Páginas

jueves, 18 de agosto de 2011

El traje nuevo del emperador.


El emperador del cuento, al escuchar las risotadas del gentío que se burlaba de él al pasar, también se dio cuenta en ese momento de que iba desnudo, cayó de bruces contra el áspero suelo de la realidad y todo se vino abajo en un instante, como un castillo de naipes, no tanto por mostrar su cuerpo fofo y viejo a la muchedumbre, pues la vejez enseña a aceptar la decadencia personal y a un anciano no se le exige ya pureza de formas. El auténtico dolor provenía de ser consciente, en ese preciso momento, de que nadie confiaba en él, nadie le había dicho la verdad, unos le habían adulado para obtener prebendas reales, otros por simple mezquindad, y todos para reírse de su estupidez y su ceguera.
Y tuvo frío, mucho frío.
Y supo, atrapado en un círculo infinito de carcajadas afiladas, que estaba solo, completamente solo.

Á.

No hay comentarios:

Publicar un comentario