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sábado, 13 de agosto de 2011

Infancia



Cuando era pequeño,
llevaba un parche en el ojo derecho para tratar el estrabismo,
era incómodo, feo,
hacía que me golpeara continuamente contra las columnas,
las paredes,
los marcos de las puertas,
las farolas.
Me acostumbré a observar el mundo a través de un agujero en el muro,
como quien mira un jardín que le está vedado de por vida.

También era tartamudo,
sobre todo me atascaba con las palabras que empezaban por una vocal,
como mi nombre,
no me gustaba que me lo preguntaran,
ridícula manía de preguntar el nombre y la edad a los niños.

Tenía los pies planos, me caía continuamente,
no sabía jugar a casi nada,
así que odio trabajar en equipo,
y la mayoría de las cosas que me hacen feliz
se hacen a solas.
Leer, escribir, caminar...

Imaginad a un niño que reúna todas esas características,
se convierte en el saco de arena del resto,
el mundo es así, siempre ha sido así.
Eso era el colegio,
el barrio,
la infancia.
Las niñas me trataban bien, no se reían,
eran dulces y buenas.
Y los libros, siempre los libros...

Crecí,
poco a poco esos problemas fueron solucionándose,
médicos, voluntad, disciplina
y la inquebrantable fe de mi madre,
sus cuidados.
Me hice muy fuerte, muy hábil,
incluso hay quien me cree atractivo,
tengo buena conversación,
recito poesía en público
(y no me atasco con las vocales).
Escribo libros,
y hasta he llegado a doctorarme.

Pero a veces,
algunas veces,
la vida se transforma en un monstruo aterrador,
y da tanto miedo,
que me siento decrecer, debilitarme,
ni siquiera veo bien,
no me salen las palabras,
me asfixio,
tiemblo.

En ocasiones,
me veo a mí mismo enfrentándome al futuro
como un niño estrábico, torpe y tartamudo.
Que no tiene donde esconderse.

1 comentario:

  1. Por suerte, en cada patio de colegio siempre hay alguien que te pasa el brazo por los hombros.
    Estremecedor y delicado a la vez... enhorabuena.

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