Páginas

martes, 3 de mayo de 2011

Una fría noche de invierno.

Una noche de invierno cualquiera, hace años, regresaba a casa después de dar un paseo.
Caminar por Madrid de madrugada, cuando hace frío, me llena de vida, es una sensación difícil de describir, siento que estoy en otro medio, algo parecido a lo que debe de ser bucear en bajas profundidades, donde las leyes de la física diaria se vuelven inútiles y hasta la luz se comporta de una forma diferente. Camino a buen ritmo, con las manos en los bolsillos, al principio el pensamiento se manifiesta errático, atropellado, anárquico y veloz, los conceptos aparecen con tanta velocidad y tan desordenados que me resultan inaprensibles, pero cumplen su función, aíslan, proyectan extraños raíles por los que mi cuerpo se mueve a través de la ciudad sin necesitar demasiada atención. La cadencia de los pasos, poco a poco, gana la batalla y consigue, en una suerte de ilusionismo en que cuerpo y mente se alían, que el pensar necesite adecuarse al deambular, así las ideas van poniéndose en ordenada fila india, como colegiales a los que se les ha acabado el recreo. Un par de horas después he olvidado mi cuerpo y he extraído conclusiones valiosas, ya lo leí una vez, o me lo inventé para rescatar a alguien de una época de noches diabólicas, “jamás des vueltas a los problemas acostado, en la cama, jamás consultes con la almohada. Si necesitas pensar, camina”. No sé por qué, cuando me repito a mí mismo esta frase le pongo la voz y el rostro de Josep María Pou.
Una noche de invierno, hace años, Pou y yo regresábamos a casa después de calentarnos la cabeza y helarnos los pies desde Gran Vía hasta las vistillas, directo en la ida y serpeando por los Austrias en la vuelta. Abandonando Hortaleza para entrar en Reina vi una figura opaca en el suelo, pegada a la pared. Desde veinte metros me pareció una especie de buda tamaño natural y algo enmarañado, como si un artesano hubiera empezado a tallarlo a partir de un enorme tocón de madera y se hubiera visto interrumpido dejándolo inconcluso y olvidado. Al llegar a su altura hacía varios pasos que sabía que se trataba de un hombre, le vi de cerca, parecía inerte, con los ojos entreabiertos y la boca apretada, no sabría decir si reconocí una mueca de dolor en su rostro, de indiferencia o de embriaguez. Sencillamente estaba allí, como esperando algo sin prisa, afrontando la eternidad con cara de nada.
Pasé de largo, como siempre y como todos. Por una vez no me esperaba nadie, lo cual era una extraña alineación estelar ya que el piso lo compartía con otras tres personas. Llegué a casa, me recibió una ola de calor, tardé muy poco en ponerme el pijama y comenzar a disfrutar de una soledad improvisada y fugaz. En media hora tenía un tazón de caldo caliente entre mis manos, el salón apestaba a incienso de mirra (siempre me resulta desasosegante mi predilección por una materia que se utilizaba en la antigüedad para embalsamar cadáveres de gente notable) y de fondo sonaba Older de George Michael. Un sorbo, entornando los ojos, echando la cabeza hacia atrás después de tragar, otro, ya con los ojos cerrados, invocando al sueño, seduciéndolo con mis mejores armas –grandes tiempo aquellos en los que aún tenía un imponente arsenal-. De pronto apareció ese rostro ante mí. Los ojos de ese pobre hombre se habían escondido en algún bolsillo de mi abrigo y estaban en casa, llenándolo todo.
Me asomé a la ventana con miedo, apagué la luz como si estuviera observando uno de esos coches que aparecen en las películas en los que un par de tipos con sombrero vigilan una casa.
Allí estaba, inmóvil, en la misma posición en la que lo había dejado atrás.
Ni sé por qué, ni puedo explicarlo, pero pocas veces en mi vida me he sentido tan jodidamente mal, de repente soportaba el peso de la crueldad humana en mis hombros, allí, en mi mierda de piso de treinta metros cuadrados me sentía culpable por tener calor, me sentía un mentiroso, una mala persona.
Cuando me estaba poniendo la bufanda había pronunciado un par de blasfemias, un variado catálogo de palabrotas y sudaba como un condenado a muerte. Bajé hasta el portal, abrí la puerta con más miedo que vergüenza, me acerqué a él, ralentizando el paso total y absolutamente acojonado. El momento en que te das cuenta, que en tu olimpo de clase media te has reblandecido de tal forma que te asusta otro ser humano, simplemente porque huele mal, porque vive en la calle, es duro, duro de cojones. Alargué mi mano hacia él, con los ojos cerrados,  temiendo que de repente se activara una suerte de mecanismo y el mendigo saltara como uno de esos espantosos payasos que salen de dentro de una caja impulsados por un muelle. Si finalmente conseguía llamar su atención me había propuesto subirle a casa, ofrecerle una ducha caliente, una cena más caliente aún (nos obsesiona calentar a la gente que vive en la calle, me pregunto cómo reaccionaríamos si al ofrecerle comida a uno de ellos nos pidiera un gazpacho fresquito, sería un quiebro fantástico) y una noche bajo techo y sobre blando.
Le toqué.
Nada.
Insistí. Nada. Aparté una especie de harapo que llevaba a guisa de bufanda, le miré de cerca, en silencio, era hermoso, más joven de lo que hubiera calculado en el primer vistazo, a pesar de llevar bastante tiempo sin afeitarse –obviamente- la barba no le cubría el rostro ni mucho menos. Muy delgado, curtido, más que un vagabundo me dio el aspecto de ser un alpinista en dificultades. Tenía cierto color azulado en los labios un detalle que me resultó bello, de la misma forma que me despertó de ese paréntesis estético. Joder, tenía los labios azules.
Más blasfemias.
Le zarandeé y nada, le di un par de cachetes, nada. Le llamé por ningún nombre pero en voz alta. Nada.
Corrí a casa, el teléfono, urgencias, un montón de preguntas al otro lado con una voz de tranquilidad supina, supongo que la aparente parsimonia de quienes atienden esos servicios se traduce en eficacia, frialdad suiza, toca los cojones pero funciona.
Bajé de nuevo, le coloqué mi abrigo encima, puse su cabeza en mi pecho. Nada.
Le hablé como si le conociera, le pedí que despertara, me temblaba la voz, de una manera desconocida y absurda sentía que algo de mí estaba anudándose a aquel tipo maloliente para siempre, algo que no quería perder. Era ridículo, el tiempo se estiraba y se contraía, yo alternaba estados de conciencia en los que me sentía un completo imbécil y me acordaba de mi sopa, mi incienso para muertos y de George Michael; con otros en los que necesitaba que aquel hombre experimentara una noche casera y tranquila, quizás para salvar aspectos de mi conciencia que se habían escondido largamente bajo la alfombra del bienestar.
Llegó la ambulancia, todo a cámara lenta, tendido boca arriba le desnudaron la parte superior del cuerpo, yo les dije que se iba a congelar. Le rodearon, me parecieron hienas acechando a un cachorro de cebra. Me llamé gilipollas por pensar cosas así en momentos como ese.
Nada.
Preguntas.
Nada.
Más preguntas.
Nada. Un par de cápsulas de algo.
Nada.
Mucho tiempo después, amaneciendo, una especie de pliego enorme de papel de aluminio llevaba el atardecer al rostro de mi amigo el alpinista.
Subí a casa. Me desnudé, engañé a las lágrimas con una ducha muy caliente.
Me acosté.
Y nada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario