Páginas

lunes, 29 de agosto de 2011

Olya


Olya siempre tiene frío,
de noche
cuando se queda ensimismada mirando el tráfico de la ciudad,
le parece que las luces de los coches tienen forma de signo de interrogación,
empieza a olvidar como llega cada atardecer
a esa sucia calle con nombre de decepción amorosa,
y eso le aterra,
a estas alturas es lo único que le da miedo,
olvidarlo todo y perder su sombra.

La niña Olya era una flor rara de los Urales,
hermosa, cantarina, ruidosa,
de pequeña no necesitaba motivos para ponerse a bailar,
ni siquiera música.
La voz de babushka se hace girones cuánticos a su alrededor,
casi no puede evocarla ya,
ya casi no le arropa...
¡Matrioska maia! (dice el viento)

Olya está en un portal, de rodillas, con los ojos cerrados,
ya no ríe, ni baila,
cada vez le cuesta más remontar el vuelo,
la carne podrida que se le mete en la boca se vuelve más pesada,
una noche tras otra,
una tras otra,
dentro de poco no podrá irse de allí cuando esté ocurriendo
a bailar con sus hermanas en las heladas playas del mar de Kara,
en su recuerdo tan cálidas...

Los días de Olya son crepúsculos falsificados con heroína,
bofetadas y carcajadas que construyen un dosel de plomo
que aparta a la dulce Olyina del firmamento.
Las noches son amaneceres de neón,
latigazos de maldad precisamente dosificados,
Olya, princesa de las montañas enterrada en asfalto.

No espera nada que no sea la nada,
a veces unos ojos la miran fijamente desde el otro lado de la calle,
algunos son tiernos,
otros parecen tristes, como los de su Otet
y por un momento, por un leve y líquido momento,
cuando otros corazones miran fijamente al suyo y no quieren nada a cambio
ruidos y risas se desperezan en su pecho,
se siente amada e inocente,
libre,
hay quien la ha visto sonreír como una loca mirando al infinito
(ella sabe por qué).

Los hombres vidriosos siempre regresan,
siempre,
con su fanfarria de olores ácidos y su boca maligna,
Olya regresa al suelo y desde allí trata de salir volando, lejos, lejos...

La mañana en la que Olya volvió a su casa junto al Mar
lucía un sol radiante,
casi ni se dio cuenta de que se marchaba,
un pequeño descuido con las medidas,
una mala noche del terrible alquimista,
y calor,
calor maravilloso desperdigándose por sus venas llevándola al sueño,
música esteparia dentro de ella,
bailes infantiles,
juegos en lengua materna,
remontar el vuelo y ascender para siempre.


2 comentarios:

  1. me encanta hermano, me recuerda tanto a mi... Un abrazo.
    D.

    ResponderEliminar
  2. Es tan hermoso y tan triste, tan desolado y tan bello...que despierta las lágrimas. Me alucina, pero duele. Supongo que es un homenaje, y es tremendo.

    ResponderEliminar