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miércoles, 20 de julio de 2011

Escribir


El momento exacto en que desaparece el papel, la pluma, el teclado, la pantalla, las palabras, tú mismo. Las paredes se estrechan, el horizonte se desvanece, solamente existe un flujo cuya emanación puedes situar en algún lugar entre la cabeza y el pecho, quizás la garganta, que se derrama por todas partes hasta quedar atrapado en el soporte que tienes delante, pero eso lo sabrás más tarde, porque ni siquiera tienes conciencia real del presente. Decenas, cientos, miles de palabras asociadas al mundo sensorial han ido acumulándose en la red invisible que todo escritor lleva siempre tras de sí cuando deambula por el mundo. Al principio cuesta, tienes voluntad, ajustas -con la bendita ayuda de la disciplina- cada factor necesario, haces -sujeto activo- rasgas el entramado, buscas una hendidura.
Sucede sin avisar, no puedes controlarlo, tan solo tratar de conjurarlo cada día de trabajo, cambia la perspectiva, desaparece la perspectiva, no eres, la palabra toma la palabra, algunas horas después queda un campo arado y regado, solamente tienes que aprender a protegerlo, cuidarlo, enderezar con paciencia, habilidad y fuerza los tallos torcidos, ensuciarte las manos ahora que has regresado, labrar sin descanso tu propia literatura.
Otro día más lo has conseguido, has escrito.

Á.

1 comentario:

  1. Este texto es genial, me encanta.
    Nadie mejor que un escritor vocacional para explicar cómo ocurre, es un regalo para quienes admiramos y respetamos este oficio.
    Mil besos.

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