manuscrito de P.B. Shelley


Querido Percy:

Largamente he esperado disuelto en las tinieblas escuchar de nuevo tu voz, pues solamente los poetas pueden conjurar a las sombras con su pluma, y así, con un golpe de viento poético me encuentro despierto y frío, libre por un momento del silencio eterno que inhabito, expulsado de las aguas del Aqueronte siguiendo –como siempre- tus palabras, así como los niños entregaron su vida al flautista.

Nunca creí en tu adiós, siempre fuiste demasiado político como para entregarte a las aguas sin discutir antes con ellas los pormenores de semejante transacción, de haber sido engullido por las corrientes que bañaban Lerici , apuesto las cenizas de honor que puedan quedarme a que hubieras organizado la primera protesta pública de las criaturas marinas contra la tiranía de las mareas, el mismísimo Poseidón se hubiera visto destronado y expulsado a tierra seca, y en su lugar, un gobierno democrático elegido por tritones y sirenas, por serpientes marinas y cangrejos, por algas y pececillos de colores gobernaría las profundidades.
Ni siquiera cuando vi con mis propios ojos arder tu familiar perfil en aquella solitaria playa de Viareggio creí que te hubieras ido para siempre.
Aquí estamos, ciento ochenta y nueve años después, hermano mío, conversando, quizás por última vez, demostrando quién de los dos príncipes de los poetas (¿verdaderamente llegaron a llamarnos así en tus odiados periódicos?) ha alcanzado auténticamente la inmortalidad. Sé, pues el eco habita en la oscuridad, que solamente queda el viento que dejé detrás, que nadie recuerda ya mi poesía, que mis héroes oscuros han sido pasto de las llamas de la eternidad, y que solamente resuena mi nombre como símbolo de locura y ardor, de romanticismo y pasión irrefrenable, admitamos, amigo mío, que soy el títere del infierno en la tierra, un polichinela cuyos hilos son movidos por los bajos instintos y el fuego eterno, nada más, apenas cuatro lunáticos son capaces de recitar en voz alta y de memoria alguno de los versos que con tanto amor escribí.

En cambio tú, mi Ariel, supiste como encerrar a las musas en bolas de cristal –maldito seas-, siempre fui más rápido que tú –aun blandiendo mi deforme pierna contra el horizonte. Apolo en el rostro y Pan en las piernas, eso escribió el bastardo de Trelawny tras curiosear mi cuerpo muerto, creo que fue la única verdad que dijo en toda su vida, al menos la única con la que puedo estar de acuerdo-, pero tú siempre fuiste más sutil e inteligente, mientras yo consumía mi estrella a toda velocidad y me procuraba un brillo cegador en vida, escapabas de la carne ayudado por el Mar -¿cómo diablos convencerías a las aguas jodido encantador de serpientes dormidas?-, llevando en tu equipaje a la eternidad en forma de mujer, de mujeres. ¿Realmente las musas te aman hermano, las amas tú? ¿A qué clase de esclavitud las sometes, o eres tú su servidor? Nadie regala poesía, admito que además de sutil e inteligente también la constancia se contaba entre tus bendiciones, si yo hubiera sabido atraparlas, ¡ah! ¡Hubiéramos muerto los tres ahogados en vino y sábanas!, una vez más el Lord Diablo habría perpetrado un crimen imperdonable: la muerte de placer de dos musas y la suya propia, ebrio y pecador hasta el fin de los tiempos. 
Agradece al cielo que no les echara el guante yo primero.
No las dejes marchar hermano mío, no las dejes marchar jamás, pues se irían a otras laderas menos adecuadas y quien sabe a qué petimetre podrían entregarse, son caprichosas y juguetonas, hijas de la luna, cambiantes, hechiceras, mentirosas. Bajo tu sombra, en su encierro de cristal prestan mejor servicio.

Quiero imaginarnos por última vez hermano frente a la chimenea de Villa Diodati, recordarnos, jóvenes y hermosos, hechizados por la magia de aquel verano del dieciséis, ¿sigue significando lo mismo para ti? ¿O la vida eterna te arrebata los sentimientos y la nostalgia? Tu letra recuperó la tormenta gracias a nuestras correrías nocturnas, no lo niegues, borracho y excitado como un fauno os devolví las carcajadas, el llanto, desboqué vuestros corazones, ¡¡juntos y desnudos reescribimos la historia!!...

La noche gira, el viento ha cambiado y me siento desvanecer, me hago girones, el infierno hace sonar su cítara y me reclama. No albergues jamás duda de que, Byron, tu Byron, sonríe desde su encierro y su tiniebla por tu vida y tu literatura imperecedera, que gustoso habita el olvido sabiendo que al menos, uno de los dos, continúa iluminando al mundo con su fuego y escandalizando a las jerarquías con su audacia y su risa diabólica.
Feliz eternidad mi buen amigo.
Tu seguro servidor.

Byron.

1 comentario:

  1. Mi querido Lord,
    Me emociona tu respuesta y cuanto más la leo más me gusta y sugestiona.
    Hasta ahora creía que a un caballero se le reconoce en la cama y en la mesa pero tú has añadido a esta definición también la de las letras y eres y sigues siendo el más grande.

    Sigue siendo tuyo y muy afectuosamente.

    P.B. Shelley

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