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lunes, 20 de junio de 2011

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Un niño pequeño, desnudo, jugando entre las ruinas de una cuidad abandonada, muerta. Todo quemado, todo vacío, los edificios son árboles embrujados, agigantados, transmutados en piedra, el asfalto es una infección que se extiende sobre la hierba. Las almas han desaparecido de la faz de la tierra, quedan leves estados de conciencia deambulando por las calles, rastreando en busca de sus corazones, o de lo que quede de ellos. De entre todos ellos uno abre los ojos al amanecer, en cualquier callejón oscuro de una ciudad que puede ser Madrid, el cielo es naranja y limo viscoso, las estrellas son producto de la imaginación de los durmientes o de los locos –los únicos que tienen la salvación asegurada en un mundo en el que se persiguen deseos para invocar estrellas fugaces-.
Abre los ojos.
Lo primero que ve es un fragmento astroso de suelo lleno de colillas que parecen dedos calcinados. Hace frío, lo percibe claramente pero no lo siente, participa de una relación mutilada, de una danza quebrada con la vida, puede verla claramente, pero no puede tocarla. Está aturdido, como resucitado, no recuerda nada, nada de sí mismo, su memoria consta de un par de fogonazos carentes de sentido, intermitencias del inconsciente más profundo, quizás salvaje, a las que alguna mano traidora ha soltado por ese páramo yerto en el que se ha transformado su mente como si fueran chacales hambrientos.
El objetivo inmediato es dejar de temblar, el segundo, decidir qué diablos hacer, a dónde dirigirse. Tantea el único bolsillo del pantalón, nada más que un par de monedas y trozos de hilo. Lo intenta con el interior de su chaqueta, tampoco hay suerte, en el lugar en el que debería estar la documentación solamente aparece la tarjeta de un club de striptease con una voluptuosa y esforzada bailarina que casi parece tridimensional.
“Llévame a casa, por favor… Llévame a casa”
Ya está en pie, ya no tiembla, no hay sol –todavía-, pero tampoco es noche cerrada, hambre y sed. Camina lentamente, delante de él una iglesia, alta, con muros de ladrillo, de momento y hasta que no regrese la claridad a su cabeza parece un buen lugar al que dirigirse, al menos tan bueno como cualquier otro, la sensación de movimiento contribuye a crear la fantasía de que marcha hacia alguna parte por voluntad propia, puede decirse a sí mismo que sabe exactamente lo que va a hacer, aunque el miedo sea el único compañero que tiene.
Definitivamente la noche echa el telón, la ciudad cambia el decorado a su alrededor, la luz creciente disipa los húmedos fantasmas que habitan la madrugada madrileña, las últimas prostitutas van desperdigándose por las calles después de otra noche de trabajo, por parejas, con los brazos entrelazados, como ayudándose a mantener la verticalidad. De tres en tres, sin perder la sonrisa, titubeantes, cansadas, con el maquillaje estropeado y las pelucas mal colocadas.
Siempre le cayeron bien, eso lo recuerda, le encanta –y no evita sonreír al tiempo que esa lucecita se enciende en su memoria- que se le cuelguen del cuello cuando pasa por su lado, le hacen sentir cómodo, extrañamente bello y amado, no ve sus insinuaciones de gatas mimosas como parte del negocio, le gusta imaginar que son sinceras y que un fugaz e incontenible deseo se apodera de ellas al tenerle cerca.

“Ven a mí, amor mío, ven a mí”

La espesa niebla que cubre su razón empieza a dar muestras de retirada, lo sabe mientras observa una escena que tiene lugar delante de sus narices como una revelación, un último cliente se interpone en el camino de una de las chicas, siente –sorprendido- un profundo dolor fraternal cuando ve a la muchacha desaparecer en un portal desvencijado y maloliente acompañada por un tipo rechoncho y sucio, de mirada vidriosa, piel brillante y manos mezquinas.
Esa imagen le lleva a un lugar mental lleno de dolor, que no es capaz de rememorar claramente pero al que de ninguna manera quiere regresar.

Un ligero estremecimiento asciende desde las plantas de sus pies,  se le enrosca por las piernas, como una raíz que crece en sentido contrario, hasta alcanzar la columna vertebral, se tambalea, y de no apoyarse sobre un escaparate, habría caído. Ahora mira como puede al cristal, éste le devuelve una imagen desconocida, tiene ante sí a un hombre joven, muy delgado, vestido de negro, con el cabello crecido y despeinado que cae lacio hasta algún espacio indefinido entre  el mentón y los hombros. [...]

4 comentarios:

  1. Con este inicio, me muero por conocer el resto. Y ese homenaje a Byron y Poe; qué pasada, Alex. Y algunas frases son como joyas engarzadas en plata:
    "...quedan leves estados de conciencia deambulando por las calles, rastreando en busca de sus corazones, o de lo que quede de ellos."
    "...un mundo en el que se persiguen deseos para invocar estrellas fugaces."
    "...participa de una relación mutilada, de una danza quebrada con la vida,..."

    Tremendo inicio.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Fé de erratas, donde dice Poe, debe poner Pessoa. Excuse me.

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  4. Estupendo inicio, las ganas de seguir leyendo van aumentando... enhorabuena.

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