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jueves, 25 de febrero de 2016

La habitación de las ahogadas.


Beth Graham, Charlie Tomlinson y Daniela Vlaskalic
Foto: Cylla Von Tiedemann 

Adrienne Rich trata de escribir su vida hora tras hora,
a través de ancianas enfadadas,
a través del telescopio de Caroline Herschel
o de las arpías que fuman en los sueños
del patán que duerme en la habitación de al lado.

Mi nombre está escrito en las olas
no en el agua
en las olas
porque es lunar y cambiante
no tiene resonancia en regiones de alabastro
ni se le espera en las habitaciones griegas.

Conozco el exilio que emparenta con la hiedra
que cobija escarabajos y moho en las fachadas
de los monasterios ruinosos.
La sombra es ágrafa, la ruina es muda,
las mujeres se esconden detrás de los carteles
los hombres nunca han sabido mirar de cerca.

Mi voz interior carece de substancia
y ha desaprendido
el arte de la mentira compasiva,
todo es luto y cruel fiesta de pueblo,
llevo tatuadas plañideras en el pecho
que comparten la misma boca sin dientes
-el mismo vacío triste-
cuya comisura empieza en un pezón y termina en el otro.

Me hubiera gustado reflejar la paz de las ahogadas
en el rostro. Atreverme al breathplay definitivo
para ganarme una lápida en el gineceo.
No sé qué destino espera
a los rostros agitados por la ansiedad,
me aterra terminar junto al Orfeo de Trackl
esperando en una esquina de la dimensión equivocada
a que un ángel blanco venga a decapitarnos
y arroje nuestras cabezas al mar de la tranquilidad.

Temo seguir esperando la fiebre de la crisálida
cruzarme con sus vientos amarillos
y que nunca lleguemos a encontrarnos.

Á.

martes, 23 de febrero de 2016

Lengua Madre.


Abandonada la idea de la voz gótica, veo partir mi propia vida a lomos del último bisonte. Crece una polifonía en algún punto de mi cerebro como un tumor de origen angélico que acaricia y mata. Sólo sirvo para devorar juncos y allanar el camino a deidades que nada quieren decirme, soy algo bestial que canta con voz clara, semiótica desechada, semilla suspendida en hielo perpetuo, un hada con la cabeza abierta.
Las niñas ya no pintan runas sobre mi piel con deditos mojados en la sangre de sus padres y lo echo de menos, han abandonado el bosque ante el avance de las telarañas y los desdentados.
Danzar alrededor del fuego sin compañía –y sin fuego- es una celebración de la estupidez propia de mentes atormentadas y cuerpos torpes, aquí me encuentro, soplando un cuerno contra el catabático, tiritando y soñando con la inanición y el sarmiento, rezando al espíritu de la ceniza para que se lleve la peste y las mantecas que me visten, girando alrededor de un agujero húmedo que no guarda memoria de las brasas.
He olvidado las plegarias y las ha cubierto el musgo, puede que me siente a escuchar crecer mis uñas hasta que alcancen largura suficiente para poder rascar la superficie verde de las piedras y buscar relieves que me devuelvan la lengua de mi madre. Para entonces quizás quede algún espacio donde quepa la esperanza, donde pueda guardarse un pétalo fresco que cuente mi vida en sus nervaduras, ojalá no hayan desaparecido los augures si este día llega, ojalá queden vivas brujas de las flores o druidas que no hayan enloquecido. Ojalá exista alguien que pueda recordarme.

viernes, 12 de febrero de 2016

El cuerpo y el asco.


Foto: "Niña entre rejas", Christer Strömholm

Estoy terminando de escribir un libro, justo en ese proceso en el que soy incapaz de discernir lo que falta o sobra, pero estoy cerca de hallarlo. Un poco más y será entregado a quien ya quiere leerlo, para que haga con él lo que estime oportuno, publicarlo o desecharlo, decisiones que quedan fuera de mi jurisdicción y que me tranquilizan, ambas.
Hoy he soñado que el libro se llamaba “El cuerpo y el asco”, mi subconsciente choca los cinco con el espejo y se escucha una tos de viejo austriaco con gafitas y libreta al fondo.
El cuerpo y el asco. Los poemas del mismo estaban llenos de referencias a todo tipo de protuberancias, abultamientos y relieves, formaciones que me eran asquerosamente ajenas (y asquerosamente familiares), vello espeso y mal repartido, zonas blandas, mucosidades, fluidos y texturas horrorosas, no faltaba una experiencia visual o táctil que no pudiera ser catalogada de angustiosa. Una balada aberrante de la disforia.
Era como ponerle alma a un teratocarcinoma, como estar dentro de una formación descontrolada e improcedente de tejidos diversos, carente orden pero exageradamente reactiva al dolor. Algo que no debería estar ahí, algo que no tiene lugar en el orden de las cosas. Y me he preguntado quién demonios acuñó una frase tan abominable como “el orden de las cosas”, que supone la expulsión, el señalamiento, la aversión o la condena a muerte, de lo no ordenado. Ontológicamente me parece una mierda, epistemológicamente resuena a griego paseante, melindroso y bocazas.
Algunos sueños son viejos amigos que te visitan a destiempo, entran en el salón de tu casa, ponen los pies sobre tu mesa, se comen tu comida y escupen en tu suelo. Algunos sueños los llevas escondidos en el rostro, en el pecho, en la pelvis, en la espalda y en la frente. El miedo, el cuerpo y el asco, la percepción o percepciones de los mismos, son agentes hábiles en su trabajo de demolición, manejan una infinidad de herramientas con el único propósito de socavar a su huésped hasta la consunción total. Conocen y dominan el arte de la ocultación, son pacientes, retorcidos, multiformes, entes capaces de introducirse por grietas cuánticas, y arrojar piedras que crean ondas de dolor que atraviesan planos, reacciones que pueden originarse en el mar de la tranquilidad de la creación o el sueño y acaban haciendo vibrar fibras de asociación en el hemisferio izquierdo del cerebro, transformando un horror cuyo hábitat natural es la fantasía, en un pensamiento lógico, en putas matemáticas.
Sirva la escritura como exorcismo, sirva exponer el cuerpo, el asco, y el miedo como se mostraría un coro de malformaciones en un circo de principios de siglo XX, ahora quiero que niños desdentados y famélicos les tiren piedras, ahora quiero, defitivamente, que una turba violenta de ojos vidriosos se caliente ante la idea del linchamiento y opere sobre ellos con saña, hasta que disfrutemos de un buen espectáculo de justicia mostrenca y despedazado, hasta que no quede nada.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Hoy. Crews&Blues. Dirty Works.


Esta tarde, a las 20:00, en Librería Nakama (C/ Pelayo 22),
Dirty Works Editorial plantan la carreta y me invitan a vocear la mercancía.
Presentamos "El amante de las cicatrices", libro de nuestro bastardo padre, Harry Crews,
habrá Bourbon, habrá música gracias al gran Iñigo Coppel,
habrá complicados rituales rastafaris, habrá humor mostrenco y,
por supuesto, habrá exhibición de impecables modales sureños.
"Crews y Blues"

martes, 9 de febrero de 2016

Beyoncé, panteras y guerra cultural*



A veces el mainstream tiene estas cosas, Beyoncé poniendo en fila a los estados unidos de américa y rémoras internacionales en el descanso de la Super Bowl, haciendo gritar al personal, recibiendo la rendición incondicional de medio mundo y el homenaje sentido del otro medio mientras baila como una Reina Bambara transfigurada en Comandante de las Black Panthers, acompañada por una división de guerrreras con boina negra, swag por las nubes, puño en alto y muy mala hostia.
Millones de personas comiéndose con patatas una sentida apología de la lucha armada por la liberación del pueblo negro entre vítores, llantos adolescentes y aplausos entregados.
Esto también es parte de la pelea, y la jefa Knowles ha entrado en Babilonia por la puerta de Ishtar bajo una lluvia de pétalos de rosa.
Bien hecho, joder.

*la idea de guerra cultural, y la alerta sobre la actuación de Beyoncé se las debo a La Muerte del Pop (@LaMuerteDelPop en twitter)

jueves, 4 de febrero de 2016

2ª Edición de Mundo Subterráneo.


Desde el cuartel general de La Felguera llega comunicación cifrada anunciando que en pocos días estará lista la SEGUNDA EDICIÓN de "Mundo Subterráneo",
artefacto literario que revela secretos sobre el mundo bajo tierra
en el que colaboro junto a gigantes como Grace Morales, Frank. G. Rubio, Javier Calvo, Josep Lapidario, David Bizarro, Elena González y Javier Urdanibia y que
incluye traducción de "Mundus Subterraneus" texto de Athanasius Kircher escrito en 1665.

Estamos de celebración.


martes, 2 de febrero de 2016

"Hambre", despedida y reflexión.

                                                           Foto: Juan Díaz Díez

Estoy mirando el mono blanco que constituye prácticamente todo el vestuario del miliciano, mi personaje en "Hambre". Está perfectamente doblado junto a la camiseta sucia que también he llevado durante las funciones cada fin de semana de enero, por ahí cerca veo también las armas, blancas y quietas. Hay resonancia en estos elementos. Ya no son solamente prendas de ropa o atrezzo.

Una de las mejores cosas que tiene el hecho teatral es su finitud, su temporalidad, meses de planificación y ensayo desembocan en una obra de teatro, y esta, en una serie de funciones, cuando terminan, se acabó, casi como una vida, sin rastro palpable, no son obras de arte plástico que puedan colgarse en la pared o colocarse sobre un pedestal, tampoco filmaciones, ni edificios construidos para enfrentar siglos. No. Todo es eco y memoria, impresiones retinales que se apagarán tarde o temprano, imágenes residuales que serán manipuladas o adaptadas por la bioquímica de quien trate de recordarlas, estratos cada vez más profundos condenados a terminar siendo pulsos leves.

Mido el éxito de mi trabajo escénico en base al poso que me deja cuando lo termino, y sobre todo, en el poso que parece dejar en los demás. Podría alardear, en este momento, de haber colgado el cartel de "no hay localidades" durante todo el mes, pero eso, siendo maravilloso, no dice lo importante, no habla de lo que realmente cuenta.
"Hambre", con sus debilidades y sus puntos flacos, ha dejado cicatriz, en mí desde luego, en el público, teniendo en cuenta la cantidad e intensidad de mensajes que nos han hecho llegar por diferentes vías, también.
Mentiría si dijese que no voy a echar de menos a ese demonio blanco que ha vivido conmigo los últimos meses, su brutalidad destructora tenía algo de expiatorio, así he querido que sea, así he querido entenderle, todo el mundo nace con un lobo rabioso dentro, se le puede alimentar o se le puede dejar morir de hambre, pero ahí está, y con todas las precauciones, el cansancio, y hasta la repugnancia, me ha gustado conocer al mío.
Decía que la finitud es una de las mejores virtudes que tiene el teatro, la consciencia de un final que obliga a la humildad absoluta, en el fondo hacer teatro se parece a elaborar mandalas de arena coloreada, al final, sabes que el viento se lo llevará todo, quedará lo que hayas cambiado dentro de ti y dentro de los demás durante el proceso, nada más.
Es hermoso, ¿verdad?