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jueves, 23 de junio de 2011

Desaparecido.


Él mira viejas fotografías, con las esquinas dobladas, fragmentos de lo que parece al menos una vida, no se reconoce, no está, su imagen toma la consistencia de lo fantasmal, lo incorpóreo, no es el mismo, su mirada observa otras costas, habla en lenguas desconocidas, muertas. Las mismas prendas de ropa que ondean orgullosas en esas fotografías ahora duermen el sueño del polvo en algún lugar oscuro, esperando la tibieza de la carne perfumada, el roce del aire libre. Sonrisas, gestos inaccesibles, gastados estandartes de  libertad caducada, todas las figuras que habitan las viejas fotografías parecen títeres, hay algo artificial, inorgánico, las dos dimensiones constriñen el hálito vital de los fotografiados, no hay vida en ellas, tampoco las reconoce ni las hace suyas, como si jamás hubiera escuchado sus voces, sentido su tacto, nada. Es una fantasmagoría detenida para siempre en un instante eterno. Una representación baldía de la vida. De pronto, tiene miedo.

Guarda las fotos en el cajón, se levanta, recorre el pasillo, llega hasta el cuarto de baño y se para frente al espejo, enciende la luz. Al principio se asusta de sí mismo. Después se tranquiliza y observa. No se había detenido tan escrupulosamente como para darse cuenta de que ha perdido casi la mitad del cabello -es como si siempre hubiera estado así-, el poco que tiene cuelga muerto a los lados del rostro. Ese ligero toque femenino que siempre tuvo -eso cree o quiere recordar-, con los años, la acción de la gravedad, el dolor, y finalmente, la indiferencia, se ha transformado en una mueca fofa, blanda, una suerte de máscara acolchada bajo la que ha desaparecido cualquier rasgo facial, cualquier ángulo, y con ellos la expresión, solamente queda una mirada velada en unos ojos cada vez más pequeños, una sonrisa invertida por el peso de unos carrillos ya laxos y un rubor congestionado que una púdica barba se encarga de tapar. Los hombros se han desmoronado definitivamente, como si faltara un pilar en cada lado del cuerpo, ahora los brazos, los dorsales y el pecho cuelgan derrotados alrededor de un eje, parece un abrigo en un perchero.
Ya no es el mismo, tampoco se encuentra en los recuerdos, ni en las viejas fotografías dobladas, ha perdido su propio rastro, está detenido en un extraño presente continuo en el que es incapaz de proyectar hacia el futuro, y mucho menos invocar un pasado coherente. La vida se le ha concentrado, de repente, en un segmento minúsculo, no hay lineas temporales, solamente el segundo actual, ni siquiera es capaz de recordar la mañana del día que vive, también ha desaparecido. Piensa, justo antes de apagar la luz, que algo así debe ser la muerte, un estar eternamente, una pausa silenciosa y opresiva que no te deja avanzar ni retroceder. Su existencia, en ese momento, en ese presente frente al espejo, es un ascensor averiado.

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