domingo, 27 de julio de 2014

Casi una biografía (I)


Me crié leyendo cómics, muchos. 
Mi tartamudez infantil y un parche en el ojo derecho -sumados a una torpeza escandalosa- me convertían en una suerte de criatura pasiva y reflexiva de un metro de altura. Tenía mi gracia no creáis, reservaba mis mejores actuaciones (playbacks de Rafaella Carrá, Juan Pardo o Pegamoides) para la intimidad familiar, pronto descubrí que mi sentido del espectáculo, mi "all that jazz" intrínseco tenía -digamos- una discreta aceptación entre los convecinos de mi edad. Siempre pensé que mis limitaciones físicas de entonces me aportaban un rasgo expresionista alemán muy especial, pero la propuesta, insisto, no encontró suelo fértil en aquella atmósfera hiperrealista.
Por tanto, combinaba mi innegable y patoso exhibicionismo cabaretero, con ingentes horas de lectura monacal de las cuales los cómics ocupaban la mayoría. Me gustaba el silencio, siempre tuve una asombrosa capacidad de concentración -que aún conservo-, mi mente viajaba con facilidad, aceptaba las propuestas literarias y me embarcaba enseguida en cuantas historias -por rocambolescas que fueran- me proponían escritores e ilustradores. Mi vida era más vida cuando leía.
En San Blas la oferta no era precisamente variada, una pequeña y polvorienta tienda de tebeos escondida -en mis recuerdos con cierto aire a la librería de Karl Konrad Koreander- era todo. Creo que yo era el único cliente, tres décadas después he llegado a la conclusión de que, o el amable dueño era camello, o traficaba con armas, o escondía una escandalosa suma de dinero negro bajo el colchón, de lo contrario no me explico su supervivencia. Nunca vi a nadie allí dentro que no fuese de mi familia.
Para colmo regalaba mucho material. Yo compraba un tebeo de Spiderman y otro de Red Sonja (personaje por el que todavía siento lo más parecido que experimentaré en mi vida a la devoción mariana) por quince pesetas, y me llevaba, mi cara preciosa mediante: dos de los cuatro fantásticos, tres de Conan, uno de Hulk, dos de la patrulla X y el inevitable Aquaman (el bochornoso superhéroe acuático jamás llegaba a casa, enseguida era condenado al sueño de la papelera). 
Conforme crecíamos -colección y yo- desarrollé cierta sabiduría sobre el tema, apreciaba los detalles, cuidaba con esmero los ejemplares, los ordenaba con diligencia, apuntaba los que faltaban, vaya, empezaba a convertirme en un coleccionista serio. Observando mi entorno, pronto entendí que atesorar bronces micénicos escapaba a mis posibilidades, así que los tebeos eran una buena solución para un pequeño y esforzado Dandi de barrio... [...]

Continuará.

martes, 22 de julio de 2014

La Ilíada. Stathis Livathinos. Festival de Mérida.


Para quienes percibimos y entendemos el arte como una suma de liturgias, acudir al Festival de Teatro de Mérida es un ítem por el que hay que pasar obligatoriamente tantas veces en la vida como nos lo podamos permitir -hasta que el Ministerio decida que es suficiente y apuñale al teatro con más IVA bien afilado-. Diré que no siempre el cartel me parece atractivo, diré que echo en falta una perspectiva más "teatral" y menos televisiva del festival, pero esto no deja de ser un juicio algo apresurado y -si quieren- esnob. Lo asumo.

Internarse en el teatro romano por esos corredores abovedados, al anochecer, convierte el hecho teatral en una vivencia performativa en la que el espectador participa desde que llega al recinto -se viaja en el tiempo-, las piedras obligan -de algún modo- a adoptar el lenguaje corporal preciso y colocan la mente en el estado perfecto para absorber todo lo que suceda en las horas que quedan por delante.

El sábado 19 asistimos a la representación de La Ilíada, adaptación del poema homérico realizada por el director heleno Stathis Livathinos y la dramaturga Elsa Adrianou para la compañía Polyplanity. Cuatro horas de verdadero fuego griego.

Impresiona la fidelidad de la obra teatral respecto al original, una dramaturgia compleja dirigida por el profesor Maronitis, un esfuerzo literario notable, respeta la sucesión de acontecimientos -sin adelantar, retrasar, o cortar trama para mejorar la fluidez-, los veinticuatro cantos están presentes sin perder un ápice de monumentalidad, manteniendo la épica intacta, no hay mutilaciones, sobre todo, mantiene -acaso destaca- la cadencia tradicional del verso clásico de un modo portentoso. Esto último cuenta con el efecto autentificador de la lengua, la representación tiene lugar en griego -con subtítulos en castellano-, es vibrante, grande, poderosa.

La extensión de la obra, los larguísimos parlamentos -especialmente los que describen minuciosamente las batallas, los heridos, los nombres de los heridos, las heridas provocadas y el linaje de los mismos- podrían sumir al público en un estado de pegajoso aburrimiento -sensación de la butaca que arde de la que el director era plenamente consciente. Parece que finalizando los ensayos llegó a decirles a sus actores: "no se asusten si al terminar la función no queda nadie en el patio de butacas, han hecho ustedes un gran trabajo"-. Continuamente se acerca la propuesta de Livathinos a territorios escénicos que pueden llevar al desastre,  pero los esquiva con seguridad -el montaje original duraba cinco horas, sobre un libreto de 6.000 versos-, lo plúmbeo se transforma en litúrgico y acrecienta la sensación de gran teatro. La coreografía es impecable y constituye el punto de ruptura con la densidad del texto, mucho movimiento, muy preciso, muy imaginativo, coordinado de un modo impecable, en algunos casos arriesgado -por momentos roza la acrobacia-, el verso cae como piedra, el escenario se mueve como agua.

Actores y actrices hacen un trabajo complicadísimo, muy físico, un prodigio de concentración. Quince intérpretes que doblan personajes con precisión, que saben lo que están haciendo y no pierden jamás de vista el lugar al que quieren llegar con sus interpretaciones. Aunque el elenco está muy equilibrado, es justo destacar la labor de Maria Savvidou la imponente actriz que interpreta a Tethis, que también hace las veces de narradora -un guiño al coro griego-, voz perfecta, presencia insuperable, control de la acción, magnetismo, seducción y grandeza, una auténtica exhibición.

La escenografía y el vestuario: contemporáneos, fuertes y evocadores, estética postapocalíptica, casi steampunk, orgánica, decadente, marcial y ambigua. En esencia la Ilíada cuenta el asedio de la ciudad de Troya y cómo una década de guerra actúa sobre el alma de los que en ella participan. Los enfrentamientos son más danza que combate, hay cierto componente satírico en ellos. Homero nos habló del sinsentido de la guerra, de la ausencia de vencedores, de la pérdida, Livathinos se ayuda de un planteamiento árido e industrial para subrayar la sensación de ruina, de tragedia y de decadencia, en este punto es inevitable la analogía con la destrozada Grecia actual, la función de los dioses como poderes no elegidos que usan a modo de títeres -o de víctimas sacrificiales- a la humanidad para satisfacer sus intereses y solucionar sus luchas intestinas sin exponerse. Los muros son sustituidos por barricadas de neumáticos -hábil solución escénica que conecta con nuestro inconsciente colectivo y nos lleva a cualquier escenario violento de la actualidad, unidad y fragmentación, las ruedas no son un elemento pasivo en escena, divinidades, mujeres, y hombres interactúan con ellas continuamente, todo en escena tiene un papel, está vivo, se mueve.
La iluminación sencilla y efectiva, impecable y muy inteligente, matiza y agranda los ambientes con lo mínimo. La música -compuesta e interpretada en directo por Lambros Pigounis- sensacional, los más emocionantes momentos de la obra están acompañados de percusión, teclados, y voces femeninas que vibran con ese rasgo expresivo helénico oriental tan emocionante, tan lastimero.

Los elementos estaban ahí y por la magnitud de los mismos la empresa era complicada. Livathinos asume un riesgo enorme en esta producción y sale victorioso. Ruinas, belleza, imaginación, dinamismo, desolación y erudición. La épica y la tragedia de La Ilíada viven más de veinticinco siglos después. Todo en el montaje está pensado para mayor gloria del texto, todo ensalza la epopeya de Aqueos y Troyanos, destila trascendencia y eternidad por los cuatro costados. En momentos difíciles como los que vivimos necesitamos las grandes historias, Homero es inmortal porque hace dos mil quinientos años que habla de nosotros y tiene en Stathis Livathinos y la compañía Polyplanity una caja de resonancia descomunal.

Bravo por ellos y por el Festival de Mérida.


Un momento: el monólogo de Andrómaca tras conocer la muerte de Héctor.


Pronto, la obra estará en Madrid, en el Valle Inclán, vayan a verla.

domingo, 13 de julio de 2014

Levantando el sombrero XLVI



Monique Wittig.
Haut-Rhin 13 de Julio de 1935 - Tucson, Arizona 3 de Enero de 2003.


"Toda obra literaria importante es, en el momento de su producción, como el caballo de Troya.
Toda obra con una nueva forma funciona como una máquina de guerra,
pues su intención y su objetivo son destruir las viejas formas y las reglas convencionales.
Una obra así se produce siempre en territorio hostil.
Y cuanto más aparece este caballo como inconformista, inasimilable,
más tiempo necesita para llegar a ser aceptado"




viernes, 4 de julio de 2014

El amor en los sanatorios. José Ángel Barrueco. Un poema.

Fotografía: Carolina Villafruela.



caminando por Donosti
una mañana desapacible


me pregunto
cómo será morir
de un tiro en la nuca
en una calle vacía
y mojada por la lluvia
de una ciudad del país vasco

me pregunto
cómo será morir
de un tiro en la nuca
en una calle vacía

me pregunto
cómo será morir.




"El amor en los sanatorios"
9788494268700

martes, 1 de julio de 2014

Memoria


Soy los dientes apretados del esclavo que morirá en la cruz, la azada manchada de sangre tras la última Jacquerie, el silencio orgulloso de la bruja mientras arde, la última lágrima de la última mujer violada por los cruzados en Ashkelon, la maldición en nauahtl que grita el condenado contra los hombres-máquina del otro lado del mar. Soy el campesino hambriento que morirá bajo los caballos de Enrique II, la niña con los pies deformados en Osaka que no se resigna, soy el beso del leproso, la caricia de la sífilis, la antorcha que ilumina la fachada de Versalles, los vítores que las desdentadas lanzan en la Plaza de la Concordia viendo rodar la cabeza del rey. Soy un hombre ardiente del General Ludd, soy la última Bambara libre, vi caer a mis hermanos y hermanas en Wounded Knee y quise transformarme en maldición, moriré enterrado en barro y heces en el Somme, soy aquella que os vio atrancar puertas y ventanas en Triangle Shirtwaist antes de ahogarse, soy el desdén de Jean Moulin mientras le arrancaban las uñas, y resisto. Soy las ruinas de la escuela de Datong, el retrato podrido de Qiu Jin, soy todas las mujeres rapadas por el fascismo, soy la memoria que duerme bajo las cunetas españolas, soy las cenizas que se derraman sobre el atardecer en Treblinka, soy la madre irlandesa que vio a su hijo morir de hambre en prisión, soy el puto Bobby Sands, soy el puto Ernesto Guevara, soy el espíritu de "El Hombrito", soy Ángela Davis y bailo mejor que vosotros, soy el pecho reventado de Malcom X, soy el chapero apaleado en Stonewall Inn, soy la equizofrenia de Valerie Solanas y la humillación del burka. Soy el minero asturiano que escupe sangre cuando tose por las noches, soy Irina, la mujer vendida y torturada que se la chupa al concejal cuando celebra el último pelotazo, soy el orgasmo perdido de las mujeres mutiladas en el desierto. Caigo junto a todos los suicidas que miran al abismo antes de ser desahuciados, soy la niña Palestina que arroja piedras al tanque, soy el parado de 59 años que sueña con un cáncer de pulmón, moriré desangrado en un muro de cuchillas, me ahogaré en las costas de Lampedusa, seguiré gritando a través de las eras, seguiré exponiendo mi carne, seguiré aguantando, no me rendiré nunca, renaceré, os escupiré en la cara, cambiaré de color, cambiaré de forma, brotaré como un humor negro, como la peste bubónica, como las RATAS, por cada una de nosotras que veáis habrá 200 que no veáis, acabaremos con vosotros, tarde o temprano, os veremos caer, os veremos arder, os lo quitaremos todo y lo repartiremos, os borraremos de la faz de la tierra.

PALABRA.

viernes, 27 de junio de 2014

Hoy en Madrid. Presentación.


A las 19:00 hrs, en la librería Antonio Machado de CBA.
Layla Martínez y yo acompañamos a
Francisco Jota-Pérez en la presentación de su última novela:
Aceldama, publicada por Ed. Origami.

"Aceldama concebido como un libro no para contar una historia,
sino para generar efectos en los que lo leen.
Aceldama como un dispositivo de autohipnosis.
Aceldama como una sustancia psicoactiva.
Aceldama como un artefacto dirigido a la programación neurolingüística de los lectores.
 Aceldama como una trampa."

Texto de Layla Martínez extraído de aquí




miércoles, 25 de junio de 2014

Levantando el sombrero XLV


La tarde que compartí junto a Ana María Matute llovió como llueve en los cuentos,
con todo el aparato de truenos y relámpagos,
con todo el despliegue de viento huracanado, hojarasca y barro.

Fue amable y dulce, de expresión sencilla, ademán infantil y risa de árbol viejo. 
Le gustaron mis tatuajes
-incluso me preguntó, mientras le acariciaba el hocico,
si el dragón rojo que llevo en el hombro izquierdo tenía nombre-.
Me contó muchas cosas personales (testimonio vital que guardo como un tesoro),
yo le conté -entre otras particularidades, por aquello del quid pro quo-
que siempre que dejo crecer mi vello facial significa que estoy triste y que quiero esconderme,
cosa que entendió con naturalidad pero que le hizo gracia.
Compartimos tartamudez en la infancia y una creencia irrenunciable en la belleza de la edad media.
Me confirmó su encuentro con el diablo mientras leía en el bosque y la envidié por ello.
Me emocionó sobremanera el cariñoso trato que le dio a mi hermana María
-que lloraba a cántaros, emocionada ante su presencia-.
Cuando supo que me dedicaba a la literatura me exigió encono en el trabajo,
constancia en la escritura, esfuerzo diario, y lectura compulsiva,
"ese es el único secreto", me aseguró vehemente.

Me abrazó muy fuerte desde su aparente fragilidad y me firmó un par de libros para despedirse.

La he leído toda mi vida.
He aprendido de su mesura expresiva, de su lírica transparente,
de su paciencia narrativa y de su delicado uso del idioma.
Una escritora gigante, que se atrevió a escupir al rostro del fascismo a lomos de un corcel alado
-un fascismo que casi acaba con ella-.
Una mujer insuperable. Fuerte. Valiente.
Ha supuesto, para mí, a lo largo de los años, el anclaje necesario a las nubes,
la dosis imprescindible de magia para no perder la cabeza, para no ahogarme en el asfalto.

Y por muy manido que esté, sí, maldita sea, se nos ha ido el hada madrina.

Yo, criatura del norte, te prometo Ana María, te doy mi palabra:
jamás dejaré de buscar el Sur.
Gracias.

"El ser humano no ha evolucionado tanto.
Ha evolucionado la tecnología, pero el hombre sigue llorando como en la Edad Media,
sigue odiando, sufriendo y muriendo de amor como Aranmanoth.
Han cambiado las formas externas del amor.
Los chicos de ahora no aman de la misma manera que Romeo y Julieta,
pero el sentimiento de quien ama de veras es el mismo"